Luis Manuel Ortiz


| Mirando al Sur / Jesse James (de indocumentado y criminal) en México |
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| Written by Luis Manuel Ortiz |
| Friday, 23 July 2010 11:56 |
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Para nadie es un secreto que México (y casi todo el mundo) ha sido por siempre botín para los gringos. Lo han saqueado y maltratado lo mismo a la manera de Jesse James que de las empresas trasnacionales. Esas que en los países pobres han explotado minas, tierras de cultivo, bosques madereros, mares, lagos y lagunas; que han exprimido a las poblaciones y a los pobres los han hecho más pobres.
Jesse James (de indocumentado y criminal) en México Por Luis Manuel Ortiz El otro día me llevé una sorpresota. Buscando en Internet no se qué cosa, me topé inesperadamente con un artículo que publiqué en mi “Alma Mater”, la Revista Contenido de la Ciudad de México, hace nada más y nada menos que ¡40 años! El ya antigüito escrito fue reproducido en el libro “Español Contemporáneo”, del profesor George de Mello, y publicado por la University Press of America en 1990. Más sorprendente me pareció porque, aunque narra hechos muy antiguos y personajes muy diferentes, el artículo de alguna manera se relaciona con acontecimientos actuales de los que son protagonistas ciertos individuos que practican la discriminación, el racismo y otras cosas muy feas, pero que no son nuevas y que tienen sus orígenes en personajes como James, y que provienen de los tiempos en que vivieron él y personajes igualmente siniestros. Pero primero déjeme invitarlo a leer las andanzas de Joe Arpaio… perdón, de Jesse James en tierras mexicanas, antes de comentar algunas cositas más de gente como él y otros honorables forjadores de la actual sociedad estadunidenses, inmortalizados hasta el heroísmo y el mil por ciento de la nobleza por Hollywood. Este es mi empolvado artículo: Jesse James en México En un pueblo cercano a Matamoros, Tamaulipas, se celebraba la fiesta regional más rumbosa de 1876. Había un baile muy concurrido al que entraron de pronto dos norteamericanos sucios, barbones y con el polvo de varios días de cabalgata. La alegría reinante pareció contagiarlos, pues decidieron participar en el bullicio e invitaron a bailar a un par de muchachas mexicanas. Divertidas, las jóvenes aceptaron la invitación reprimiendo la risa, desviando el rostro para no sentir el desagradable olor que despedían los forasteros y cuidándose de sus pisotones. Poco a poco las risillas fueron subiendo de volumen hasta estallar en un torrente de carcajadas. Lleno de ira uno de los forasteros propinó un puñetazo a uno de los mexicanos burlones, al tiempo que su compañero sacaba la pistola para matar a otro. Se produjo entonces una confusión endiablada que los forasteros aprovecharon para huir, dejando sobre la pista de baile cinco muertos y varios heridos. Jesse y Frank James, los legendarios pistoleros norteamericanos, habían escenificado el primero de una larga serie de episodios sangrientos en México. Desde 1863 los James habían venido sembrando el terror en la Unión Americana. En 1876 habían sufrido uno de los pocos fracasos de su carrera, al asaltar el Minnesota Bank of Northfield, en el estado norteño de Minnesota. Huyendo llegaron finalmente a Tejas, a un sitio llamado Rancho de Descanso. No les convenía revelar su presencia en Tejas, y por lo tanto decidieron pasar a México y tranquilamente cometer allí sus fechorías. Hacia 1877 aparecieron en el norte de Chihuahua, en las cercanías de un mineral. Se habían avecindado en un rancho y la gente del rumbo les tomó confianza. Una mañana de mayo pasaron por allí seis atajos de mulas con setenta y cinco kilos de barras de plata cada una y custodiados por un destacamento de dieciocho hombres con pistola. Jesse, Frank y tres malhechores que se les habían unido pidieron a los arrieros que les permitieran acompañarlos, ya que el trayecto a Chihuahua estaba infestado de indios hostiles. El jefe de los arrieros aceptó la compañía, pensando que el viaje sería más seguro cuanto más numeroso fuera su grupo. Al quinto día del viaje los arrieros cayeron rendidos de cansancio y se entregaron al sueño. De guardia quedaron solamente dos, a quienes los James y sus cómplices asesinaron silenciosamente y a traición. Después desarmaron al resto de los arrieros y los ataron a unos árboles. En Tejas se repartieron el botín. Tan fructífera resultó esta incursión que, tras pasar unos días en el Rancho del Descanso, los James decidieron caer sobre Piedras Negras, Coahuila. Esta vez el tiro les salió por la culata, ya que fueron asaltados por una gavilla de bandidos mexicanos. En la balacera resultante, Jesse sufrió una herida en un brazo. Los James cabalgaron entonces rumbo a Monclova, donde encontraron a un antiguo bandolero que en tiempos pasados había trabajado con ellos en la banda del despiadado William C. Quantrill y se había convertido en respetable hombre de negocios casado con una mexicana. Para celebrar el encuentro el viejo merodeador les ofreció una fiesta en su casa. Entre copa y copa, Jesse observó que un teniente del ejército mexicano lo miraba con insistencia. Comentó el asunto con su hermano, pero éste no le dio importancia. Poco después, Jesse comprobó que sus inquietudes estaban bien fundadas: al asomarse por une ventana vio que un grupo de soldado rodeaba la casa. De pronto los sitiadores derribaron a golpes las puertas y el oficial conminó a los James a rendirse. —Dejen salir primero a las mujeres y nos arreglamos—propuso Jesse. El teniente aceptó. Ordenó a las mujeres retirarse y anunció: —No hay posibilidad de escape. Entreguen sus pistolas—. Pero los James respondieron a balazos. Dejaron la casa a oscuras, saltaron por una ventana y al amparo de la oscuridad lograron escapar. Una vez más se refugiaron en el Rancho del Descanso. Los tiempos eran difíciles y los James decidieron probar una nueva vida. Dedicaron todo su tiempo a trabajar en el rancho y hasta reunieron una pequeña partida de ganado. Entonces un bandido mexicano, Juan Fernando Palacios, decidió corresponderles las visitas que ellos habían hecho a México, y una noche oscura arreó con el poco ganado de los ahora honorables rancheros. A los James no les hizo ninguna gracia verse robados y emprendieron, solos, la persecución. En una hondonada cerca de El Paso, Tejas, encontraron descansando a los abigeos. Disparando desde lugares ocultos y cambiando constantemente de posición, hicieron creer a los mexicanos que eran un grupo numerosos y los obligaron a huir. Nerviosos ante la posibilidad de un contraataque, los James emprendieron el regreso llevando sus vacas por delante y, en efecto, no tardaron en verse perseguidos a su vez, ya que los bandidos mexicanos habían descubierto el engaño. Nuevamente brilló la buena estrella de los hermanos James. Cuando estaban a punto de ser alcanzados surgió a lo lejos una columna de soldados norteamericanos quienes ignoraban su identidad y los protegieron. En tan buena compañía llegaron a su rancho. Allí transcurrió su existencia entre épocas de paz, en que guardaban las apariencias y parecían ejemplos de honradez, e intermitentes ausencias durante las cuales cometían toda clase de fechorías lejos de la comarca. Al regresar de una de sus tantas correrías, según la leyenda que circula en Estados Unidos, se enteraron de que un bandido mexicano llamado Bustendo, había asolado los ranchos de la región y había raptado a Alicia Gordon, hija de un ranchero. De inmediato los James asumieron el papel de justicieros y, acompañados por seis hombres, se lanzaron al rescate. Al tercer día alcanzaron a los mexicanos. Jesse atacó con su demoledora táctica de la sorpresa y, en cuestión de minutos, casi todos los bandidos quedaron muertos y el propio Bustendo atravesado por una bala. Esta hazaña valió a los James la estimación de toda la comarca. Pero el crimen ya era parte de su vida y un buen día decidieron marcharse para perpetrar nuevas fechorías. Esto es, al menos, lo que se cuenta en Estados Unidos, donde una legión de escritores racistas han llegado al extremo de aplicar la leyenda del gringo bueno y el mexicano malo a las andanzas de los James. Por lo que respecta a México, las fuentes históricas solo mencionan a los James como otro par de bandoleros más, que se crecían cuando se sentían fuertes y huían en cuanto se topaban con un grupo de hombres capaces de enfrentárseles. Sea lo que fuere, el 7 de septiembre de 1881 los James realizaron su último asalto. El objetivo fue un tren; el lugar escogido, las proximidades de Glendale. Misuri. Jesse contaba apenas 34 años, pero ya llevaba 20 de bandolero. Tras el asalto decidió retirarse definitivamente y se radicó con su esposa Zerelda en San José, Misuri, usando el falso nombre de Thomas Howard. Pero su cabeza seguía teniendo precio: 10,000 dólares de recompensa a quien la entregara, y para este fin un antiguo compañero de correrías, Bob Ford, le dio un tiro por la espalda. Viéndose solo y acosado, Frank se entregó a las autoridades. De algún modo, probablemente tortuoso, logró ser absuelto y vivió muchos años. Murió ya anciano en 1915, en su granja de Excelsior Springs, Misuri, donde a menudo había relatado sus correrías mexicanas adjudicándose un papel muy similar al de los vaqueros de Hollywood. Para nadie es un secreto que México (y casi todo el mundo) ha sido por siempre botín para los gringos. Lo han saqueado y maltratado lo mismo a la manera de Jesse James que de las empresas trasnacionales. Esas que en los países pobres han explotado minas, tierras de cultivo, bosques madereros, mares, lagos y lagunas; que han exprimido a las poblaciones y a los pobres los han hecho más pobres. Nos basta una ojeada a los libros de historia (pero por supuesto no de las editoriales gringas porque esas cuentan versiones diferentes) para enterarnos que sin las sangrientas intervenciones militares y las siniestras manipulaciones diplomáticas de Estados Unidos sería diferente la historia de Puerto Rico, Cuba, Nicaragua, Panamá, Colombia, México (y no le sigo porque no termino). Y cuando creíamos que esos tiempos habían pasado a la historia, nos enteramos que no, que América Latina ha dado paso a Irak y a Afganistán, utilizando el pretexto de la lucha antiterrorista. Pero claro, también las víctimas son victimarias. En cada país los gringos han tenido cómplices, compinches y testaferros, pequeños grupos que engordan sus fortunas al amparo de los extranjeros y a la desgracia de las grandes mayorías nacionales. El fenómeno actual de la inmigración indocumentada ni es extraño ni es casual ni es exclusivo de Estados Unidos. Es resultado de un orden mundial económico, social y político que nada tiene de orden y sí mucho de desorden, de injusticia y de desigualdad. Los inmigrantes de hoy —más que los de ayer— son los parias resultantes de complicidades que se han ido agigantando. Y ahí —sin ánimo de querer justificarlo— está el origen del otro gran problema social de estos días: el narcotráfico y toda la violencia y descomposición social en que se envuelve. Los políticos gringos de hoy satanizan al indocumentado —la gobernadora de Arizona dice que todos son “mulas” que acarrean drogas— y envuelven en uno solo los problemas de la inmigración, el narcotráfico y el crimen. Se escandalizan por la terrible violencia que azota a México y se desgarran las vestiduras porque dentro de Estados Unidos radican unos 10 o 12 millones de “ilegales”, pero nada dicen de los 40 millones de ciudadanos estadunidenses adictos a las drogas y que son quienes, a fin de cuentas, resultan ser los responsables de ese fenómeno binacional (y mundial) que se llama mercado de estupefacientes. Pero nadie hace un examen de conciencia y un acto de contrición. A nadie —y menos si ejerce la cada vez más poco decente profesión de la política— le cabe un gramo de dignidad para reconocer que tanto el fenómeno de la inmigración indocumentada como el del tráfico de drogas se han gestado al abrigo de los errores históricos de Estados Unidos. Hoy que releo mi nota sobre Jesse James y me vuelvo a enterar que lo mataron como a un perro (¿de qué otra forma se mata a un perro?) me doy cuenta de que no es cierto aquel refrán que nos asegura que “muerto el perro se acabó la rabia”. Si todo esto no fuera tan trágico, me daría risa escuchar la ladrería histérica de los “tea party”, de los Joe Arpaio y las Russell Pearce, las Jan Brewer y las Sarah Palin. Pero no me da risa, me da miedo. Mucho miedo me da la rabia.
Eladia Blásquez *** ...tengo especial afecto y reconocimiento a varios de los activistas que protagonizaron las desobediencias y fueron arrestados. Su amistad me honra. Su ejemplo de lucha me mueve a un profundo agradecimiento.
Marchas, protestas, alborotos… ¿y…? Tengo unas ganas locas de escribir de otros temas, pero Arizona no me deja. Y es que el nivel de indignación que me provocó la ley SB1070 no se me quiere bajar, y menos cuando me entero de nuevas burradas que dice la gobernadora Brewer de Arizona –cosa que no debería extrañarme porque eso sucede a diario y a cada rato- y de las no tan nuevas pero si muy frecuentes bravuconadas del enfermizo alguacil del condado Maricopa, Joe Arpaio. © Luis Manuel Ortiz
*** Hasta quienes la apoyan saben que la ley SB1070 es muy severa, pero la justifican diciendo que es necesaria ante la ineficacia del gobierno federal para poner alto a una inmigración indocumentada, que ciertamente se ha convertido en un serio problema. Pero no muchos advierten que el gobierno federal, el estado de Arizona, sus ciudadanos, el país y los indocumentados mismos se han vuelto rehenes de la política y la retórica electoral …
¿Irme a vivir a Arizona…? ¡Ni con papeles! Si tratamos de medirlo de manera convencional, es decir con números y estadísticas, no llegaremos muy lejos. Es muy difícil saber el daño que la ley de Arizona SB1070 le ha hecho al estado. No hay manera fiel de saber cuántas personas han huido hacia otras entidades o de regreso a sus lugares de origen. Tampoco sabemos cuántos negocios propiedad de personas indocumentadas han sido mal vendidos o cerrados antes de verse envueltos en problemas mayores.
Pero una cosa sí es cierta y por demás evidente: El racismo en Arizona anda al galope. Y eso sí tiene un alto costo, que quizás tampoco pueda medirse, pero sí advertirse en el sufrir de mucha gente. Este estado donde vivo no era difícil para vivir. Cierto que ha sido tradicionalmente conservador y mayoritariamente republicano, pero no iba muy lejos en sus extremos. Nada que ver con la Alabama y otros rumbos de los 50 y los 60. Por qué Arizona Los legisladores de Arizona no tardaron nada en imitar a los de California (a pesar de que la 187 nunca entró en vigencia porque los tribunales la anularon por anticonstitucional) y comenzaron a aprobar leyes estatales cada vez más específicas contra la población indocumentada, que en los 90 estaba muy lejos de ser tan numerosa como es ahora. En ese mismo 1994 se estableció en el área fronteriza Tijuana-San Diego la Operación Guardián (“Gatekeeper”) que consistía en levantar una barda triple, instalar sofisticados equipos de vigilancia con capacidad para visión nocturna e incrementar enormemente el número de agentes de la Patrulla Fronteriza. El resultado fue igual al de una lancha con varios agujeros. Cuando se tapa uno, por los otros entra más agua. Las hordas indocumentadas que ingresaban por aquella zona vinieron a unirse a las que ya entraban por la extensa frontera desértica de Sonora con Arizona convirtiendo a ésta en una región sumamente conflictiva. No sólo aumentó voluminosamente la población de residentes indocumentados sino que también florecieron otras actividades ilegales como el coyotaje, el narcotráfico, el secuestro, etc. El 4 de febrero de 2003, en el momento en que el entonces presidente Vicente Fox descendía del avión presidencial en el aeropuerto de Phoenix, cerca de allí, en la transitada carretera Interestatal 10 rumbo a Tucson, se liaban a balazos los integrantes de tres vehículos. Dos de ellos transportaban a 24 inmigrantes indocumentados. El resultado fue de 4 muertos, cinco heridos y una docena de arrestados. La versión oficial fue de un encuentro entre coyotes y “bajadores” (quienes les roban su carga humana a los traficantes) pero no todo mundo lo creyó pues hay quienes afirman que grupos paramilitares locales y grupos racistas organizaron la operación justo cuando se tenían preparada una fuerte, ruidosa y alborotada protesta de grupos extremistas afuera del recinto donde Fox daría su discurso ante miles de mexicanos residentes en Arizona. El objetivo sería lograr lo que hoy se ha logrado: llamar poderosamente la atención hacia el fenómeno de la inmigración indocumentada y obligar a actuar al gobierno federal o justificar la creación de leyes estatales con el mismo fin. Napolitano, la culpable La encargada de darle la bienvenida a Fox fue la gobernadora Janet Napolitano –hoy secretaria de Seguridad Interna- quien había sido una suerte de escudo contra las acometidas cada vez más frecuentes y más agresivas de los republicanos. Aunque habían logrado que se promulgaran algunas leyes como la que priva de licencias de manejo a los indocumentados, Napolitano les había frenado mediante el veto otras piezas, incluyendo la primera intentona de criminalizar a los inmigrantes. Sin embargo, no se opuso a dos leyes, la “anticoyote” y la “antinegocios”, que claramente invadían el fuero federal y que todavía hoy están siendo impugnadas en los tribunales. En Arizona, cuando concluyó la última década del siglo anterior y fue tomando fuerza la primera del siglo 21, el movimiento antiinmigrante ya había rebasado ampliamente los límites de la discreción. Y mucho tenían que ver en ello dos individuos cuya conducta, en el quehacer político, ha estado estrechamente ligada con su propia ideología. El primero de ellos es alguien del que trataré de hablar poco porque es lo que le gusta, que hablen de él, que lo entrevisten, que lo ataquen y de esa manera se contribuya a su popularidad. Joe Arpaio (sí, usted adivinó que era él) se postuló en 1992 por el Partido Republicano para alguacil del Condado Maricopa. Ganó y volvió a ganar en 1996, 2000, 2004, 2008 y si no lo parte un rayo seguirá ganando. La eficacia de Arpaio para combatir el crimen está muy en duda pues existen pocas evidencias -excepto las que él mismo prepara y divulga- de que ha logrado abatir los índices de criminalidad en su área. Pero para sus simpatizantes y sus electores, de su misma tendencia ideológica, eso es lo de menos mientras se mantenga como un paladín en la lucha contra los indocumentados a quienes persigue, detiene y encarcela -en su famosísima “Tent City” o “Cárcel de las Carpas”- con lujo de crueldad y desprecio. Pearce ha tenido una trayectoria muy controversial como miembro de grupos policiacos y como burócrata. Fue, incluso, separado de su cargo al frente de la División de Motores y Vehículos del estado cuando una investigación reveló que había cometido malos manejos. Igualmente, son bien conocidos sus nexos con grupos de supremacía blanca. En 2006, Pearce avaló públicamente a un candidato al Cabildo de Mesa, Arizona, de nombre J.T. Ready, un conocido líder neonazi cuyo grupo comenzó la semana pasada a patrullar armado la zona fronteriza de Arizona con México, en busca de indocumentados y narcotraficantes. Ese es el Russell Pearce creador de la infamante ley SB1070. Gobernadora sin buscarlo Cuando Janet Napolitano aceptó el llamado de Obama para ocupar la cartera de Seguridad Interna hizo que ascendiera a la gubernatura la entonces secretaria del Estado, Janice Brewer, una republicana que había deambulado sin mucho lucimiento durante décadas por la legislatura estatal y los altos puestos de la burocracia arizonense. Arpaio, Pearce y compañía sintieron que se habían sacado la lotería. Ninguna amenaza de veto se divisaba en su futuro legislativo antiinmigrante. El camino estaba libre de obstáculos. Aunque no fue redactada por él, la SB1070 se debe a Russell Pearce quien durante años soñó con hacerla realidad. Cuando finalmente logró que fuera aprobada por la Legislatura estatal y se envió a Brewer para que la firmara, la vetara o dejara pasar el plazo que fija la ley para que automáticamente se promulgue, Pearce sabía perfectamente que haría lo primero. Entre ellos ya había un acuerdo. Pero el legislador quizás nunca imaginó el enorme favor que le estaba haciendo a la gobernadora. Al firmarla, frente a las cámaras de TV, en trasmisión en vivo, y sobre un tablado que parecía el escenario de un teatro, Jan Brewer se convirtió en una celebridad con una repentina fama y una estatura política que no buscó y nunca imaginó tener. En ese momento ya era aspirante a reelegirse, pero nadie daba un cacahuate por ella. Andaba en los últimos lugares de las encuestas. Nadie sabe para quien trabaja y Pearce sin saber trabajó muy bien a favor de la desconocida gobernadora que hoy está al frente de las encuestas tranquilamente enfilada a la reelección. Tiene mucho que agradecerle a Napolitano y a Pearce. Odio u oportunismo político Hasta quienes la apoyan saben que la ley SB1070 es muy severa, pero la justifican diciendo que es necesaria ante la ineficacia del gobierno federal para poner alto a una inmigración indocumentada, que ciertamente se ha convertido en un serio problema. Pero no muchos advierten que el gobierno federal, el estado de Arizona, sus ciudadanos, el país y los indocumentados mismos se han vuelto rehenes de la política y la retórica electoral. La verdad es que Barack Obama, como antes George W. Bush y todos los presidentes, no pueden hacer mucho por sí solos cuando dependen de los votos de un Congreso cuyos miembros, como la cabra, siempre tienden hacia el monte de sus conveniencias políticas. Veamos: En 2005, la Cámara de Representantes de Estados Unidos aprobó la llamada “ley Sensenbrenner”, en honor al senador que la propuso, y que dejaba pequeña a la SB1070 de Arizona. La ley Sensenbrenner también criminalizaba a los indocumentados en cualquier parte de la nación y prácticamente desataba una persecución en su contra, en medio de un despliegue de insensibilidad y crueldad. Afortunadamente, la draconiana pieza legislativa fracasó cuando fue analizada y votada en el Senado. Muchos sabemos que esa ley tenía más sustento en el odio que en la realidad. En el año 2006, el republicano John McCain, quien ha representado a Arizona en el Congreso federal desde 1982, primero como diputado y después como senador, se unió al fallecido senador demócrata Edward Kennedy y ambos patrocinaron un proyecto de reforma de las leyes de inmigración que tenía el apoyo de Bush. Pero el intento naufragó frente a legisladores de la extrema derecha. El tema ya se había polarizado enormemente, aunque nadie se imaginaba que tanto más se polarizaría. Así pues, en la nación, en Arizona y en otras entidades el tema de la inmigración indocumentada se había convertido en prioridad mientras que, a nivel mundial, a diario se hablaba del que entonces se conocía como “muro de la tortilla” que Estados Unidos construía en su línea divisoria con México. En 2008 sucedió lo nunca imaginado: Un hombre de raza negra ganó holgadamente la presidencia de Estados Unidos frente a –¡miren ustedes qué casualidad!- el arizonense John McCain, quien también ya viajaba en el carro del oportunismo electoral y estaba convertido en otro antiinmigrante extremista e irracional. Hoy muy pocos lo reconocen pero resulta evidente que el resurgimiento de sentimientos y actitudes de extremismo y conductas de odio se deben al sector étnico al que pertenece Obama. El “americano” típico –incluido el hispano nacido en Estados Unidos o asimilado a su sociedad- se siente incómodo con un presidente afroamericano y lo manifiesta con un reavivamiento de sentimientos raciales que se han ido convirtiendo en una conducta nacional. Si la ley SB1070 de Arizona estuviera escrita de otra forma y contuviera un código de aplicación diferente encajaría en el tipo de ley necesaria –eso es entendible y aceptable- para defender la soberanía de la entidad y del país. Todo estado y toda nación hace eso en pleno derecho. Pero no es así. La SB 1070 no sólo fue concebida, y ahora defendida e impulsada, por personas cuyos antecedentes los ubican en el extremismo ideológico. Lo niegan con palabras, desde luego, porque las leyes de Estados Unidos prohíben y castigan la discriminación y el racismo, pero su comportamiento y conducta lo reconoce y confirma. © Luis Manuel Ortiz
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| Last Updated ( Tuesday, 31 August 2010 19:09 ) |