Armando Alanis

Cuarto de azotea / Lo que resta de los restos Print E-mail
Written by Armando Alanís   

Yo no sé quién tenga la razón. Qué voy a saber. Lo que sí es que los mexicanos, más allá de lo que organicen y declaren quienes gobiernan este país, tenemos derecho a festejar.

 Foto Archivo Peregrinos y sus letras

Lo que resta de los restos
Por Armando Alanís

El 30 de mayo de este año de centenarios y bicentenarios, luego de una ceremonia solemne y aburridísima que seguí por televisión, los restos de 14 héroes de la Independencia de México, que en ese momento se creía que eran 12, salieron de su escondite en las entrañas de la columna que sostiene al ángel femenino que preside los destinos de los habitantes de la Ciudad de México, para ser trasladados, en sus urnas de madera y cristal, al Castillo de Chapultepec.
 
Ahí en el Castillo, los restos de Hidalgo, Morelos, Aldama, Mariano Jiménez, Allende, Guerrero, Leona Vicario, Mina, Bravo, Matamoros, Quintana Roo, Guadalupe Victoria, Pedro Moreno y Víctor Rosales fueron sometidos a procesos de conservación y restauración por especialistas del Instituto Nacional de Antropología e Historia. Si no se hubiera procedido así, en dos décadas aquellas ilustres calaveras y aquellos ínclitos huesos sólo hubieran sido polvo bueno para esparcirlo en la Alameda Central o en la bahía de Acapulco.
 
Una de las urnas contaba con una enigmática etiqueta: M. En torno a los restos humanos contenidos en ese recipiente se tejían toda suerte de conjeturas. ¿Eran de Morelos? Se sabía que en 1867, Juan Nepomuceno Almonte, uno de los tres hijos de Morelos, extrajo los restos de su progenitor de la Catedral Metropolitana y los envió a Francia en una caja diplomática. Para investigar el asunto, en 1989 se creó una Junta de Investigación de los Restos de Morelos. Pero cuando se abrió la tumba parisina donde podría estar lo que quedaba del prócer, sólo encontraron el cadáver de Nepomuceno Almonte. Ni polvo de su padre.
 
También se especulaba que la M podía significar Mina y no Morelos. Pero Mina murió a los 28 años, y los retos de la citada urna corresponden a un hombre de 50 años de edad, justo los que tenía el héroe michoacano cuando fue fusilado. La prueba del ADN hubiera podido despejar cualquier duda al respecto, pero el titular de la SEP, Alonso Lujambio, consideró que no era necesario ir tan lejos: “La historia también es una ciencia. Cuando llegamos a conjuntar elementos de la antropología física con histórico documentales, llegamos a plantear deducciones que son irrefutables desde la perspectiva lógica.” Confieso que no entiendo muy bien lo que Lujambio quiso decir, pero lo que sí me queda claro es que de ahora en adelante no se vale dudar: esos restos son los de Morelos y no los de Mina, que estaban en otra de las urnas, ni los de nadie más cuyo nombre o apellido comience con M. Y aléguele al ampayer, como se dice en el argot beisbolero.
 
Los restos de quienes nos dieron patria ya han sido sometidos a procesos de restauración y conservación, los próceres que estaban juntos han sido convenientemente separados, y las catorce nuevas urnas han sido conducidas, en otra ceremonia igual de solemne y aburrida que la primera, a Palacio Nacional, donde las recibió el propio presidente de la república, Felipe Calderón, quien estaba acompañado de descendientes de los próceres, secretarios de Estado, legisladores e invitados especiales. El traslado se llevó a cabo el 15 de agosto, y me asegura un testigo presencial que los caballos negros que conducían las carrozas donde iban las urnas, eran sencillamente impresionantes. Caballos pura sangre, pues, de gran alzada. Los soldados que los montaban llevaban uniformes ceremoniales, como debe de ser.
 
Al recibir lo que resta de los restos, Calderón citó en su discurso al cura de Dolores, cuyas palabras, doscientos años después, conservan una sorprendente actualidad: “No necesitamos sino unirnos. Si nosotros no peleamos contra nosotros mismos, la guerra está concluida y nuestros derechos a salvo. Unámonos todos los que hemos nacido en este dichoso pueblo”.
 
Los restos de los catorce héroes estarán expuestos durante once meses en la Galería Nacional, nuevo museo que el presidente inaugurará el próximo 5 de septiembre. La exposición que tendrá lugar en ese museo será, se asegura, la mayor muestra histórica jamás montada en México, con 500 piezas de la más alta trascendencia para la historia de nuestro país. “México 200 Años, La Patria en Construcción”, es el llamativo nombre de la muestra. Además de los multicitados restos, el público podrá ver el estandarte que portó Hidalgo durante la gesta de Independencia, el sillón presidencial de Benito Juárez, “Los Sentimientos de la Nación”, de Morelos (1815), el Acta de Independencia del Imperio Mexicano (1821) y la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos (1917), entre otros tesoros.
 
La mera verdad, suena interesante. Y pienso que sí, que tiene sentido que los mexicanos podamos presenciar lo que resta de los restos antes de que los devuelvan al Ángel, donde sólo podremos ver las placas de bronce. Al recorrer los más de seis mil metros cuadrados del nuevo museo, tendremos la oportunidad de admirar piezas y documentos que tal vez nunca más estarán delante de nuestros ojos. Todo eso me parece muy bien.
 
Pero no será esta exposición de la Galería Nacional el único evento para conmemorar 200 años de la iniciación del movimiento de Independencia y 100 del estallido de la Revolución. Habrá desfiles y cientos de eventos, muchos de los cuales ya se están realizando. Se gastará dinero. Se echará la casa por la ventana. Y esto último es lo que no ha gustado a algunos críticos, que señalan que la organización de los festejos deja mucho que desear, y que se gastará demasiado dinero en un momento en que nuestra economía no está para despilfarros. Tanto Lujambio como José Manuel Villalpando, quien es, por si ustedes no lo sabían, el Coordinador Ejecutivo Nacional de las Conmemoraciones de 2010, han tratado de defender los festejos.

Yo no sé quién tenga la razón. Qué voy a saber. Lo que sí es que los mexicanos, más allá de lo que organicen y declaren quienes gobiernan este país, tenemos derecho a festejar. Me permito opinar que, luego de que a nuestra selección no le fue muy bien que digamos en el pasado Mundial, luego de tantas broncas económicas, y en medio de la guerra interminable contra el narco, no está mal que se exalte el sentimiento nacionalista. Sí, señor, los ciudadanos de a pie tenemos derecho a festejar. Está bien que, aprovechando las conmemoraciones, nos pongamos alegres, que nos tomemos nuestras copitas, y que este 15 de septiembre gritemos todos juntos: “¡Viva México, cabrones!” Y que luego, el 20 de noviembre, gritemos eufóricos: “¡Viva la Revolución!” Y que ya encarrerado, el pueblo reunido en el zócalo capitalino vaya y tome de una vez por todas Palacio Nacional.

Si no ahora, ¿cuándo?

© Armando Alanís

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Que nunca nuestra Selección tuvo a tantos futbolistas jugando en Europa… aunque sea de suplentes. Que es el mejor equipo, que Javier Aguirre es un genio, que Blanco está de regreso, que el Chicharito va que vuela para convertirse en todo un crack, que…

Foto Archivo Peregrinos y sus letras, Alemania 2006/Mundial de Fútbol

 
Los fans
Por Armando Alanís

Partidos van y partidos vienen, y la Selección Mexicana de futbol que irá al Mundial sigue dejando mucho, pero mucho que desear. Es verdad que no ha perdido, pero también es verdad que sus rivales no son los mejores que se pueden encontrar en el planeta. Un que otro gol, alguna esporádica jugada interesante…y nada más. Partidos aburridos, pocas emociones… pero la gente sigue ahí, el público mexicano sigue ahí, fiel a su Selección. Son los fans, los fans de la Selección Mexicana, los más fieles y sufridos que se puedan encontrar en el mundo entero.
   
Un amigo de Kosovo, ya nacionalizado mexicano, el poeta Xhevdet Bajraj, me comentaba hace tiempo: “Un país para el que el futbol es tan importante, merecería una mejor Selección”.
   
Después de una gira deslucida por los Estados Unidos, sin derrota pero también sin gloria ante rivales poco serios, México viene a su casa, al estadio Azteca, y el estadio Azteca se llena a reventar. Horas antes de que dé inicio el partido, ya los fans empiezan a ocupar sus asientos, y para las doce del día no cabe un alfiler: es un lleno, tal y como se esperaba, y hasta el dios Tlaloc está con la Selección porque las nubes esperarán hasta las dos de la tarde para dejar caer su acuoso contenido sobre la capital de la república.
   
A las doce el sol brilla en todo lo alto, y la Selección Mexicana salta a la cancha para enfrentar a la Selección Chilena, que parece, al menos en el papel, su rival más importante de las últimas fechas. El partido empieza con buenos augurios. México juega sus mejores quince minutos y anota, por medio del sorprendente Medina, su primer gol… Será el último. El resto del partido, para el olvido. Nada digno de escribir a casa, como diría aquel inolvidable sabio del deporte que fue don Antonio Andere.
   
Y se va la Selección a su gira por Europa, y de ahí a Sudáfrica. Y los fans seguirán a su Selección, si no físicamente sí a través de la pantalla. Cada partido será seguido con avidez por miles, por millones de esperanzados televidentes en casas particulares, en oficinas, en restaurantes y bares... Otra vez, la Niña Esperanza.
   
Recuerdo un cuento de Agustín Yáñez, con tema político, que así se titula: “La Niña Esperanza”. Una chica a veces alegre y pispireta, otra veces ojerosa y pintada, que nace y muere cada seis años… Eso hablando de política. Hablando de futbol, la Niña Esperanza nace y muere cada cuatro años.
   
Difícil calificar al Mundial. Hubo momentos, al inicio del torneo de clasificación, en que pareció que México quedaría fuera, tristemente eliminado. Otro amigo mío, el poeta Héctor Carreto, se quejaba con razón: “Es que un Mundial sin México no es lo mismo”. Claro que no es lo mismo. Es necesario, para nosotros los mexicanos, que nuestra Selección esté ahí. Y cuando parecía que quedaríamos eliminados, surgió la magia del veterano Cuauhtémoc Blanco y México clasificó y los fans pudimos gritar a voz en cuello, una vez más, como cada cuatro años: “¡Nos vamos al Mundial, nos vamos al Mundial!”
   
Se habla del quinto partido. Que si habrá quinto partido, que si no. Otra vez, la Niña Esperanza. Otra vez, la fidelidad a prueba de balas de millones de fans diseminados a lo largo y ancho de la república, y aún más allá de nuestras fronteras, porque en Estados Unidos la Selección llena estadios, lo mismo en Nueva York que en Chicago: fans y más fans…, connacionales que van a los estadios a gozar y sufrir, a reír y llorar. Una decepción más, un partido infumable más, pero los fans siguen ahí, fieles a la causa… hasta que llegue ese fatídico quinto partido… si es que llega… Ya hay por ahí un anuncio publicitario: si compras tu televisor en tal lugar y de tal fecha a tal fecha, y México juega y gana el quinto partido, el televisor es tuyo, completamente gratis. Te regresan tu dinero. Así como se oye. Todo sea por apoyar a la Selección.
   
Que nunca nuestra Selección tuvo a tantos futbolistas jugando en Europa… aunque sea de suplentes. Que es el mejor equipo, que Javier Aguirre es un genio, que Blanco está de regreso, que el Chicharito va que vuela para convertirse en todo un crack, que…
   
Y el Ángel de la Independencia, esa Victoria alada, esa estatua de bronce recubierta de oro que parece que está viva y que preside desde las alturas los destinos de la capital de la república, está ahí, en el Paseo de la Reforma, esperando a los fans…, por si es que los fans, durante el Mundial, tienen algo que celebrar.
   
Los fans, ay, los fans!!!!!

© Armando Alanís

 

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“El que me abrace más fuerte, será mi próximo marido“...

Tres historias de amor feliz
Por Armando Alanís


Pelo rubio y tenis rojos

Cuando entré a la librería, la chica de pelo rubio y tenis rojos revisaba las novelas románticas de la mesa de novedades. La vi luego interesada en los libros de autoayuda, y en seguida en los manuales esotéricos.
 
Como dejé de verla, pensé que se había marchado, pero unos minutos más tarde la encontré en cuclillas, revisando los recetarios de cocina de un estante inferior.
 
Antes de que me acercara a hablarle, yo ya sabía que estábamos destinados a amarnos.

Asilo

La misma tarde de su llegada, cuando su mirada se cruzó en la estancia con la de aquella anciana diminuta, atada a su silla de ruedas, dejó de considerar que el asilo sería para él como una mazmorra donde pasaría encerrado sus últimos años. 

Funeral

“El que me abrace más fuerte, será mi próximo marido“, pensó la joven viuda.  Y resultó que esa misma mañana yo había salido del gimnasio sintiéndome muy orgulloso de la fortaleza que estaban adquiriendo mis bíceps.

© Armando Alanís

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 …el coahuilense fue recibido en la Ciudad de México primero por un terremoto y en seguida por una multitud entusiasmada. Desde la entrada a la capital del Ejército Trigarante no se había visto un recibimiento tan entusiasta y multitudinario.


El origen esotérico de la democracia mexicana
Por Armando Alanís
                                                                                                                                                       
Vino el apóstol Madero
y, al grito de redención,
todo el pueblo por entero
se fue a la Revolución.
                                                                                  

En 1908 la señorita democracia, aún virgen, no estaba de moda en México. No lo estaría sino hasta muchos años después, ya casi para concluir el siglo. Pero a finales de ese año, en el pueblo de San Pedro de las Colonias, enclavado en el desierto coahuilense, un hombre bajo de estatura, barbón, perteneciente a una de las familias más adineradas de México, y él mismo un próspero terrateniente, se dio a la tarea, impulsado por sus ideales políticos y con el apoyo constante de los espíritus, de escribir un libro que había de convertirse en todo un best-seller de la época. Ese hombre era Francisco I. Madero. Su libo se titularía La sucesión presidencial en 1910.
 
Madero, cuya carrera política había tenido un arduo comienzo, creía firmemente en la democracia. Educado en Europa y en los Estados Unidos, había, por otra parte, abrazado el espiritismo. No sólo era que participara en sesiones espíritas, tan frecuentes entonces, como podía hacerlo cualquiera por diversión o mera cu-riosidad. Madero era mucho más que un espírita convencido: era un médium es-cribiente, es decir, una persona que, bajo el dictado o la inspiración de los espíri-tus–seres desencarnados que nos precedieron en el viaje al más allá–, practica-ba cotidianamente lo que, en términos menos esotéricos, podríamos llamar la escritura automática. Por fortuna, esas cartas se conservan. No discutiremos aquí si le fueron dictadas a Madero por los espíritus o por su propio subconsciente–sea como sea, el misterio permanece–, pero sí diremos que esos textos singulares resultaron, con sus errores ortográficos, sorprendentemente proféticos: anuncia-ban lo que estaba a punto de suceder en el país.
 
En un tapanco de su casa, el futuro Apóstol de la Democracia escribió fe-brilmente, en unos cuantos meses, el libro en cuestión. El diligente espíritu José lo animaba desde el principio:
 
“…este año va a ser la base de tu carrera política, puesto que el libro que vas a escribir va a ser el que te dé la medida en que deben apreciarte tus conciudada-nos, va a ser el que te pinte de cuerpo entero, el que revele a la Nación quién eres tú, cuáles son tus ideales, tus aspiraciones, tus aptitudes y tus medios de combate”.
 
El mismo espíritu lo animó a leer libros de historia nacional como el célebre Méxi-co a través de los siglos. Al mismo tiempo, aquel hombrecito de treinta y tantos años leía a los pensadores de la época, a los novelistas, y a Allen Kardec, autor de El libro de los espíritus. También leía con fervor, estudiaba y anotaba el Bahag-vad Gita, el libro sagrado hinduista. En septiembre de 1908, está ya preparado para iniciar la redacción de su libro; lo concluirá poco antes de terminar el año. Enviará ejemplares a los principales diarios de la república, a los intelectuales y políticos, y al propio presidente, don Porfirio. De modo que cuando el libro vio la luz pública, a principios de 1909, ya no era posible hacer nada por “desaparecerlo” del mercado. Rápidamente se agotaron las primeras ediciones, en un país donde el 80 por ciento de sus habitantes eran analfabetas, y Madero se posicionó como una figura sobresaliente en la vida política del país.
 
Como creía en la democracia, el coahuilense no pensaba en la vía armada como una solución a los problemas de México.

“Un dilema se presenta al tratar de cualquier sucesor que el General Díaz desee imponernos. Continuación de la servidumbre, con la perpetuación indefinida del actual régimen de Gobierno, o la anarquía con el cambio de Gobierno por medio de una revolución” (La sucesión presidencial en 1910).

Los espíritus le habían anunciado, o cuando menos sugerido, que tal vez una revolución fuera inevitable, y que él debería entonces cumplir con su misión, venciendo todos los obstáculos:

“Hermano querido: necesitas reconcentrarte mucho en ti mismo, pues estás desti-nado a cumplir una misión de la más grande trascendencia. Tu obra será magna si no flaqueas, si sigues imperturbablemente adelante, cualesquiera que sean los obstáculos que encuentres”. 

Finalmente, será el espíritu del mismísimo Benito Juárez quien lo visitará y lo ani-mará a seguir adelante:

“Principiaré por felicitarlo muy cordialmente por los triunfos que ha obtenido sobre Ud., los cuales lo ponen en condiciones de emprender con éxito  la obra colosal de restablecer la Libertad en México… Ardua es esa empresa, pero Ud. está a la altura de la situación para llevarla finalmente a cima… Yo creo que a Ud. no le conviene otra táctica que el ataque de frente, leal y vigorozo (sic)”.

Lo que vino a continuación es de sobra conocido: la postulación de Madero como candidato a la presidencia por el Partido Antirreeleccionista. Todavía Madero es-taba dispuesto a renunciar a su candidatura si Díaz lo nombraba vicepresidente, pues ése sería un paso importante en la transición a la democracia. Pero Díaz no aceptó. Ramón Corral sería el vicepresidente y, a  la  muerte  del  general–ya próxima–asumiría la presidencia, asegurando así la continuidad de un régimen tan autoritario como caduco.

En su calidad de candidato, Madero recorrió todo el país y varias veces estuvo cerca de ser asesinado. (Lo acompañaba su valiente y fiel esposa, Sara).  Madero es aprehendido en Monterrey y hecho prisionero en San Luis Potosí. Escapa hacia los Estados Unidos y en San Antonio redacta su Plan de San Luis, lla-mando al pueblo de México a levantarse en armas el domingo 20 de noviembre a las seis de la tarde en punto.

¿Fue un acierto o un error de Madero llamar a las armas? He leído con atención los ensayos de Enrique Krauze y Manuel Guerra de Luna publicados en el número de enero de la revista Letras Libres. Ambos autores señalan que proba-blemente Madero se equivocó al optar por la vía de las armas. No estoy muy se-guro de que tengan razón.

Madero dio todos los pasos posibles hacia la democracia, sin apartarse de la lega-lidad. Perseguido, encarcelado, obligado a vivir en el exilio, ¿qué otro camino le quedaba? Insistir en los medios pacíficos significaba que, a la muerte del octoge-nario Díaz, el régimen autoritario continuaría prevaleciendo en el panorama políti-co del país, quién sabe por cuánto tiempo más. Madero no tenía otra opción: o tomaba las armas, o todos sus esfuerzos  en  pro  de la democracia–en un país donde ésta no estaba de moda–habrían sido vanos. Él no podía prever con deta-lle lo que iba a pasar. Era un médium escribiente, pero no un adivino. No podía prever ciertas atrocidades, como las matanzas de chinos en Torreón.

En una conferencia sobre la guerra cristera que impartió en Saltillo hace años, oí decir al historiador Jean Meyer que “la historia es impredecible”, pues su derrotero depende de contingencias cuyo resultado nadie pude pronosticar (ni siquiera el espíritu José, ni siquiera el espíritu egregio de Benito Juárez).

Madero, un hombre de paz, se lanzó a la Revolución como último recurso, cuando todos los demás caminos habían sido cancelados por un dictador que, a su avanzada edad, no estaba dispuesto a renunciar al poder. Un  dictador  que  había traído prosperidad a México, es cierto, pero sólo para unos cuantos privile-giados, y en perjuicio de la mayoría empobrecida y marginada.

El triunfo de Madero–con el valioso apoyo militar de Villa y Orozco, en Chihuahua, y el advenimiento de Zapata en el estado de Morelos–fue vertiginoso y refulgente.  “Como de los matrimonios, así de las revoluciones: para que salgan bien, se necesitan muchos años. Madero realizó el derrocamiento de Díaz en 10 meses de planeación y de acción. Fue una victoria alcanzada demasiado pronto”, apunta John Womack Jr. en Zapata y la Revolución mexicana. Tras la firma de los Tratados de Ciudad Juárez, y la huida hacia Europa del octogenario Díaz, el coahuilense fue recibido en la Ciudad de México primero por un terremoto y en seguida por una multitud entusiasmada. Desde la entrada a la capital del Ejército Trigarante no se había visto un recibimiento tan entusiasta y multitudinario.

Como presidente, luego de unas elecciones que ganó con amplitud, Madero vivió meses aciagos. Como estadista, pecó por ingenuidad y fue tal vez demasiado indulgente con sus adversarios. Vino la Decena Trágica, la traición de Huerta y el asesinato a sangre fría de Madero y Pino Suárez. La joven democracia mexicana moría sin haber alcanzado la pubertad. No resurgiría de sus cenizas sino hasta finalizar el siglo XX.

Pero su semilla ya estaba sembrada. La sembró Madero con su valioso libro y con toda su trayectoria como político y revolucionario. En su polémico libro Breve his-toria de México, Vasconcelos, que en esas páginas escritas desde el resentimien-to trata  tan mal a la mayoría de nuestros héroes nacionales, escribe: “Y mientras toda una facción se cubría de oprobio, Francisco Madero entró limpio a la historia. Uno de los pocos en quien puede fundar su orgullo la raza mexicana”.

© Armando Alanís

 

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Y es que un interno de nuevo ingreso recibe al principio visitas continuas de sus parientes y amigos. Pero pronto las visitas se van espaciando, y al final los únicos visitantes son otros presos que ya obtuvieron su libertad.


 

Una mañana en el Reclusorio Oriente
Por Armando Alanís

La cárcel, por fuera

Desde el trolebús, tengo un primer atisbo del Reclusorio Oriente: una esquina de concreto, una torre de vigilancia. Bajo en la siguiente parada y atravieso el anillo periférico por el puente peatonal. Camino hasta la calle de Reforma y doblo a la izquierda. Es temprano, así es que decido caminar un poco.

Bajo el sol que se asoma desde un cielo sin nubes, el enorme rectángulo de concreto luce imponente, ominoso. Si uno no supiera lo que hay adentro, cuál es el servicio que esas instalaciones prestan a la comunidad, de todos modos la sensación que se experimentaría al mirar aquellos muros, tan sólidos, tan impenetrables, no sería nada agradable. A lo lejos, veo la silueta rojiza de un cerro de tezontle ya bastante cuchareado por la maquinaria pesada que no tardará en hacerlo desaparecer. Ese cerro se halla frente al plantel universitario al que estoy adscrito.
 
El movimiento en las calles aledañas al reclusorio comenzó esta mañana muy temprano. Me topo con una mujer que lleva a su niño al colegio y con un hombre de unos sesenta años, en short y camiseta, que trota por la vereda de cemento, todo sudoroso. Un ralo jardín de margaritas no contribuye a mejorar el aspecto exterior del reclusorio.
 
Tardo unos veinte minutos en dar la vuelta completa a la pesada mole. Frente a los muros grises, la vida sigue su curso. Hay casas, talleres mecánicos, vulcanizadoras, una tortillería, cocinas económicas, despachos de abogados. En un tianguis próximo a la puerta de la cárcel, venden tacos, quesadillas y gorditas; sacan copias fotostáticas; ofrecen libros de derecho penal y criminalística. Frente al tianguis, está un edificio: los Juzgados de Distrito de Procesos Federales en la ciudad.
 
Por un callejón, llego a los sanitarios públicos. Luego de orinar y lavarme las manos, almuerzo en Los Gemelos dos quesadillas de pollo acompañadas de un boing de guayaba. Luego, cruzo la calle y me dirijo resueltamente a la entrada del Reclusorio.

“El kilómetro”

Muestro la credencial que me acredita como profesor de la Universidad Autónoma de la Ciudad de México y me dejan pasar. Visto camisa con rayas rojas y blancas y pantalón de mezclilla. Los colores escogidos son importantes. No puedo ir de beige, porque los presos usan ropa de ese color. Ni de negro.
 
Camino hasta donde está uno de los guardias, sentado detrás de una mesita. Me anoto en el libro de registro y me dan una papeleta. Más adelante, otro oficial me catea y revisa mi portafolio. Pregunta si traigo celular. Le digo que no y me deja pasar. Los policías de la entrada no son ni amables ni hostiles; se limitan a hacer su trabajo, nada más.
 
Mi portafolio pasa por una banda y un detector similares a los que hay en los aeropuertos, y una mujer policía imprime un sello invisible en el dorso de mi mano derecha. 
 
El camino hacia donde están los presos es largo y laberíntico. Lo llaman “el kilómetro”. Otro policía recoge mi credencial y la papeleta, y me entrega un gafete de profesor universitario, que me cuelgo al cuello. Escalerasp—pasillo—escaleras—pasillo y la puerta al patio de la cárcel.
 
Los presos andan de un lado a otro. Avanzo por un pasillo, delimitado a ambos lados por mallas de alambre. Nadie se mete conmigo, nadie me molesta.  Un interno insiste en bolear mis zapatos. Siempre lo hace, lo mismo cuando llego que cuando salgo. Y siempre le digo, tan amablemente como puedo, que no, que llevo prisa. Me llega un vago pero inconfundible olor a mariguana. Sigo adelante.
 
Ahí está el patio, la cancha de basquetbol y, por fin, el centro escolar con su pequeña biblioteca. Entro al salón donde ya me esperan tres o cuatro estudiantes. Pronto llegarán los demás. En total, son dieciséis los que asisten a la clase de Creación Literaria. Pero algunos son de la carrera de Derecho, y toman esa clase como optativa.

La cárcel, por dentro

La UACM tiene un programa, llamado PESCER (Programa de Educación Superior para Centros de Readaptación Social del Distrito Federal), para llevar a la cárcel algunas de las carreras que ofrece. El semestre pasado, por primera vez tuve la oportunidad de impartir un curso en la Penitenciaría del Distrito Federal, en Santa Martha: Literatura Mundial Contemporánea. Empecé con un grupo de doce estudiantes, que pronto se redujo hasta que quedaron siete. Igual que en el Reclusorio Oriente, algunos eran de Derecho. Ésta última carrera atrae mucho a los presos, pues piensan que les permitirá conocer mejor su caso, estudiarlo y hasta defenderse a sí mismos.
 
Los estudiantes muestran un inusitado interés por las clases. A los profesores, nos tratan con el mayor respeto y cortesía. Saben que están ante la magnífica oportunidad de obtener, durante su reclusión, un título universitario y quieren aprovecharla. Ponen atención al profesor, participan con comentarios y preguntas. En la Penitenciaría, no era fácil que pudieran conseguir los libros que yo les encargaba—salvo alguno que estaba en la biblioteca—,así es que debía llevarles copias de algunos capítulos.
 
El primer texto que les dejé leer fue “La metamorfosis”, de Kafka. Recuerdo que veíamos cómo Gregorio Samsa, transformado en escarabajo, al principio habla y sus padres y hermana pueden entenderlo. Pero pronto su discurso se torna ininteligible; la metamorfosis o transformación ha tardado un poco en completarse.
 
Un preso de sesenta y cinco años de edad, comentó:
 
–Aquí la metamorfosis es muy rápida.
 
Y es que un interno de nuevo ingreso recibe al principio visitas continuas de sus parientes y amigos. Pero pronto las visitas se van espaciando, y al final los únicos visitantes son otros presos que ya obtuvieron su libertad.
 
Ese mismo interno, que después de trece años de reclusión estaba a punto de quedar en libertad, me contó una divertida anécdota sobre un compañero que andaba todo el día leyendo la Biblia, y que les decía a los demás:
 
—Yo soy el único que se va a ir al cielo. Ustedes  se van a condenar.
 
Y seguía paseando por el patio, con la Biblia abierta. Un día, el pesado libro se le resbaló de las manos, y se esparcieron por el suelo varias fotos de mujeres desnudas.
 

El lento paso de los años

Uno de los estudiantes de la licenciatura de Creación Literaria  me dio doscientos pesos para que le comprara un ejemplar del Ulises, la famosa novela de Joyce. Encontré una edición que costaba cerca de trescientos y se la llevé. Me pagó de inmediato la diferencia.
 
—¡Qué feliz me siento!—exclamó, hojeando su libro.
 
En las clases, tanto en la Penitenciaría como en el Reclusorio Oriente, no deja de sorprenderme el compromiso de los estudiantes con sus estudios. Anotan todo, lo mismo datos de autores y obras que las características que debe tener un haikú, un soneto o un cuento.  Al leer un haikú de Tablada o un poema de Sabines, he visto lágrimas en los ojos de varios de ellos. Cuando les pongo ejercicios, procuran escribir buenos poemas y cuentos, y no pocas veces lo consiguen.  Uno de ellos, escribió un cuento sobre un hombre que, al pasar su primer día en la cárcel, advirtió que esos muros ya los conocía: los había visto antes en sueños.
 
Algunos llevan diez o más años en la cárcel y no saben cuándo saldrán. La carrera que estudian es para ellos como una ventana a través de la cual pueden asomarse a otro mundo, sin duda más agradable que ése en el que viven.
 
La clase termina. Uno de los estudiantes me acompaña hasta la salida como medida de precaución. Nunca está de más. Me despido de él, recorro “el kilómetro” y unos minutos después estoy otra vez en la calle. Respiro hondo: no es cualquier cosa pasar tres horas en la cárcel, aun en calidad de profesor. 

© Armando Alanís
 


 
 
 

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Está manchado de sangre. Sangre todavía roja, como si no hubiera pasado mucho tiempo desde que fue derramada. 

 

Al rojo vivo
Por Armando Alanís

Es una especie de pantalón interior de manta, muy delgado, tanto así que no sería posible tocarlo con las manos, ni tan sólo rozarlo con la yema de los dedos, sin rasgarlo. 

Está manchado de sangre. Sangre todavía roja, como si no hubiera pasado mucho tiempo desde que fue derramada. Ahí está también el sombrero de palma que llevaba mi general esa mañana de abril, cuando lo mataron. Pueden percibirse, en la amplísima ala circular, dos limpios agujeros.
 
El primer lugar que visitamos es Cuautla. En una plaza del centro, está la estatua de Zapata y, debajo, se encuentran enterrados sus restos. Una paloma se ha posado significativamente en el sombrero de bronce del general. 

En Anenecuilco, nuestra segunda parada, está la casa donde nació, en ruinas: las paredes de adobe semidestruidas, sin techo. Recuerdo que apenas el viernes participé en un recorrido por la ruta de Zapata en el centro histórico de la Ciudad de México, invitado por mi amigo y tocayo Armando Ruiz Aguilar. Ahí conocí a Edgar Zapata, bisnieto del general, igualito a él, sólo que no tan moreno. Edgar es el director de la Fundación Zapata y Los Herederos de la Revolución. Con él iban, entre otros, un descendiente de Ramón Manzanares, teniente coronel de caballería del Estado Mayor de Zapata, y una descendiente del General Ignacio Maya, también del Estado Mayor. Visitamos el lugar donde se hospedó el general cuando estuvo en la Ciudad de México, en la calle Emiliano Zapata 107, a unas cuantas cuadras de Palacio Nacional; la posada está ahora convertida en una tlapalería donde se venden productos químicos y de limpieza. Conocimos también la cantina La Potosina, a donde llegaba mi general; ahí pedimos lagartijas, una bebida de color verde, muy refrescante. Le comenté a Edgar que se parecía mucho a su bisabuelo. Me contestó con una sonrisa: “Para que no digan que no.”
 
Antes de llegar al Cuartel General de Tlaltizapán, paso con mi mujer y mi hijo menor por San Juan Chinameca. Reza una placa: “En este lugar murió el Gral. Emiliano Zapata el 10 de abril de 1919.” El casco de la hacienda está en ruinas; se conserva, solitaria, la antigua entrada de cantera con su arco. En el vano, se yergue una estatua ecuestre del general. Monta el As de Oros, un caballo alazán que le regalara Guajardo, un día antes de los tristes acontecimientos.
 
Eran poco más de las dos de la tarde. Acompañado de su escolta, llegó puntual a la cita que tenía concertada esa mañana con La Muerte. Vestía de charro, como siempre. Saco negro, pantalón negro de paño con botonadura de plata, y encima de la cabeza el infaltable sombrero.
 
Pronto cambió el de Anenecuilco, cuando era muy joven y trabajaba la tierra en su pequeña propiedad, el pantalón de manta por el de paño, y luego de vender a buen precio una cosecha de sandías se compró la botonadura de plata. Elegante se veía  montado en su caballo. El pantalón siempre bien planchado, las botas relucientes. Muchas veces, traía un puro entre los labios resecos y una botella de coñac en la mano. Era bebedor fino. Erguido en su montura, sus ojos inquietos escudriñaban el horizonte. Ojos astutos, desconfiados.
 
Cuando en el Cuartel General vi aquella humilde prenda ensangrentada, pensé que sería de alguno de los hombres que lo acompañaban en la mañana fatal, pero no de él. “El gatillo de su carabina aún conserva la huella de sus dedos que dejaron pendientes los últimos disparos”, escribe el Prof. José Socorro Martínez.
 
Una mujer le advirtió:
 
–No, mi general, no vaya usté con ese tal Guajardo.
 
–Tú no sabes qué acuerdos tengo hechos con él–contestó el jefe del Ejército Libertador del Sur, y castigó al As de Oros con esas espuelas plateadas que no se quitaba ni para comer.
 
Fue recibido por tres toques de clarín y, en seguida, por las descargas asesinas. Así matan los cobardes: a traición. Todavía se aprecian las muescas de las balas en el dintel de la puerta de la hacienda, como esos dos orificios en el ala del que fuera su sombrero.
 
Uno pensaría que la sangre en el pantaloncito interior de tela está todavía fresca.
 
Fue apenas ayer cuando lo mataron. Su cadáver se halla todavía expuesto en la plaza de Cuautla. La gente, incrédula, mira el rostro abotagado, los ojos ciegos, cerrados para siempre. No lo creen, no quieren creerlo.
 
–Ése no es mi general, qué va a ser –dicen. 

© Armando Alanís

 

 

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Pero hay que decir que una ficción súbita no es un chiste ni una broma. Es algo mucho más serio. Por eso el humor que mejor conviene al súbitoficcionista es la ironía.

 

Cómo me convertí en súbitoficcionista (1)
Por Armando Alanís

Llevaba cinco años colaborando en el Semanario de cierto periódico de provincia, cuando un buen día me telefonearon para darme la noticia de que el suplemento sufriría una drástica transformación: sus doce páginas ya no estarían dedicadas por entero a la cultura –libros, cine, música, pintura…–, porque en adelante se incluirían reportajes y textos de análisis político y de interés general (que quién sabe cuál sea). En cuanto a la cultura, contaría sólo con cuatro paginitias, dos de las cuales las cubrirían colaboradores con muchos años de antigüedad en el periódico. En consecuencia, me pedían que les entregara textos breves, tan breves como me fuera posible, ya que de otro modo no podrían publicármelos.

Está bien, pensé, como quiero seguir colaborando con ustedes les voy a entregar cuentos. Serán tan cortos, que hasta podré darme el lujo de publicar dos o tres por número. No me latía escribir ensayos de media cuartilla. En cuanto a la poesía, había decidido abandonarla luego de algunos sonetos y décimas poco afortunados, donde pretendía imitar nada menos que a Quevedo y a Lope, dos de los tres grandes líricos del siglo XVII español.

Tampoco deseaba dedicarme, de manera sistemática, a la crítica litera-ria. Para eso, según Torri, es necesario ser un profesor falto de originalidad: “…como carecía por completo de ideas propias era muy estimado en sociedad y tenía ante sí un brillante porvenir en la crítica literaria”, escribe mi admirado paisano en “La humildad premiada”. Yo, en cambio, era un profesor al que de vez en cuando se le ocurría alguna idea original, viniera o no al caso. Por tanto, nada de dedicarme a la crítica.

El único género que me quedaba a la mano era el cuento. Pero hay cuentos muy largos, como “La metamorfosis”, de Kafka, o “La muerte de Iván Ilich”, de Tolstoi, ambos incluidos por Cortázar en la lista de sus cuentos predi-lectos. No, no podría escribir cuentos tan largos. Ni cuentos breves. Sólo cuen-tos muy, muy breves. Brevísimos, pues.

Me forjé un propósito: escribir historias completas con el mínimo de pa-labras posibles. No poemas en prosa ni viñetas ni estampas ni aforismos. Cuentos con  uno o más personajes, un argumento, un clímax y un desenlace. Cuentos o miniaturas narrativas con principio, desarrollo y final.

Recordé que el profesor norteamericano Philip Gerard dijo temeraria-mente a sus alumnos que cada gran libro puede ser resumido en una sola frase. Un alumno, de esos que se creen muy vivos, lo retó a que resumiera La Odisea en una sola frase. Gerard replicó al botepronto: “Guy comes home from work”, que podemos traducir así: “Un tipo regresa a casa del trabajo”. Pero el tan ingenioso como misógino de Gerard, advertimos, dejó fuera a Penélope. Corrijamos un poco su cuento, agregándole unas cuantas palabras más: “Un tipo regresa a casa del trabajo, mientras su mujer teje una frazada”. Ahí está: el poema épico de Homero transformado en una minificción, microrrelato, flash fiction o ficción súbita, como prefieran ustedes etiquetarlo.

Naturalmente, para dar con esas ideas originales de las que a veces soy capaz–nadie lo pensaría, conociéndome–, debía primero consultar lo hecho con el cuento brevísimo por otros autores que llegaron al mundo antes que yo. Para comenzar, releí Largueza del cuento corto chino, antología preparada por mi querido amigo, el poeta José Vicente Anaya, quien además se encargó de traducir los textos seleccionados. En sus páginas encontramos, por ejemplo, el cuento “El arte de matar dragones”, de Chuang Chou: un hombre gastó tres años y toda su fortuna para aprender el arte de cómo matar dragones. Se con-virtió en un verdadero experto, pero había tan pocos dragones que no encontró dónde practicar su arte.

Leyendo diamantes literarios como el anterior, comprendí que algunas de las principales herramientas de que dispone un súbitoficcionista–es un poco larga la palabreja, lo reconozco–son la brevedad extrema, la ironía y la sorpresa. En cuanto a la brevedad, conviene decir que en una buena ficción súbita no debe sobrar una sola palabra, pero, ojo, tampoco debe faltar. Una buena ficción súbita debe tener justo el número de palabras que requiere: ni una más, ni una menos.

En cuanto al humor, siempre lo agradece el lector. Pero hay que decir que una ficción súbita no es un chiste ni una broma. Es algo mucho más serio. Por eso el humor que mejor conviene al súbitoficcionista es la ironía. También la paradoja. Y el humor negro. Pero nunca el humor blanco, todo inocente y sosegado, que sólo hace reír a los lectores ingenuos.

De la sorpresa hay que decir que no debe ser forzada. Al lector no le gusta sentirse engañado, ni pensar que le tomaron el pelo. Mucho menos le agrada sentirse un estúpido, aunque lo sea. La sorpresa funciona si parece natural y precisa, como una camisa a la medida, y el tantas veces mencionado lector exclama: “Ese cuento debía terminar así y no de ninguna otra manera.” Se trata, en suma, de la vuelta de tuerca reveladora, relampagueante y contundente de la que hablaba Henry James.

Por supuesto, también acudí a la antología preparada por Edmundo Va-ladés, El libro de la imaginación, y a la que confeccionaron Borges y Bioy Casares, Cuentos breves y extraordinarios. Y releí a Torri y a Monterroso, al propio Borges y a su gran amigo Arreola, a Gómez de la Serna y a Georg C. Lichtenberg, a Charles Baudelaire y a Henry Michaux, a Campobello, a Helguera… y a Cortázar, autor de aquel cuento que todos recordamos, “Continuidad de los parques”, y más nos vale, porque puede muy bien suceder que el asesino esté en este momento justo a nuestras espaldas, con el puñal en alto. Tanto en la antología de Valadés como en la de los argentinos se incluyen fragmentos de novelas, ensayos y obras de teatro que, fuera de contexto, funcionan como cuentos autónomos a los que no les falta ni les sobra nada. Para inspirarnos, no todas nuestras lecturas tienen que ser de autores de cuentos cortísimos. Además de los libros de los grandes autores, hay otras publicaciones, menos conspicuas, que nos pueden ser de utilidad, como el Semanario de lo insólito, donde se refiere que el hombre más flaco del mundo se casó con la mujer más gorda. Él falleció en la noche de bodas, pero ella asegura que murió feliz. 

El cuento más corto, ya lo sabemos, no es el de Monterroso ni tampoco uno mío que circula por ahí, inundando las calles de sangre, sino uno de Gui-llermo Samperio. El título, si mal no recuerdo, es “Nada”, y en seguida se pre-senta al multicitado lector la hoja en blanco. Pueden concebirse varias versio-nes del mismo cuento, cambiándole el título. Se me ocurre uno que se titule “Abismo”, y luego la hoja en blanco, que produce vértigo a los escritores cuan-do no se nos ocurre nada que decir. Otro cuento muy corto, aunque no tanto como los anteriores, se titularía justamente “Cuento corto”, y el texto: “Érase un cuento corto”. Nada más.

Como ya empiezo a desvariar, aquí me detengo, para continuar con mis elucubraciones en torno a la ficción súbita en la próxima entrega.

© Armando Alanís

 

 

 

En una librería de la localidad, compramos un libro escrito por un periodista que consiguió entrevistar a tres de los asesinos de Este, treinta y siete años después de los acontecimientos. Un reportaje que parece una novela de realismo mágico.

Escribir una novela histórica (y 2)
Por Armando Alanís

El protagonista de nuestra novela, aunque provenga de la Historia, se convertirá en personaje de ficción que deberá parecerse a su modelo pero que, en esencia, será otro. Y lo mismo el argumento: habrá que hacer a la Historia los ajustes necesarios en beneficio de nuestra novela. ¿Hasta dónde es esto permitido? No es fácil contestar esta pregunta, pero lo fundamental es que nuestra historia –la de la novela– resulte verosímil. 

Una vez tomada la decisión de escribir una novela sobre Este, lo primero que deberemos hacer es, claro está, leer todo lo que podamos sobre tan controversial personaje. Nos zambullimos en las biografías más autorizadas, en las mejores novelas sobre el tema, en las bibliotecas, archivos, hemerotecas y en las librerías de viejo. Todo sirve, nada está de más. Eso sí, tenemos siempre presente que nosotros nos acercamos a la historia no con los ojos de un historiador, que no somos ni pretendemos llegar a ser, sino con los ojos de un novelista.

Los libros de historia nos refieren con detalle la cadena de sucesos reales: los antecedentes, el contexto, las batallas, las conspiraciones, las victorias y derrotas. Pero quizá no nos hablen mucho sobre la vida íntima del personaje elegido. Las novelas sí, hasta cierto punto, pero siendo Este un famoso mujeriego, poco hablan de sus amores. ¿Cómo Este conquistó a Esta? En nuestras pesquisas, a lo mejor encontramos por ahí una novela escrita por una nieta de nuestro personaje. Es un principio, pero como se trata también de ficción por más que las mujeres ahí consignadas efectivamente hayan existido, los detalles son en buena medida producto de la imaginación de la autora. Se vale, claro.

Esta fue la mujer más conocida de Este, y la más inteligente, según uno de los biógrafos de nuestro personaje. Dictó sus memorias, así es que hay que conseguirlas. Vamos a las librerías de viejo y no encontramos nada, hasta que se nos ocurre visitar una biblioteca especializada en San Ángel. ¡Ahí la tienen! Nos proporcionan un ejemplar fotocopiado del libro y, en la sala de lectura, en tres horas lo leemos completo. En una libreta, hemos ido anotando los datos más relevantes. Esta nos dice cómo y dónde conoció al que sería su marido, nos habla de la boda y de la luna de miel en la Ciudad de México. Dice que Este se mostraba muy tierno con ella y hasta le cantaba canciones, porque sabía tocar la guitarra y era muy entonado. Sobre sus relaciones sexuales, nada. Ahí tendremos que echar mano de nuestra imaginación.

Después de leer diversos libros, de ver películas y documentales, nos ponemos a escribir los primeros capítulos de la novela. Escribimos con muchas ganas, con fervor, llevados de la mano por nuestro creciente entusiasmo… hasta que, de pronto, nos detenemos. Pasan días, tal vez semanas, sin que podamos escribir ni una sola línea. Y una mañana, nos despertamos con un propósito bailando en nuestra cabeza: tenemos que ir a los lugares, cuando menos los más importantes, por donde Este anduvo. Y hacemos nuestro primer viaje.

El viaje de cinco días supera nuestras expectativas. Conocemos a expertos en Este –que nos proporcionan ejemplares de sus libros que no pueden conseguirse en la Ciudad de México; uno de ellos incluye entrevistas a contemporáneos de Este ya fallecidos–, y nos involucramos en una expedición a la cueva donde nuestro personaje estuvo oculto, herido en una rodilla, mientras sus enemigos lo buscaban para matarlo.

En una librería de la localidad, compramos un libro escrito por un periodista que consiguió entrevistar a tres de los asesinos de Este, treinta y siete años después de los acontecimientos. Un reportaje que parece una novela de realismo mágico.

Visitamos el museo donde vivió la viuda de nuestro personaje. Ahí está el auto, de principios del siglo pasado, donde iba Este la mañana en que fue asesinado. En la carrocería, todavía pueden apreciarse los agujeros producidos por las balas. A la mañana siguiente nos trasladamos en autobús, acompañados por una amiga poeta, a la ciudad en cuestión. Y llegamos al cruce de calles indicado. Estamos parados en el sitio exacto. Por allá venía el carro manejado por Este, y de aquí, de dos cuartos que ahora forman un museo, salieron los complotistas disparando sus rifles y pistolas.

Tendremos que hacer un segundo viaje al mismo estado del país, para conocer otros lugares donde Este estuvo, y un tercer viaje a su estado natal, para visitar la casa donde nació, y de donde salió para huir de los rurales e internarse en la sierra, y el lugar donde pasó los últimos tres años de su vida, una vez que dejó las armas para incorporarse a la vida civil.

Y mientras tanto hemos seguido adelante con nuestra novela, donde mezclamos la ficción con la realidad, la resplandeciente y aparatosa Realidad, que en este caso quién sabe cuál sea porque se multiplica en versiones tan diversas como contradictorias y, además, está preñada de leyenda.

© Armando Alanís

No nos tardamos ni dos segundos en contestar: hay un tipo o tipa de nuestra historia patria que nos interesa por encima de todos los demás, y es, por supuesto, Este. Más tarde tendremos tiempo de preguntarnos por qué diablos fue Este el personaje elegido.



Escribir una novela histórica (1)


Por Armando Alanís


Empecemos con una verdad de Perogrullo: escribir una novela histórica es tan difícil como escribir cualquier otra novela sobre el tema que sea.

Supongamos que nosotros nunca habíamos pensado seriamente en escribir una novela histórica. Ni siquiera nos tentaba la idea, porque nos parecía muy complicado eso de recrear una época que no nos tocó vivir. ¿Cómo eran entonces las cosas? ¿Cuáles eran las costumbres? ¿Cuál la moral prevaleciente, y cuáles las preocupaciones políticas? ¿Cómo se vestían? ¿Hasta dónde habían avanzado la tecnología y la ciencia? Si la época en la que nos interesa situar nuestra novela no es tan remota, cabe preguntarnos si ya se había inventado la luz eléctrica. ¿Ya? ¡Muy bien! Pero, ¿y el teléfono? ¿Había semáforos en las calles? Esas mismas calles, ¿estaban pavimentadas o aún eran de terracería? Si un hombre caía a un abismo por accidente o por empujón, ¿podía abrir el paracaídas o todavía no se había inventado?

El maestro Borges decía que la ventaja de situar nuestro relato en una época pasada es que nadie sabe exactamente cómo eran aquellos tiempos. Pero volvamos a nuestro asunto, porque gracias al genial escritor argentino corremos el peligro de desviarnos.

Sí, ya sabemos que en rigor toda novela es histórica, en el sentido de que se sitúa en algún momento de la historia de los hombres, así se trate del momento contemporáneo. Además, salvo excepciones, las novelas suelen contarse por mera convención en pretérito, como si la historia en cuestión ya hubiera ocurrido. De acuerdo, pero en estas líneas quiero referirme al género literario, muy en boga, que llamamos “novela histórica”: aquella con personajes ficticios pero con trasfondo histórico o aquella cuyo protagonista aparece citado en los libros de Historia, así, con mayúsculas. Nuestra novela puede tratar sobre Miguel Hidalgo o bien sobre Juanito, a quien le tocó en suerte vivir en el tiempo en que un cura de un pequeño pueblecito tocó la campana del templo para llamar a las armas a sus compatriotas.

Pero decíamos al principio que nosotros habíamos descartado a priori la posibilidad de escribir una de estas novelas basadas en personajes o en hechos más o menos lejanos en el tiempo… hasta esta mañana, cuando nos arreglábamos en nuestro cuarto para irnos a otra ardua jornada de trabajo en la institución educativa donde impartimos clases de literatura.

De pronto, quién sabe por qué, nos preguntamos para nuestro capote: en el hipotético caso de que nos decidiéramos a escribir una novela histórica, ¿cuál es el personaje o episodio de la historia de México –porque de los personajes o episodios de otros países, ni hablar– que más llama nuestra atención? No nos tardamos ni dos segundos en contestar: hay un tipo o tipa de nuestra historia patria que nos interesa por encima de todos los demás, y es, por supuesto, Este. Más tarde tendremos tiempo de preguntarnos por qué diablos fue Este el personaje elegido.

Estremecidos de entusiasmo y optimismo cómo cada vez que se nos ocurre una idea, así esa idea no sea precisamente muy brillante, ignoramos por ahora el berenjenal en el que nos estamos metiendo. Para empezar, sobre Este no sabemos más de lo que sabe cualquier mexicano de cultura media. Además, siendo Este un personaje tan atractivo y controversial, hay mucho material al que tendremos que hincarle el diente y del que, a la vez, deberemos apartarnos: no sólo libros de historia sino también novelas y películas… y hasta alguna obra de teatro.

Pero nuestra aventura –escribir una novela es siempre una aventura– apenas empieza y el espacio se nos acaba. Sólo adelantaremos dos observaciones, para desarrollarlas más adelante: cuando se concibe una posible novela histórica, antes de siquiera escribir la primera línea uno cree tener al personaje. ¡Y muy pronto descubrirá que no lo tiene! Cree, asimismo, tener el argumento. ¡Y tampoco! Debemos, como autores, crear un personaje e imaginar un argumento, porque lo que nosotros traemos en mente desde esta infortunada mañana es una novela, no un manual de historia.

Pero de ello hablaremos en nuestra segunda entrega. También hablaremos, y perdón por sonar tan académico yo que soy decididamente antiacadémico, de la investigación bibliográfica y de la investigación de campo, necesarias ambas para salir más o menos bien librados de nuestra peligrosa aventura.

© Armando Alanís 2009