5.
Cuento de nuevo:
¿cuántos granos de arena tiene esta orilla?
¿cuántos muertos recuerda esta tierra de nadie?
¿cuántos interminables días alcanza este verano?
ACUARELAS
II
Ensimismado barco encalló en nuestra arena.
Dormíamos.
Era noche profunda.
Roce fundamental o apenas
una sorda y gravísima sirena
inadvertida
por grillos y por perros.
Un lejano rumor
un sueño inquieto
una delgada luz nos fue llevando
hasta la playa
uno a uno
en silencio.
Quizá algunos susurros:
el chasquido paciente de las olas
en la quilla.
Dispersa multitud de solitarios
contemplamos
majestuoso edificio
disolverse
en la niebla:
amanecía.
ONCE AGAIN
(para Pancho Morales)
1.
Somos muchos
ciudad
los que te soportamos mansamente
día con día.
Muchos
los que sufrimos tu violencia
tu cántico nocturno de balas y sirenas.
Muchos
quienes tu nombre murmuramos
temerosamente:
demasiados
2.
Qué fue de la ciudad.
En qué rincón oscuro de la historia
se ocultaron los restos malheridos
de una infancia dichosa y errabunda.
En dónde la sutil cartografía
—sustancia de esos pasos peregrinos—
perdió la catadura de su trazo.
Aquí estamos
buscando
Andamos torpemente por lo alto.
Cuna de mis hermanos:
cómo, dime, ciudad, hacerte mía,
cómo recuperar mis muertos de tu polvo,
cómo recuperar estas calles que ya
no me conocen,
qué dirección tomar para encontrarme
con la inocencia breve que fui un día.
Mi silencio es el miedo,
la causa suficiente.
Vivo en un ciudad arrullada de noche
por ominosos cantos de sirenas.
Vivo un tiempo de plomo,
un estupor amargo y cenagoso.
La infame pestilencia del miedo y de la pólvora
se acuna en un jardín de infantes.
En la frontera de gases lacrimógenos,
a un niño lo golpean balas de goma en la mejilla.
En la universidad asaltan a una maestra en su oficina
y un extraño persigue a una asustada joven.
Hay alerta de bomba en la alcaldía.
Sitian los hospitales y las avenidas.
En el tejado de mi casa
dos grandes cuervos se mueren de la risa.
ME BASTABA CON VERTE (CANON)
Me bastaba con verte
la posesión de ti —fugaz— con la mirada
la reverberación de tu presencia
el rastro de tu olor azucarado.
Me bastaba con esto:
pasar frente a tu casa y saber que allí estabas
volver sobre mis pasos para mirar de nuevo
y de nuevo volver una vez más de nuevo
dejándote a mi sombra haciendo guardia
Me bastaba con verte
la posesión de ti —fugaz— con la mirada
TARDES
Cierras los ojos, canturreas dulcemente,
buscas mi corazón palpando entre los ecos.
Y cuando se deslizan
tus ropas, y aparece
el rostro de tu piel,
el brillo de tu sexo,
no hay otra luz para llenarme,
no hay otros ríos ignotos,
no hay otras lenguas, labios,
brazos multiplicados y ávidos
como alas de paloma.
Desnudos continuamos explorando la tarde:
tú, iluminando el suave
tacto que te recorre;
tú, iluminando la saliva de mi lengua animal
con el oro purísimo de tu sudor
mezclado con mi tiempo.
ESTUVIMOS HABLANDO
Estuvimos hablando hasta las tantas
de cosas y materias que el tiempo ha confundido.
La vida, por ejemplo, y la mirada
con que testimoniamos nuestra vida,
las versiones recíprocas de nuestra coincidencia.
A través de tus ojos examiné el transcurso
de esta vida que soy, este misterio,
esta duda feroz que sigo siendo.
A través de tus ojos, digo, y de otros prismas
(la refracción del vino, por ejemplo),
reconocí las sombras que me habitan.
Te odié y me odié por esto.
Odié cada minuto de mi agitada biografía.
Odié el puto derecho que tenemos
a vivir cada cual su circunstancia.
Odié el puto destino que nos ata,
para siempre jamás, el uno al otro:
claroscuro agridulce de la música,
cimiento de la imagen,
recurrencia que somos.
Y odié, lo reconozco, sobre todo,
la puta convicción que me conmina,
desde lo más profundo, a perdonarnos.
A perdonarnos, digo, a perdonarnos
cada refinamiento cruel de lo amoroso,
el hábito de espejo,
el cuerpo avergonzado,
el silencio.
FRUTAL
A tu cuerpo me acerco como a fruta madura.
Hundo mi aguda lengua entre sus dulces jugos.
Y lentamente danzo y dejo que se escurran
el gusto del azúcar,
la tierra iluminada,
el árbol de la fruta.
LOS ADIOSES
Otros darán las gracias estrechando tu mano,
se olvidarán el tono de tu voz y tus palabras,
el color de tu pelo,
la límpida blancura de tu risa.
Otros, pero no yo
—revelación tardía,
inconsútil promesa,
despedida profunda—,
que abordo mi aeroplano después del firme abrazo,
la frase en el oído,
el calor que te indaga.
Otros olvidarán tu nombre —si lo saben—,
la hondura de tus ojos,
la geografía nerviosa de tus brazos.
Otros, pero no yo, que te recuerdo
en el impuro tacto que motivas.
TONADAS DEL DESEMPLEO
(Tiro al blanco)
Y después de una vida de honroso agnosticismo
ahora lanzas cadenas a San Judas Tadeo
echas mano al bolsillo y tocas tu amuleto
usas el jabón mágico del pirul milagroso
te embebes en perfume “atrae-dinero”
prendes velas e inciensos
y repites hasta punto de nube
la misma frase hecha:
“Vas a encontrar trabajo bueno”
“Vas a encontrar trabajo bueno…”
TONADAS DEL DESEMPLEO
(Libertades)
Pero nos cortarán la luz
para recuperar las cenas a la luz de las velas
Pero nos cortarán el agua
y así nos beberemos mutuamente
Pero nos echará a la calle el terrible casero
se quedará los muebles
los gatos y los perros
para que sin cadenas respiremos el aire
y ningún techo estorbe el firmamento espléndido
ni la lluvia nos mire desde afuera
ni el sol del mediodía nos encuentre en la cama
Pero nos llegará una carta desde el buró de crédito
y andaremos descalzos por las calles
para que el frío nos lave los malos pensamientos
ALTA LUNA
Alta luna en la noche de Tijuana
oronda
gorda
descarada.
Presumida ciudad:
si la miras que baja para buscar mi esquina
si se acurruca
—leve—
bajo el alero de mi casa
si desciende hasta el mar
si se mete en mi cama y mete el pie en el agua
ciudad
no te acongojes
no quieras deslumbrarla
no me quieras quitar esta cuchilla que abre la noche en dos
que se desangra oronda
gorda
descarada
alta luna en la noche de Tijuana.
© Alfonso García Cortez