David A. Muñoz

PRESENCIA / Celebración Print E-mail
Written by David Alberto Muñoz (Phoenix, Arizona)   

 Tenemos un sentimiento muy patriota, algo que no puedo explicar.  Y sí, yo soy el primero en darme cuenta de las realidades de mi país…

  

Celebración
Un cuento
Por David Alberto Muñoz

—¿No entiendes lo qué está pasando?

—La mera verdad no.

—Mira Miguel, este año celebramos en México el bicentenario de la independencia y el centenario de la revolución mexicana.

—¿Y yo qué culpa tengo?

—¡No seas payaso Miguel!  Estoy hablando en serio.

—Pues yo también estoy hablando en serio.  Nada más mira las condiciones del país.  Todo jodido, matanzas por todos lados, secuestros, la cosa está fea ¿no?  A mí que no me echen la culpa de todos los males de la nación.

—¿Y nada más por eso vas a dejar de celebrar que pese a todos los problemas que tenemos, somos un país? Sí, con muchos defectos e injusticias pero al final de cuentas un país.  Todo el mundo conoce a los mexicanos.  No te has dado cuenta que en los Estados Unidos la comida mexicana ya es toda una institución. 

—¡Bonita cosa, la comida!

—Pues nuestra cultura se expresa de esa forma ¿o no?  Encuentras mexicanos por todas partes.  Y ahí puedes encontrar el corazón de nuestra tierra.

—Sí, pero nos conocen nada más porque somos unos desmadrosos que dónde quiera que vamos, echamos un desmadre que para que te cuento.

—Ese no es el punto Miguel.

—¿Cuál es el punto Emiliano?

—Pues son doscientos años de historia, de tradición, no crees que nos merecemos una celebración por lo menos.

—¡Ay Emiliano!  Pretextos sobran para echarse unos tequilas.  ¿Cómo está la condición del pueblo?  ¿Los abusos del poder?  ¿Los fraudes electorales?  Desde que te tengo uso de razón siempre ha sido lo mismo.  Pura retorica barata que ya ni ellos mismos se la creen.  Piensan que el pueblo somos una bola de pendejos que no nos damos cuenta de lo qué están haciendo.

—Mira Miguel, las cosas no estarán como nosotros quisiéramos, pero no me vas a decir que todos nos sentimos orgullosos de ser mexicanos.  Tenemos un sentimiento muy patriota, algo que no puedo explicar.  Y sí, yo soy el primero en darme cuenta de las realidades de mi país, pero oye, cuanta cultura no tenemos;  cada región del país se expresa en términos culturales, musicales, culinarios, somos un país que ha logrado llevar adelante un sinfín de manifestaciones de todo tipo, indígena, española, mestiza, mulata, y las hemos enlazado bajo una bandera que lleva en el centro un águila devorando una serpiente.

—¡Ya pareces funcionario del PRI bueno del PAN!

—Estoy hablando en serio.  Yo sé más que nadie que la tierra no es de quién la trabaja, que no se dan salarios justos al pueblo.  Sé que desperdiciamos millones de pesos en programas mamones que no sirven sino para mantener a un montón de burócratas, cuyo trabajo es justificar su salario.  Mi primo entre muchos otros.  Pero en este país cada quien se rasca con sus uñas.  ¿Qué otra cosa podemos hacer?  Si tienes la suerte de tener una chambita, pues cuídala porque a lo mejor al rato llega alguien y te la quita.  Por más que andes maldiciendo a medio mundo las cosas no cambian de la noche a la mañana.  Pero dime una cosa, ¿a poco no cuándo escuchas un mariachi tocando no te dan ganas de gritar viva México cabrones?  Me vas a decir que no sabes saborearte unos tacos de lengua, de cabeza o de carnitas?  ¿No sientes en tu ser gritar con ese alarido de alegría trágica donde te ríes en la cara de la misma muerte?  No, Miguel, yo no creo que el cura Hidalgo tuviese esa actitud en la mente cuando levantó al pueblo en armas.

—¿Y me vas a decir que Zapata sí?

—No quiero decir eso…

—Mira Emiliano, ¿cómo terminó la mentada guerra de independencia?  Con un abracito, bola de políticos pendejos.  ¿Qué pasó con los ideales de la independencia?  Lo qué la gente quería es lo mismo que quieren ahorita, la oportunidad de poder sostener a sus familias, recibir un salario justo, y que les permitan echarse sus tequilas los fines de semana.  Llegaron nada más otros desgraciados a imponerse, a tomar el poder.  Y cuando sucede la mentada revolución no se sabía quién contra quién.  Todos contra todos,  y al final de cuentas a todos los mataron.  ¿Para qué?  Para nada señor…para nada…las cosas están peor que antes.  ¿Para qué vamos a gastar millones y millones en una celebración cuando hay gente que se pudre en la pobreza?

—Pues a lo mejor tienes razón Miguel.  Pero eso no borra el gran cariño que todos sentimos por nuestra tierra.  Somos hijos del maíz, y lo qué nos une no es un sistema político, no es una ideología de izquierda o de derecha, no es el ver quien grita más fuerte o quien se queja con mayor veracidad.  Somos mexicanos por convicción, porque aunque el México en el cual muchos crecimos ya no exista, o la mejor nunca existió yo qué sé.  Lo importante es manifestar el gran orgullo que todos sentimos de ser mexicanos.

“Mexicanos al grito de guerra…
Si me han de matar mañana…
Que me maten de una vez…
Porque volver, volver, volver…
A tus brazos otra vez…”

“Aunque de mí ya te olvidaste…
Por eso ahora yo te seguiré esperando…
Yo sé bien que estoy afuera…
Pero sigo siendo el rey…
Al sonoro rugir del cañón”.
 
“Felicidades a mi tierra, al suelo que me vio nacer, sin intereses políticos, sociales, intelectuales o populares.  Simplemente: Viva México, y lo demás ya Dios dirá”.

Así hablaban Miguel Hidalgo y Costilla junto con Emiliano Zapata días antes de la gran celebración del Bicentenario en México.

© David Alberto Muñoz 

 

*** 

Lentamente, algo opuesto a la virtud de la fe se fue filtrando poco a poco en la vida cotidiana. 


 

Por aquello de las dudas

Un cuento

Por David Alberto Muñoz
 

—¿Se darán cuenta los humanos?  
 
—¿Quién sabe?  
 
—A veces son medio pendejos.  
 
—¿Son compadre?  Somos, dijo el otro.
 
—¿Sabías que esa palabra significa el pelo que nace en el pubis y en las ingles?
 
—Pues por ahí me dicen que un pendón es una persona de vida licenciosa.

—Bueno, pero eso es figurado, familiar ¿no?
 
—¿Yo qué sé?
 
—¿Crees que me van a creer?
 
—No sé.
 
Como si fuera una penitencia, Jorge abría una botella de tequila, mientras las horas pasaban deleitando los rostros de aquellos dos amigos enfrascados en una curiosa conversación.   El ambiente se asemejaba a un trío de antaño, tocando boleros en un restaurante del siglo XXI con voces pasivas, bien entonadas, deleitando a los clientes con palabras de amor preconcebidas, al igual que un niño atravesando una autopista estatal con rostro de duda. 
 
—¿Sabes?  Mi abuelita me decía: “Vinieron los sarracenos y nos molieron a palos, que Dios protege a los malos, cuando son más que los buenos”.
 
—Pues mi abuela  me decía: “Desde nuestro padre Adán hasta los santos varones, unos amasan el pan y otros se lo comen”.
 
Ambos sonrieron a gusto.  
 
—¿Federico?
 
—¿Dime?
 
—Ayúdale a Dios a darte, poniendo algo de tu parte.
 
—¡Ahí está el asunto!  Muchas veces no nos gusta cooperar con Dios, bueno, si es que crees en él.  ¿Y por qué digo él y no ella, o nada más “it”, como dicen los gringos?  Bueno, lo digo en sentido figurado, metafórico, pendejólogo.  Mira, a veces me cuesta mucho trabajo entender la pinche vida.  Es más, no la entiendo, tan sencillo así.  Los humanos vamos desde el Monte de la Trasfiguración hasta las profundidades del Seol, así como si nada.  Somos tan raros, tan odiosos, tan benevolentes, tan idiotas e inhumanos, somos considerados y desatentos, cuerdos y locos.
 
—¡Hay compadre! Es que a quien Dios ama, Dios lo llama, y a quien nada tiene, Dios lo mantiene.
 
—Estoy hablando en serio compadre.  ¿Dígame usted si no los más jodidos son los más creyentes?   ¿Por qué el más deshonesto es el más bendecido?

—No pues ahí ya me chingó compadre.  Yo qué voy a saber.  Mientras usted y yo estamos aquí poniéndonos un pedo a toda madre, el pobre de Ricardito necesita un trasplante de hígado.  ¿Qué gacho no?

—¡Eso es precisamente de lo que estoy hablando compadre!  La vida es muy injusta ¿no?
 
Después de elevar su copa con amistad ante su amigo, Jorge encendió un cigarro, disfrutando del humo canceroso que viajaba sutilmente por sus pulmones.
 
—¿Se darán cuenta los humanos?

—¿Quién sabe?
 
Todo de repente parecía ser trascendental.  Dios y los santos, el cielo y el infierno, los ángeles y las ánimas, curas y beatas, luciferes y monaguillos, el escenario se disfrazaba con curiosos trazos de un esquema jamás dibujado.  El único maquillaje discernidle era la profunda mirada humana, ese aroma que atraviesa los mismos linderos de la existencia, un absurdo total que lleva a muchos a despedazarse literalmente ante la realización de darse cuenta que en verdad estamos vivos.
 
—Todos ellos, han estado aquí compadre, rodeados de una atmósfera eclesiástica o de sacristía.  No quiero sonar como padre o como pastor pero usted me entiende ¿no?  ¡Chingada madre!
 
—Llevan un olor de incienso y de pecado.
 
—Sí, a veces de sana picardía.
 
—Al que anda con fe, Dios lo ve.
 
—Porque cuando Dios pone su mano, todo trabajo es liviano.
 
De repente, ambos se quedaron callados.  El silencio les hacía compañía.   
 
—A veces siento que tengo que decir algo.
 
—No compadre, déjese querer por el silencio.
 
—Compadre, si no tengo nada que decir, mejor me callo ¿no?

—¿Se darán cuenta los humanos?
 
—¿Quién sabe?
 
Lentamente, algo opuesto a la virtud de la fe se fue filtrando poco a poco en la vida cotidiana.
 
—A nadie le falta Dios trayendo su bastimento.

—A Dios rogando y con el mazo dando.
 
—El dinero y los santos hacen milagros.
 
—Pues si Dios no da, no me convencerá.
 
—Eso ya es interés compadre. 
 
—No compadre, ¿no se da cuenta?  Pero mire, por aquello de las cochinas dudas, mejor vamos a madrugar, porque al que madruga...
 
—¡Sí ya sé, no sea usted mamón!  Lo curioso es que todo parece una obra de teatro de lo absurdo.  Todo se repite, las mismas frases, los mismos reproches, las mismas miradas de resentimiento; todos estamos esperando algo, algo nuevo, novedoso, un evento que trasforme la misma vida humana.  Pero al final de cuentas nada… Nada cambia.  Todo es lo mismo debajo del sol compadre.  Es verdad… por aquello de las cochinas dudas, mejor vamos a ponernos a trabajar ¿no? 

—¿Se darán cuenta los humanos?
 
—Sí se dan cuenta, pero siempre piensan: por aquello de las dudas, mejor lo vamos a cambiar.
 
—Se hacen pendejos ¿verdad?  Claro, no vaya a ser el diablo.  Nada más por si acaso.
 
—Sí, por aquello de las cochinas dudas...y después ¿qué?
 
—No sé compadre, la mera verdad no sé.
 
—Mi abuelita me decía: Por aquello de las cochinas dudas...
 
Jorge y Federico permanecían ahí, viviendo, mientras las dudas simplemente continuaban... 
 
© David Alberto Muñoz

*** 
Poco a poco empezaron a llegar los protagonistas de este pleito que se lleva a cabo desde 1840.  Es un litigio cultural, de lenguaje, de tradiciones, podríamos decir de etnia…

 


Testimonio personal
Por David Alberto Muñoz

I

Phoenix, Arizona.- Me levanté temprano con la intención de estar presente en este día, en el cual, la ya famosa ley SB 1070 entraría en vigencia.  A pesar que ayer la jueza  Susan Bolton detuvo los puntos más controversiales de la misma, se oían rumores de manifestaciones que de una extraña manera se convirtieron en celebraciones dentro de lo qué es ya una guerra abierta entre la comunidad inmigrante y el estado de Arizona.

Acudí al Capitolio a eso de las 8 de la mañana.  Ya había gente presente que con música y gritos de desafío se enfrentaba valientemente a lo que muchos llaman simple y sencillamente: racismo. 

Sin embargo, no solamente el pueblo inmigrante estaba presente.  Había también opositores a la inmigración indocumentada.  Voces que al menos a mí se me figuran ser de antaño, con el deseo de regresar al viejo oeste donde todo mundo carga pistola y tiene el derecho de matarse sin la menor consecuencia.

Un individuo escondió el rostro cuando quise tomarle una foto. 

 El ambiente de carnaval no podía faltar, carritos de paletas, camisetas, collares, chicharrones, papitas y hasta tamales pude ver que eran vendidos desde temprano en la mañana mientras que la prensa internacional parecía despertar a su rutina diaria de reportar los sucesos que ocurrirían este 29 de julio del año 2010, en la ciudad de Phoenix, Arizona.

Poco a poco empezaron a llegar los protagonistas de este pleito que se lleva a cabo desde 1840.  Es un litigio cultural, de lenguaje, de tradiciones, podríamos decir de etnia, y tenemos que decirlo, de color de piel, quizás es un simple deseo de imponerse sobre un grupo de personas a las cuales no se consideran ser “iguales”.  No importa el por qué, siempre encontraremos una buena excusa para culpa al “otro”, al que consideramos ignorante, al que no sabe cómo trabajan las cosas en esta extraña nación que nos ha cobijado a miles y miles de nosotros, dándonos oportunidad de mejorar nuestra forma de vida pero a la misma vez, ha rechazando el crecimiento numérico al igual que los egipcios lo hicieron con el pueblo de Israel.

 



 

II


La policía no podía faltar, estaba presente.  Pensé en amigos míos que trabajan como salvaguardas de la seguridad pública.  El conflicto interno que se presenta ante la expectativa de pedir papeles a quién parezca sospechoso.  Pregunto: ¿Quién es sospechoso?  Y por más que se desee evitar la conclusión lógica de dicha pregunta descubrimos que todos aquellos que somos hijos del maíz hemos sido, somos y seremos sospechosos de atentar contra un país al cual amamos al igual que cualquier otro ciudadano.

Frente a mis ojos pude ver el principio de un largo dialogo entre dos culturas, entre dos puntos de vista completamente distintos.  Mujeres sosteniendo una pancarta que decía simplemente: No amnesty.  Debatiendo ante la prensa y ante la conversación de muchos sobre ¿cuál es la manera de resolver este problema? 

Conforme el tiempo trascurría, las voces iban creciendo. De ambos lados, de par en par, bajo la figura del Padre Kino quien parecía observar con rostro de desilusión.  Un joven nacido en el valle del sol discutía ardientemente con un americano alto, que simplemente le decía: “Go away.” A lo que el susodicho mancebo  respondía: “Aquí nací, aquí he vivido toda my vida.  Why do I need to go?”

III

Intenté acercarme a las oficinas del Sheriff Arpaio, porque escuchaba entre la gente que iban a realizar un acto de desobediencia civil.  Me dirigí en mi automóvil hacia el lugar.  No pude acercarme mucho, habían bloqueado las calles pero de lejos podía escuchar los gritos y ver a los granaderos policías listos para prevenir cualquier acto de violencia.

Fue un raro sentir.  No sentía peligro, la ciudad en términos generales goza de una tranquilidad tensa.  El sentimiento que pude palpar fue de estar en medio de una verdadera batalla militar.  La única diferencia es que en este caso no se dispararon balas, ni granadas, más bien se emiten palabras, oraciones disparadas por los labios de personas que las sacaron de su propio vientre con convicción, en ambos lados debemos de decir; esas frases que van desde el insulto hasta el argumento lógico pasando por la pura estupidez. 

Se le advirtió a la gente que si no se retiraba se le arrestaría.  Joe se miraba molesto.  Hubiese querido estar más cerca pero no me fue posible.  Tal vez los dioses me salvaron predisponiendo que no llegaría.

No había tanta gente.  Las marchas a las que he asistido he visto hasta 100,000 personas marchando.  En esta ocasión han de haber sido unas 500 almas, siendo conservador.  Pero tal vez el calor que adornaba la frente de todos los presentes colaba el temor que pude olfatear.  Un temor a lo desconocido proveniente de ambos combatientes.  Sin poder faltar, esos instantes cuando los seres humanos se la juegan pase lo que pase. 

IV

Regresé al Capitolio una vez que vi no iba poder entra esa malla de uniformados y patrullas.  Escuché por la radio que ya había arrestado a más de 10 personas.  Incluso a Alfredo Gutiérrez, activista y ex-candidato a la gobernatura hace ya algunos años.  Pensé en Salvador Reza y su gente, quizás debí de haber insistido más, los pensamientos volaba a miles de kilómetros por hora.

Antes de regresar a mi destino, manejé por las calles de Phoenix, fui a los lugares donde existía un gran número de población hispana para descubrir edificios vacíos, tumbas prefabricadas, resultado de esta ley que está ahuyentando a la gente que por muchos años ha trabajado ahora sí, con el sudor de su frente para lograr tener una mejor vida.

Casi con algo de coraje regresé al centro donde ya frente a banderas a media asta que adornaba el senado y la cámara de representantes estatal, la tensión ya no crecía, simplemente se mantenía ante la esperanza de ambos bandos  que elevaban al cielo sus plegarias.

La lluvia comenzó a caer de repente.  Fue como si alguien en el cielo abriera la llave y la dejara salir por varios minutos.  La gente corría, los carros manejaban más rápido, que novedad.  Al llegar finalmente al Capitolio más personas estaban presentes.  Los noticieros trasmitían desde CNN hasta Univisión pasando por NBC, CBS, TELEMUNDO y ABC, sin nombrar a un sin fin de estaciones locales, o de piojito, que entrevistaban a cualquiera que deseara decir algo.

Descubrí que esto es simplemente el principio.  La gobernadora ya apeló la decisión.  Los inmigrantes continúan organizándose.  Russell Pearce ahora sale en todos los noticieros nacionales.  El pueblo religioso presenta rezos por su gente.  En los salones de belleza continúan haciendo el pelo, así como si nada pasara.  Queriendo ignorar  lo sucedido el día de hoy.  Las panaderías mexicanas han disminuido su producción porque no hay mucha venta.  La policía sigue supervisando  el debate mientras continúan matando a oficiales en la ciudad de Chandler.  La prensa, se avalancha con todo su poder anhelando presentar el último escándalo para lograr mantener la curiosidad del ciudadano estadounidense,  para de esta forma,  lograr mostrar la “historia” siendo hecha.

El mayor descubriendo que tuve fue el hecho de que es el hispano quien está logrando su propio cambio.  No existe un líder nacional como lo tuvieron los afro-americanos.  El hispano ya está cansado de ser humillado, de ser ignorado por aquellos que controlan el poder.  Y anticipamos que esto llegará a la Suprema Corte de Justicia, y esperamos que de la misma manera que le ocurrió a otros grupos étnicos, nos ocurra a nosotros.

Es mi testimonio personal, de lo qué pasó el jueves 29 de julio del año 2010.

© Fotos y texto David Alberto Muñoz

 

***

 El museo de cera pretendía tener a Sylvester Stallone a la entrada, y por una mínima cuota de cinco dólares, podías tomarte la foto del recuerdo. 


  Hollywood
Por David Alberto Muñoz

Hollywood, California. - Casi intempestivamente salimos huyendo de una temperatura de más de 114 grados Fahrenheit rumbo a la capital del cine estadounidense. Empacamos algo ligero y nos montamos en mi carrito Honda de color negro que ya lleva más de 100,000 millas recorridas.  Poco a poco fuimos dejando atrás la capital del valle del sol, la controversia de la ley SB 1070, un calor de los mil demonios, con la única intención de romper la rutina antes de que principie el año escolar y nos atrape la chamba nuevamente.   

Viajar siempre ha sido una de mis adicciones desde que tengo uso de razón.  Desde chico recuerdo muy bien como mi padre nos llevaba en sus viajes de negocios y cómo mis hermanos y yo fuimos aprendices del vivir por medio de la observación y las curiosas experiencias que suceden cuando te adentras a territorios que no ves todos los días. 

Habíamos conseguido boletos para ver la filmación del show Lopez Tonigth, además, teníamos la necesidad de salir de la rutina, de respirar otros aires que no estuvieran tan calientes tanto en el sentido político como literal.

Con las facilidades que da la tecnología reservamos un hotel e imprimimos las direcciones que te da hoy en día Google Maps.  Hasta puedes ver fotos del lugar y mover la visión 360 grados.  ¡Increíble!  ¿Qué hacíamos antes de tener todas estas facilidades?

—Pues perderse compadre. ¡Qué otra cosa íbamos hacer!

Comparamos precios, googoolamos el lugar donde se tendría la filmación, se nos recomendó restaurantes donde pudiéramos comer, planeamos nuestro itinerario muy a la siglo XXI, ya totalmente aculturados al 100% al mundo estadounidense. Tomamos nuestros pasaportes porque Dios guarde, nos detienen y como estamos medio prietitos podríamos ser deportados.  Cosa curiosa, dentro de un país que dice ser libre, una nación que garantiza el movimiento de sus ciudadanos sin tener la necesidad de traer una identificación que compruebe la “legalidad” de la persona.  Pero con eso de que el estado donde vivo desea regresar al viejo oeste, donde todos cargan pistola y existe un sheriff que es el más desgraciado en todo el país y pues como él mismo dice: I’m only doing what the law says.

II

Con todas estas expectativas viajamos atravesando la línea estatal donde nos preguntaron si traíamos vegetales, cuestión a la cual simplemente respondí:

—Nada más la lechuga del sándwich que me acabo de comer.

El paisaje cambió poco a poco, de ver desierto pasamos a mirar montañas, bosques que literalmente se encuentran en el centro de la ciudad de Los Ángeles.  Pronto me di cuenta que estaba en otro territorio, otra dinámica es la que reina por estos rumbos.  Pudimos ver gente de todo el mundo, escuché más de cinco idiomas siendo hablados, gente güera, morena, asiática, de todos colores y de todos los sabores.  Toda el área que compone la ciudad de LA es toda una urbe, lugar donde  el dinero se huele a millas de distancia, Hollywood en particular, donde caminamos por el susodicho Sunset Boulevard, vimos las estrellas de Michael Jackson, Tito Puente y Jimi Hendrix, en el Hollywood Walk of Fame, cientos de vendedores nos presentaban el mejor Tour de la ciudad, un montón de lugares para tatuarse, bares alternativos, table dance, costosos restaurantes que te cuestan un brazo y una pierna, una iglesia de Cienciología junto a una tienda donde anuncian los libros de L. Ron  Hubbard y un individuo con cara de misionero bautista del sur me preguntaba si habíamos tomado el examen de nuestra personalidad.

Además, visitamos los estudios Universal donde nos convertimos en niños chiquitos nuevamente para disfrutar de raites con temas de películas.  Vimos filmes en tercera dimensión con efectos donde sientes las arañas que caen sobre tu cabeza y caminan sobre tus pies, donde estornudan y sientes húmedo tu rostro, y si hay una explosión tu asiento se mueve literalmente.

 A paso veloz caminábamos antes de que se nos fuera a escapar la oportunidad de disfrutar unos días alejados de la rutina y el vivir diario.  Líneas inmensas que nunca terminaban, muchachitos trabajando durante el verano para hacer un dinerito e irse a pasear con los amigos o la novia, actores con el sueño de hacerla a la grande y músicos laborando para tener que comer durante la hora de la cena.  Y por supuesto, no pueden faltar los compas que lo único que hacen es trabajar, trabajar y trabajar.  ¿Qué haría el sistema si todos mis compatriotas de pronto desparecen dejando una gran cantidad de trabajos vacantes?   

—¡Nos lleva la chiquita!

III

Llegando ya a Warner Studios, la gente mostraba expectación.   En su mayoría chicanos, algunos gringos y bastante raza.  Todos tomándose fotos mostrando el boleto de admisión.  Nos organizaron por números y después de cierto tiempo sentíamos el frío del aire acondicionado que existe en todos los estudios de grabación.  Detrás del estudio, apareció lo que parecía ser un bar con publicidad de Miller Lite, cuestión que nos hizo a más de dos volar la imaginación y pensar que a lo mejor iba haber party.  Tuvimos la fortuna de que nos sentaran en la cuarta fila a mi familia y a mí.  Y casi inesperadamente una vez que se nos dieron las indicaciones de cómo comportarse ante las cámaras la estrella del show salió para ser aplaudido con mucha euforia.

Pudimos ver la presión que existe en el mundo de la televisión profesional, los universos existentes, los técnicos, los músicos, los egos de los invitados que de pronto se molestaban porque algo no salió como ellos lo esperaban, el público intentando salir en cámara, riéndose a más no poder,  George López repitiendo partes de su  monologo porque cometió errores y haciendo chistes de tomadera que enardecían al público. 

No permitieron meter cámaras.  No pude tomar fotos, simplemente todo quedo grabado en mi cerebro en espera de ser guardado en el disco duro de mis recuerdos.

Por alrededor de una hora y media entramos en un mundo inexistente, en un cosmos de fantasía donde la realidad desparece para crear lo que vemos por la pantalla de televisión.  Es quizás la cueva de Platón durante el siglo XXI, nos enajena, nos divierte y nos educa, si es que tenemos la capacidad de no  perdernos detrás de su sutileza, sus risas, su control que nos obliga a reaccionar solamente de una manera, de la forma en la que la televisión desea que tengamos.  El pensamiento humano se puede  extraviar  en la sedentaria posición de simplemente ver la televisión.  No obstante, produce un raro placer que no podemos negar aunque deseamos actuar muy dignamente, con conciencia de acción y pretendiendo ser muy intelectuales alzando el rostro con ojos de juicio.

IV

Salimos de aquel lugar con una sonrisa en los labios.  Manejamos por toda la ciudad de Hollywood observando la vida diaria de muchos de sus habitantes.  Nos perdimos y no sabíamos como llegar a nuestro hotel.  Atravesamos por el cementerio Forrest Lawn, un muy bien cuidado lugar donde reposan los cuerpos de miles y miles de personas que vivieron mas ya no están.  Todo sea por los que nos quedamos.  La ciudad alumbraba nuestro camino.  Grandes edificios se secreteaban unos con otros.  Los mentados homeless adornaban la ciudad como toda una reina.  Las prostitutas ya caminaban por Sunset Boulevard a las seis de la tarde.  La gente talona intentaba captar la atención gritando a garganta abierta, los turistas caminaban en grupo para no sentirse agredidos, actores fracasados trabajaban de meseros aguardando una última oportunidad.  El Kodak Theater permitían que todos tomáramos fotos e imagináramos lo que sucede durante una entrega de los Oscares.   El museo de cera pretendía tener a Sylvester Stallone a la entrada, y por una mínima cuota de cinco dólares, podías tomarte la foto del recuerdo.  Marilyn Monroe esculpida más adelante mostraba sus pechos permitiendo que cualquiera se acercara para hacer lo que quisiera mientras la policía local patrullaba en silencio la ciudad entera.

Así, con cierta nostalgia sombría dejamos la ciudad de Hollywood para regresar a nuestra realidad de desierto donde mucha gente todavía le está echando la culpa a los indocumentados por todos sus problemas mientras las grandes urbes contemporáneas continúan viviendo, existiendo y creando instantes del complejo existir humano.

Sea lo que sea, no la pasamos a toda madre.

© David Alberto Muñoz

*** 

Fumó con la mirada perdida.  Intentado descubrir dónde estaba.  La calle frente a él era amplia.  Los ruidos habituales de toda mañana estaban presentes. 

Mañana extraña
Por David Alberto Muñoz

Despertó por la mañana sintiéndose raro.  Hacía frío.  Su memoria no le respondía al igual que siempre.  Estaba lenta.  Su cerebro funcionaba a media capacidad.  Poco a poco su visión iba encontrando objetos que se le hacían familiares, su pluma fuente que tanto le gustaba, sus lentes para leer que cuidadosamente adornaban el buro junto a su cama, la foto de su hija graduándose de la universidad, dos cigarros en espera de ser encendidos, una botella de ron que se habían casi terminado, y la mirada de juicio de su gato, que parecía echarle en cara que no lo hubiese alimentado todavía.

Se levantó lentamente.  Con la pesadez de un dolor de hígado y la conciencia opacada de una noche de juerga, Félix Hernández Torres sacudía su ser con la intención de poder despertarse de un largo letargo.   Tomó uno de los cigarros, se tentó el cuerpo como los fumadores lo hacen para ver si tenía lumbre.  Camino rumbo a la sala.  El aire estaba encerrado.  Un olor a caño se desprendía fuertemente detrás del refrigerador color negro que ocupaba gran parte de la cocina.  Sobre una pequeña mesa de plástico logró ver una cajetilla de cerillos.  Respiró con alivio para después encender el cigarro y abrir las ventanas para dejar salir ese aroma a mierda que casi no pudo aguantar.

Fumó con la mirada perdida.  Intentado descubrir dónde estaba.  La calle frente a él era amplia.  Los ruidos habituales de toda mañana estaban presentes.  Mujeres lavando las entradas de sus casas.  Niños con sus mochilas y uniformes yendo a la escuela.  Comadres chismosas hablando de medio mundo.  Perros callejeros buscando comida.  Gritos de pájaros que descansando en los cables de la luz se burlaban de los humanos con cierta saña.

—¿Qué chingaos pasó anoche? —se preguntó así mismo con voz partida.

—¡Buenos días Don Félix!  ¿Cómo le amanece? —era una mujer de aproximadamente 40 años de edad, con cuerpo sensual y sonrisa abierta.  Vestía elegantemente.  Félix interpretó que iba a trabajar. 

“Ha de ser una de esas viejas modernas que trabajan pa sostener al marido”.  Pensó.  No sin antes preguntarse: “¿Cómo es que me conoce esa pinchi vieja?”

—¿Amaneció crudo Don Félix?   Tenga cuidado, ¿por qué no se cuida?  Anoche traían un escándalo que por poco y le hablamos a la policía.  Pero ya usted sabe cómo son los chotas.  Mi hijo trató de ver qué pasaba pero nadie le abrió.  ¿Está usted bien?

Recordó de pronto quién era esa mujer que le hablaba con tanta familiaridad.  Se llamaba Julieta Valdés, había llegado a la vecindad hace unos cinco o seis meses sólo Dios sabe de dónde.  No le conocían hombre, sólo un muchacho de 20 o 22 años, igualito a ella que no dejaba duda, era su hijo.  Trabajaba en una oficina de abogados en el centro de la ciudad  y todos los días pasaba frente a la casa de Don Félix rumbo a tomar su camión.

—Usted tan guapa como siempre Julietita—hablaba Félix ya entrando más en su realidad.

—Déjese de piropos y vaya a ver a quién metió usted anoche en su casa.  No le hayan robado Don Félix, con eso de que usted toma y se olvida de todo.  Cualquier cosa mi hijo está en la casa.  Que tenga buen día.

Félix Hernández miró como la mujer se alejaba.  Coqueteando con el aire, provocando las miradas de juicio de todos en el barrio.

—En esta colonia todavía tenemos principios.  Ya sé que la hija de Don Félix fue a la universidad y anda con esa cosa del mentado feminismo pero una mujer debe estar en su casa, ¿o no? 

—Mire señorita Valdés, en este barrio somos gente humilde pero honrada.  Esperamos que no vaya usted a traer hombres a su casa porque todo el mundo va andar hablando mal de usted. 

La Valdés les preguntaba si era ilegal acostarse con un hombre.  Cuestión a la cual le respondían que era necesario de acuerdo con la Santa Iglesia Católica estar matrimoniado para poder cumplir con el deber de cama.

—¡Ay Doña Lupe! ¿Deber?  Entonces usted se acuesta con su marido por deber no por amor ¿Sí? ¿Y qué me dice del placer? ¡Qué tenga buen día!—respondía la Julieta Valdés

Don Félix escuchó unos pasos tras sus espaldas.  Volteó súbitamente para mirar a una mujer desnuda, algo joven, de pelo lacio hasta los hombros, piel blanca.  Tenía pecas en casi todo el cuerpo.  Sus senos eran pequeños.  A Félix se le figuraron ser dos peras.  Sus ojos semi despiertos lo miraban con cierta desfachatez.  Tenía los dientes amarillos.  Sus labios estaban partidos y tenía una cicatriz en el lado derecho de su rostro.  

Ambos se observaron. 

Estuvieron así por algún tiempo.  Más que de costumbre.  Esos instantes entre el pasado y el futuro, esos segundos donde desea la persona detenerse y permanecer ahí para siempre, o quizás, olvidar el momento antes de que pase.  Félix intentaba recordar, y ella, esperando reacción ante lo desconocido.  Ninguno de los dos deseaba que el tiempo continuase. 

—Ya no te acuerdas desgraciado—habló finalmente la mujer con voz de experiencia.

Félix se levantó con cierto cuidado sin dejar de mirarla directamente a los ojos.  Por más que trataba no lograba recordar qué había sucedido la noche anterior.  Estaba en su casa de eso no había duda y además, no era la primera vez que metía mujeres en su cama pero a ésta, no la recordaba.

—¡Ésta tiene su nombre cabrón!

—¡Ya estuvo suave pinchi vieja mamona!  ¿Qué chingados quieres?

—¿De veras no te acuerdas?

—¡Me acuerdo que nos pusimos un pedo a toda madre y punto!

La mujer despareció brevemente, fue a la recamara  a ponerse su ropa, unos pantalones jeans demacrados y una blusa al estilo hippie, sicodélica, de muchos colores.  Tomó del buro el segundo cigarro que aguardaba ejecución, y regresó pidiéndole a Feliz el suyo para poder acompañarlo y fumar juntos.

—Está bonita tu casa.

—A la orden.

El Félix la miraba detenidamente y el único recuerdo que tenía era su cuerpo desnudo frente a él.

—Estás bien buena mamacita.

—Ustedes los hombres hasta estando muertos van a querer coger.  ¿Para qué?, para a la hora de la hora… nada.

—¿Qué pasó mi reina?  Si no le cumplí anoche, ahorita le cumplo verda de Dios.

—¿Ya no hay trago? —preguntó intentando continuar la obra.

—Creo que queda un poquito de ron, ahorita te lo traigo.  ¿Cómo dijiste que te llamabas?

—Maricela.

—Así se llama mi hija.  Acaba de graduarse de la universidad.  Está chula la condenada.  Ya andan más de tres zopilotes detrás de ella.  Mira, esta es su foto.

Le mostró la foto que estaba en el buro y le sirvió el último trago para después sentarse a platicar con ella como platicar con un viejo amigo.

—Mi vieja a me dejó hace ya muchos años.  Siempre he sido un desmadre.  ¿Cómo dice el poeta?  Que uno es el mismo arquitecto de su destino.  Yo sé que no es fácil aguantarme.  Pero una cosa sí te digo, esta muchachita es lo mejor que he hecho en toda mi vida.  Su madre era una buena mujer pero yo la regué.  Y ya sé que ahora de nada me sirve reconocerlo pero a veces somos muy tercos nosotros los hombres, y ustedes las mujeres tampoco se quedan atrás…la última vez que estuve con ella nos pusimos hasta las manitas, y lo que sentí jamás lo he vuelto a sentir con nadie…verda de Dios…por eso siempre ando buscando reproducir con alguna de ustedes esto que es como una obra de teatro que de alguna manera me dé un poco de tranquilidad, calma, felicidad… ¿Sí me entiendes?  ¿Tú crees que eso exista o es puro pedo?  ¡Chingada madre!  Te debo dinero ¿verdad?  Ahí te lo pagó mañana o el martes si Dios quiere.

De pronto sonó el teléfono.  Félix se asustó.  La mujer simplemente sonrió.  El Hernández Torres caminó y levantó la bocina del aparato.

—¿Bueno?

—¿Félix?

—Sí, ¿quién habla?

—No te hagas pendejo.  Paso en media hora por ti—y colgó la bocina.

—¡Pero que chingaos se traen hijos de su pinchi puta madre! 

La joven mujer lo observaba con cierta misericordia.  Félix tenía la tendencia a emborracharse de más, y no era la primera vez que no recordaba los sucesos de la noche anterior, pero en esta ocasión, todo le parecía ser un cuento mal escrito de humor negro o de terror o algo similar.

—¿De veras que no te acuerdas de nada Félix?

—¿Acordarme de qué? 

—Llegaste a eso de la once la noche al table.  Ya ibas bien pedo.  Hiciste un escándalo como siempre y querías llevarte a todo el burdel para tu casa.  Pediste tres botellas de ron y exigiste que te trajeran a tres mujeres.  A eso de la una y media de la noche yo fui la seleccionada.  Pero la condición era que viniera con nosotros el Flaco, para cuidarme que no me pasara nada.  Al principio pareció no importarte tanto.  Pero ya que estábamos aquí empezaste a gritar, a mentarle la madre a medio mundo y me golpeaste a mí e incluso me cortaste la cara, mira.

Le mostro la cicatriz que tenía en su cara.

—El Flaco tuvo que entrar porque te estabas poniendo ya muy terco.  Se agarraron a trancazos y tú usabas ese pinche cuchillo con el cual me habías rasgado la cara como deseando hacerme desaparecer.   Era como si hiriéndome, lograrías borrar mi imagen de tu ser.  Después de un rato el Flaco te metió el cuchillo por el vientre.

Félix de inmediato se dio cuenta que toda su camiseta estaba manchada de sangre.  Sintió que no respiraba.  El pánico tomó control de él.  La mujer simplemente sentada con la pierna cruzada terminaba de fumar el cigarro.

Tocaron a la puerta.

—¡Don Félix!  ¿Está usted bien? —era la voz de Julieta—Hay que forzar la puerta hijo.  Ya es demasiado.  ¿Cuántos días?  Además ese olor tan horrible.  Doña Lupe háblale a la policía por favor.  Esto está muy raro—finalmente lograron abrir la puerta.

—¡Sangre de Cristo!

Tendido en media sala estaba el cuerpo de Don Félix, yacía con los ojos abiertos y ya sin espíritu.  Estaba cubierto de sangre, y junto a él una nota que decía:

“Todavía nos debes mil pesos por lo de anoche.  ¡Cabrón!”

La Valdés lo vio con lástima.  Pobre hombre, murió solo, sin su mujer, ¡pero qué idiota!  Siempre se lo dije pero nunca escuchó. 

© David Alberto Muñoz
 
 

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Look, I am an American citizen.  I love the USA.  But what I can I say when I see laws like SB 1070! 

35 years
By David Alberto Muñoz

I have been living in the United State for over 35 years.  More than half of my life I have spent in this land that somehow has become my own.  I went to High School and college in this nation.  I went to the Promp and have celebrated many Independence days with family and friends.  I got married and had my daughter in this soil that has provided a rare sense of security within me.  I have struggled. I have been without a job and I have seen the best of times in this strange conglomerate of identities that have forced me to search for who I am.

I was born in Mexico; I came at the age of 15 into the USA.  I came with all the complexes that any Mexican can have.  I didn’t speak but two words of English: “Hi” and “hamburger.”   It took me a long time to feel welcome in a place where people used to look at me differently because I was brown and not white.  I never thought about the color of my skin until I entered the United States.  It didn’t matter to me.  I was how I was period.  Yet, all of the sudden I felt the need to justify my presence in an intricate equation where the results did not favor me.

People were different.  I could not communicate.  I felt outside a system that wanted to use me and yet it preferred to ignore me.

“What did I do wrong?”

“You need to control your emotions.”

“What emotions?”

“We can get in trouble if people see you doing that.”

“Doing what?” 

It took me a long time to finally enter into main stream society.  I learned the language which is another thing they make a big deal in “America.”  You don’t mispronounce a word because that can mean you are a “stupid person.”  I always wondered:

“If I speak more than one language does it really mater if I have an accent?” 

They used to look at me like a cute accessory, a fine decoration piece that will show the world I was here to prove they were not racist. 

“Look at them!”

“Look at me!”

“We are all living in peace.”

After all this time I have become more American than an apple pie.  I respect the sacrifice the military makes.  I have become very legalistic.  Now I wait in line.  I get frustrated when I go to a Mexican place and my compas get ahead of me in line.  Now I believe in fairness and justice.  I get up on Saturdays and go shopping with my wife for a new washer and food for the cats.  I work Monday to Friday and I expect to be free on weekends.  I have car insurance, home insurance, fire insurance and maybe even insurance for my pets. 

This nation has provided me with opportunities I could not have imaged and yet, it also has frustrated me with its insensitive legality that ignores the moral discourse that has become a two way street.

Look, I am an American citizen.  I love the USA.  But what I can I say when I see laws like SB 1070!  Now the way I look it matters.  If I don’t shave and decided I don’t want to shower I will look like an illegal!!!  And it doesn’t’ matter if I have a Higher Education.  It doesn’t matter if I teach in a community college.  All that matters is that I look like someone who doesn’t belong in this nation even tough I have lived in here for more than 35 years. 

Who is to decide I do or I don’t belong?

My daughter is volunteering in a home for older people.  The other day one of the ladies refused to be taken by my daughter.  Why?  Because she was a Mexican!  Why?  Because she was a Mexican!

I don’t believe this is fair. 

We are living in the 21st century.  We need to learn to move on.  We need to appreciate the good out of every culture.  And I want to make no mistake about it:  I do love the USA but I am also proud to be a Mexican.

Life goes on, time continues to move on.  Could we leave the hate behind?  Could be attempt to understand one another?  Could we be so brave to get outside the box?

I do hope so, I do hope so, otherwise, hell is going to break loose.

© David Alberto Muñoz


 

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También hay árbitros que a veces se pasan, se sienten prepotentes, amos y señores del universo sólo porque tienen un pito en la boca, con albur ...

 

Foto exclusiva Peregrinos y sus letras

Cada cuatro años

Por David Alberto Muñoz 

Sucede cada cuatro años.  Es una fiebre que controla casi a todo el mundo.  Una pasión que se siente aunque muchos deseen ignorarla.  No puede faltar el sangrón que solamente critica una realidad encavada dentro de la cueva de Platón, que desafortunadamente sabe qué hay fuera y aunque lo intenta no logra escaparse. 

El mundo parece cambiar.  Todo se detiene, naciones enteras paralizan sus actividades.  Hasta los narcos dejan de pelearse unos con otros, y por lo menos durante 90 minutos no matan a nadie, al contrario, ellos fueron los que asistieron a cada uno de los partidos en Sudáfrica, y es posible les hayan pagado el costo a todos esos compas que se van así nada más, a la Borras, sin medir las consecuencias, para quedarse eventualmente en un país totalmente ajeno, de ilegales, buscando chamba y maldiciendo a medio mundo.

El fútbol une.  Te das cuenta de ello cuando te descubres a ti mismo en un bar a las once de la mañana, gritando como loco, abrazando a un extraño, festejando que una pelota haya traspasado tres marcos para caer en una red, ante el grito de euforia de millones de personas que en ese preciso instante gritan: ¡GOL!

Es como emborracharse, o fumar mota, o darte un pase, o correr más de tres kilómetros, o saltar desde un aeroplano en paracaídas, o el sentirse enamorado, el recibir tu diploma de profesional, o la primera vez que lo hiciste, un raro y curioso placer es el que envuelve al fanático del fútbol. 

Luego vienen las mentadas consecuencias.  Si perdimos, culpamos a todo mundo, desde el técnico hasta el pobre Bofo que tuvo la fortuna de no hacer absolutamente nada para su país.  Y nos encanta embarrárselo en la cara. 

—El gol que le metió Argentina hace un chingonal de años en el estadio Azteca al tricolor, fue porque hoy el pinche Bofo jugó.  ¡Me vale madre!

Es la forma de no sentirnos menos, o culpables, ¿de qué?  Sólo Dios sabe.  

También hay árbitros que a veces se pasan, se sienten prepotentes, amos y señores del universo sólo porque tienen un pito en la boca, con albur, y ya se me figura un síndrome freudiano cuando nos ponemos a pensar, un montón de hombres en shorts detrás de una pelota, ante hermosas damas que con la cara pintada sonríen y elevan banderas, moviendo sus pechos de arriba a abajo, ante las miradas de todos, mientras la peda crece y crece, y en TV Azteca nada más se la pasan criticando al equipo nacional,  mientras el Pelón Bermúdez le pone crema a su narración, y la Torre de Jalisco escucha los lloriqueos del Profe, y todo un país está mirando un juego de fútbol donde nada importa más que el sentir que nos dice:

—Si no podemos tener trabajos, justicia y valor, por lo menos queremos que gane nuestra selección.

Los comunistas hacen consciencia del control de los medios de comunicación.  Los capitalistas enseñan como explotar la materia.  Los religiosos  se entercan en su discurso de salvación.  Los intelectuales presentan propuestas de cambio e inteligencia.  Los borrachos se empedan más.  Las amas de casa prohíben el vicio en sus salas.  Los jóvenes calenturientos buscan donde agasajarse.  Los amargados quieren amargar a medio mundo.  Los eróticos se encueran ganemos o perdamos.  Los conocedores de fútbol hacen análisis de lo sucedido.  Los oportunistas dicen una frase célebre para ser recordados.  Los actores actúan, los bailarines bailan, los pintores pintan y los escritores se callan.

Al final de cuentas, es un desmadre que nos hace tener conciencia de la gran diferencia existente en nuestro planeta pero a la misma vez, nos hace percatarnos de la gran similitud que compartimos. 

Somos humanos, vivimos, existimos, deseamos, lloramos, fracasamos, logramos, sentimos, experimentamos.

A mí me encanta la fiebre de un mundial.  No importa si ganamos o perdemos, aunque si soy sincero me gustaría que México ganara más, pero al final de cuentas, es simplemente el vivir los 90 minutos  de una cascarita que se puso muy buena, de la cual hablaremos veinte años después, y recordaremos como fue que por unos minutos, por unos instantes, supimos estar unidos, dejando a un lado nuestras criticas, nuestros sermones de parroquia antigua, nuestros deseos de culpar a todos menos a nosotros, nuestra mezquina humanidad, que es lo que realmente nos construye.
 
Cada cuatro años sucede…cada cuatro años se va...cada cuatro hay que esperar...empezemos a ahorrar para ir a Brasil…

© David Alberto Muñoz

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…lo que más me impresionó de Monsiváis no fue la gran capacidad de inteligencia crítica, ni su gran poder de observación del cual se decía: “todos cambian su comportamiento cuando él está presente porque quieren salir en la crónica”…



Monsiváis y yo
Por David Alberto Muñoz

Conocí a Carlos Monsiváis aproximadamente hace un año.  Como muchos de nosotros ya tenía años de leerlo pero nunca había tenido la oportunidad de hablar con él aunque fuese brevemente.  Recuerdo que era un día asoleado, caluroso como los que suceden en tierras sonorenses durante el mes de junio.  Todos sudábamos a chorros mientras caminábamos sobre la acera caliente después de ir a La Bohemia a querer calmar nuestra sed.  Ese año, el 2009, se le rindió uno de los últimos homenajes al maestro.  Andaba el chisme de que a lo mejor no iba a poder asistir debido a cuestiones de salud.  Ya saben como es el chisme, puede quemar bosques enteros y destruir con o sin intención. 

Después de algunos días de espera nos encontrábamos dentro del recinto de la Sociedad Sonorense de Historia, a la expectativa, en espera del plato principal del evento.  Reporteros, canales de televisión, radio y un sin fin de compañeros escritores aguardábamos pacientemente la entrada del estudiante de economía, de filosofía y letras, de teología entre tantas otras disciplinas que forjaron al maestro.

 Vi a distancia llegar a un hombre ya de edad que bien pudo haber sido mi padre.  Su mirada se ocultaba detrás de unos grandes anteojos que registraban cada rostro, cada movimiento realizado en aquel lugar.  Su cabellera completamente blanca le daba el porte de antaño, esa época donde el conocimiento no se podía esconder.  Sus pasos algo frágiles acariciaban las columnas que sostienen el poder del intelecto.

Llegó deambulando entre saludos de sorpresa, adulaciones exageradas,  pretensiones mal fundadas, miradas de una soberbia juvenil basadas ya en el conflicto generacional y también entre saludos sinceros de amistad de algunos presentes.

Subió al escenario y con una calma impresionante mostró una admirable condescendencia al hablar de su visión del México actual.  Esa mirada dual que camina entre los movimientos sociales y las personalidades del espectáculo, entre la alta e inteligente crítica y la cultura popular, entre sus libros y sus gatos que fueron los dos grandes amores de su vida.  Monsiváis ha sido considerado como la “conciencia pública” de un México hundido en su propia discursiva.  Con ese particular sentido del humor lleno de un cinismo muy particular y su alta estatura intelectual, Monsiváis va más allá de la gran popularidad que tuvo en vida.  Su presencia casi omnisciente en todos los medios de comunicación, prensa escrita, radio, televisión, hizo del maestro una figura que casi todo mexicano conocía. 

Si no mal recuerdo el auditorio lleno a reventar no se movió por más de una hora y media en la cual el docto critico y periodista habló de la auto-destrucción de nuestro México, un país lleno de talentos pero perdido en la demagogia y la retórica.

Sin embargo, lo que más me impresionó de Monsiváis no fue la gran capacidad de inteligencia crítica, ni su gran poder de observación del cual se decía: “todos cambian su comportamiento cuando él está presente porque quieren salir en la crónica”; sino más bien, la memoria que permanece en mi mente a parte de las pocas palabras que me dirigió, es su alto sentido humanista.  Monsiváis supo caminar a un lado de las ideologías, viéndolas sin prejuicios,  siempre reconociendo verdades humanas que en muchas ocasiones se pueden perder detrás de falsas frases o tendencias ideológicas.  La voz de Carlos Monsiváis permanece desde hace ya más de 50 años en la memoria colectiva de los mexicanos.  Es la voz de la “neta”, utilizando el lenguaje de mi generación, verdades que provienen de la alta curiosidad que poseía, su increíble poder de síntesis, y nuevamente, su alto sentido humanista.

Cuando lo tuve frente a mí creo que le dije un harta de pendejadas intentando impresionar al maestro, en buena onda, me gusta pensar.  Y él, con esa admirable tranquilidad que nos proyecto a todos simplemente me comentó: “Adelante, David, adelante, sigue escribiendo”.  

Descanse en paz el maestro Carlos Monsiváis.

© David Alberto Muñoz

 

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 Era el mundo visto a través de los ojos de un infante cuya inocencia permanece, y cuyo asombro hizo resaltar la belleza del desierto de Sonora mientras viajábamos hacia el sur y las patrullas de la migra simplemente pasaban volteándonos a ver con ojos de juicio.

Ahogados en literatura
Por David Alberto Muñoz

Hermosillo, Sonora.- Salí a las siete de la mañana en un servicio de Shuttle rumbo a la capital sonorense.  Mi destino, el  XV Encuentro Hispanoamericano de Escritores Tributo a Elena Poniatwoska/Horas de Junio.  No fue solamente lo económico del viaje sino también la oportunidad de conocer un poco más la cultura de todas aquellas personas que constantemente utilizan este servicio, además de poder ver en carne propia el trato hacia el hispano desde que la ley SB 1070 fue firmada por la gobernadora de este estado, lo que me hizo viajar por este medio.

Los pasajeros puntualmente hicieron acto de presencia, mostrando  que ya están más que integrados a una cultura donde el tiempo es dinero, donde se hacen las cosas con cronometro y es inaudito el pensar, que podamos desperdiciar tiempo llegando tarde o despidiéndonos de nuestros familiares como si fuese a ser la última vez en la que los vayamos a ver.  

Mis acompañantes llegaron uno a uno, una jovencita amable y sonriente que le daba el toque femenino a la jornada, una mujer madura que llegó con un cuadro inmenso cubierto por una sábana y constantemente expresaba:

—¡Tenga cuidado que no se me vaya a romper!

—Ni que fuera la santa cena seño—comentaba el chofer, un hombre de alrededor de cuarenta años, con rostro de cowboy, arrugado  y bigotes al estilo de los años 20.  Pude haber jurado el ver vaselina en las puntas de los mismos, quien a lo largo del tramo me buscaba plática como sintiéndose solitario en medio de la carretera.

Un dama ya de edad a quien ayudé a subir al susodicho Shuttle acompañada de dos de sus hijas y un niño de no más de cuatro años de edad, que me sorprendió durante todo el camino haciendo comentarios sobre cosas que desgraciadamente los adultos a veces olvidamos.

—¿Qué es eso mamá?

—Un nopal mi hijito.

—¡Qué bonito!

Era el mundo visto a través de los ojos de un infante cuya inocencia permanece, y cuyo asombro hizo resaltar la belleza del desierto de Sonora mientras viajábamos hacia el sur y las patrullas de la migra simplemente pasaban volteándonos a ver con ojos de juicio.

II

Una vez en la frontera caminé para cruzar del lado mexicano y tomar un autobús hacia una ciudad la cual ya me adoptó, y donde incluso tengo familiares.  Es curioso, una infinidad de personas lo asaltan a uno al cruzar el alambre. Te ofrecen servicio de taxi, comida, bebida, arreglos migratorios, billetes de lotería, cambio de moneda.  Es otra cultura, la cultura del ruido y el movimiento, no el a veces devastador silencio que experimentamos  en las metrópolis estadounidenses. 

Tomé un autobús rumbo al encuentro.  Iba emocionado, con el deseo de ver a varios amigos que hace ya tiempo no veía.  Horas de Junio es precisamente una reunión de amigos, de camaradas donde la palabra escrita es el invitado de honor, donde la poesía cobija las mentes humanas para hacerle el amor a las conciencias de seres humanos en búsqueda del texto perfecto.  No sin olvidar la narrativa, que se mete de contrabando para narrarnos incidentes de la compleja experiencia humana en medio de algunos tragos, risas, abrazos, besos y leperadas que todos los que asistimos cometemos.

III

A eso de las cinco de la tarde llegué al hotel Kino para encontrarme con la marea de escritores que una vez al año se junta en tierras sonorenses para dar testimonio que la palabra escrita vive, y vive no sólo en medio de la comercialización existente en nuestro mundo, sino que existe detrás de los más inesperados lugares.  Se escribe en las cantinas, en los restaurantes, en los salones de clase, en las iglesias, dentro de los mismos hogares, en la soledad del minuto, cuando el ser humano se encuentra consigo mismo y la única forma de lidiar con el horror o la bendición de estar desnudo ante nuestra propia conciencia es el escribir, y dejar salir los sentimientos que brotan literalmente como semillas que van creciendo y dejando testimonio de nuestra presencia sobre este planeta.

Más de trescientos escritores provenientes de toda la republica y el extranjero hicieron acto de presencia para atestiguar una vez más la necesidad de la palabra escrita.  Amigos, viejos conocidos y nuevos contactos nos unimos con la necesidad común de ser escuchados.  Haciendo a un lado el ego tan humano y tan particular que todos poseemos, decidimos ir más allá y detener el tiempo para ahogarnos en la escritura, y deleitarnos mutuamente en un banquete literario donde la grandeza no está en quién es más conocido o quién ha vendido más libros, sino en el saber apreciar lo difícil que puede ser el trasmitir verdades por medio de adjetivos, verbos, pronombres personales, comas, puntos y aparte, signos de admiración e interrogación, adverbios y demás.  ¡Era una verdadera fiesta en honor de la literatura!

Desde la mañana en que caminando con un compañero en busca de una cerveza anduvimos dando vueltas sudando la gota gorda, descubriendo que los tiempos cambian de ciudad en ciudad, hasta la tarde en la que reunidos en las playas de San Carlos volcamos toda nuestra humanidad, en medio de carcajadas, canciones de José Alfredo Jimenez, sones veracruzanos, chistes chilangos, confesiones de tragedias, profecías escritas en sangre siendo bendecidas por los dioses del maíz. 

El evento bien se puede resumir  en las palabras del Savín:

—Esto empezó como un grupo de camaradas leyendo su trabajo.  Y ahora es un grupo de camaradas leyendo su trabajo.

IV

Hubo música, la marcha, un montón de fotos, el poder conocer a Poniatowska y al maestro Juan Bañuelos.  El darse escapadas nocturnas a los antros de vicio para ser partícipe del sacrosanto ritual realizado noche a noche, por fieles devotos que han construido estas catedrales al a veces mal llamado “pecado”.  Desayunábamos machaca con huevo en Mi abuelita; comíamos en El Corral donde al entrar te dan una cerveza y te venden los mejores mariscos de la ciudad, para cenar tacos de carne asada en medio de un verdadero avivamiento literario.

Todos regresamos eventualmente  a nuestras ciudades, a la normalidad que la vida ofrece para bien o para mal.  Nuestros trabajos, nuestras familias, nuestros problemas, nuestra vida común y corriente.  Sin embargo, pudimos alimentar nuestro espíritu, al estar presentes por  cinco días  y descubrir que pese a vivir ya más allá de la postmodernidad, todavía existen personas que encuentran su verdad por medio de la palabra escrita.

Así deje la ciudad, a veces quisiéramos que la vida fuese una eterna fiesta donde no termina el placer literario, ni estético, no obstante, quizás el mayor placer que todos los que asistimos compartimos, es el placer de la creación, el gozo de luchar por seguir mejorando, continuar escribiendo por el simple placer que produce.

¡Hay que seguir escribiendo!
 
© David Alberto Muñoz

Fotos exclusivo Peregrinos y sus letras

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Tres niños jugaban frente al evento.  Volteaban de cuando en cuando para ver qué sucedía en la explanada. Sus rostros reflejaban inocencia, algo que el pueblo de México ya no tiene.

© Fotos exclusivo Peregrinos y sus letras.

De izquierda a derecha: Raúl Acevedo Savín, Elena Poniatowska y Juan Bañuelos.

Inocencia justiciera
Por David Alberto Muñoz

Hermosillo, Sonora.- Pareciera que de pronto la ciudad despertó de una cruda, sedienta, con los labios secos, deseosa de refrescar  su  rostro con agua fría.  Estiraba los brazos violentamente, emitía sonidos guturales que descansaban en esa forma tan particular del vivir sonorense, donde el tiempo parece correr más despacio, con más lentitud.  Miles de hombres, mujeres y niños, aullaban con voz de enfado,  sus pasos los llevaron  a marchar con una fuerza impresionante, elevando voces de descontento, gritos de tristeza, lágrimas de frustración, ante un gobierno incapaz de solucionar una verdadera vergüenza para nuestro México.  Cuarenta y nueve niños fallecieron de una forma cruel, salvaje; criaturas que fueron quemados en vida sin la menor consideración mientras ellos simplemente intentaban continuar con su sencilla existencia.

Guiados por la homenajeada en el XV Encuentro de Escritores Hispanoamericanos Horas de Junio, Tributo a Elena Poniatowska, junto con los maestros Juan Bañuelos y Raúl Acevedo Savín coordinador del evento, se armaron de valor al ver a la mujer que denunció los hechos en la Plaza de Tlatelolco, caminar con ellos después de haber dado un discurso donde hizo conciencia de la realidades de un México hundido en el despotismo, donde nunca se castiga a los culpables, al contrario, se utiliza la demagogia para  no escuchar la voz de la denuncia, la voz del hasta aquí, la voz de un pueblo que desea ser escuchado, y cuyas quejas permanecen en el anagrama de la retórica gubernamental, donde ni siquiera el gobernador del estado de Sonora, sabe cómo apelar a la conciencia social del pueblo que gobierna. 

Las inmediatas consecuencias bien pudieron ser las cuatro figuras que observé en las azoteas de los edificios adjuntos al del auditorio de la Sociedad Sonorense de Historia,  figuras que a mí, me parecieron ser soldados uniformados con armas de fuego.  Intenté tomar una foto, pero la oscuridad ya rodeaba la zona.  Incluso cuando lo comenté con algunos de los participantes, me expresaban no poder creerlo.  Tal vez, en mi mente como en toda mi generación, el año de 1968 representa la clave para nuestra identidad colectiva, tal vez fueron fantasmas que no se han ido de México, y trasmutan las calles antiguas de la ciudad purgando sentencia de permanecer esclavizados detrás de la gran necesidad de justicia que existe en México. 

La marcha principió, los reporteros se lanzaron sobre Elena cuando escucharon la noticia de que ella encabezaría la marcha mientras que todos los participantes cobraron aún más fuerza al saberse apoyados por la escritora de Fuerte es el silencio, La piel del cielo, Amanecer en el Zócalo.  Una joven de alrededor de 25 años de edad llegó muy apurada e intentó llevarse a la conocida escritora.  Se miraba preocupada, con ojos suplicantes le pedía que se retirara de la marcha.  Sin embargo ella, con una firmeza de roble, decidió caminar en favor de la justicia. 

Padres de familia mostraban lo terrible de lo ocurrido.

Más de tres mil personas caminaban exigiendo ecuanimidad.  Familias enteras con lágrimas en los ojos intentaban descargar su frustración con una voz de ternura, una  ternura que parecía no distinguir entre la ira y la cólera, el infortunio y la traición, el desengaño y la rabia.

De pronto, aparece un conocido reportero y con voz de ángel bajado del cerro a tamborazos le pregunta:

—¿Elenita, Ricardo Rocha, qué está pasando aquí?

—Señor López Doriga, una injustica, simplemente una injusticia.

                                                         Enrique Rocha cuestiona a Elenita.


La algarabía crecía, un sentir de unidad representado por el pueblo sonorense iba creciendo y creciendo, esos segundos mágicos dentro del cualquier evento histórico se presentaron, done el clímax alcanzó a descargar el semen productivo de la unanimidad, del mismo vientre de esta  tierra de Sonora fluyó lo que muchos mexicanos han vivido ya por mucho tiempo: la impunidad.  Nuestro corazón está roto por las falsas promesas, nuestros gobiernos  nos han sido infieles, hemos padecido no sólo en carne propia, sino el pasado 4 de junio vivimos la triste realidad de que no se ha hecho absolutamente nada para resolver ya no los problemas que se tienen en México, sino el dolor que significa el morir quemado, el terror de ver llamas, y ser una criatura indefensa haciendo lo único que se puede hacer en esos casos: llorar con desesperación.  

Seguimos caminando, cámaras por todos lados, televisión, radio trasmitiendo en vivo, periodistas para aventar hacia arriba, y súbitamente, se creó un ambiente de festival, tambores tocaban, hombres parados en zancos con maquillaje grotesco  culpaban al gobierno, vendedores de palomitas y algodones, sin faltar los famosos hot dogs estilo Sonora que se venden enfrente de la UNI.  Y casi como en un cuento fantástico, en la explanada  del edificio Museo y Biblioteca de la Universidad de Sonora, aguardaba un coro que bien pudieron representar las almas de esos niños que murieron hace precisamente un año en la guardería ABC.

Marchando con el pueblo y una sonrisa en los labios.


El padre de uno de esos niños expresó su sentir trasmitiendo un mensaje muy sencillo: ¿Queremos saber quién fue el culpable de la muerte de nuestros hijos? Bueno, ya lo sabemos, lo qué queremos es saber ¿cuándo se va hacer algo?

Tres niños jugaban frente al evento.  Volteaban de cuando en cuando para ver qué sucedía en la explanada. Sus rostros reflejaban inocencia, algo que el pueblo de México ya no tiene.  La perdimos en Tlatelolco,  y es por eso que considero muy significativo que haya sido precisamente Elena Poniatowska la que denunció en el primer aniversario esta otra falla del gobierno mexicano.  Vi dos visiones, la personal y la colectiva, me sentí como un adolescente siendo testigo ocular del evento, me trasporté a hace más de 30 años cuando perdimos la capacidad de creer en un gobierno, no importa cuál sea, de derecha o de izquierda, todos sucumben ante la retórica de una demagogia falsa, vana, y ya en nuestros tiempos sin el poder del convencimiento.   Pero también vi esa grandeza mexicana que poseemos, porque personas de toda índole ideológica, de todas clases sociales, edades, culturas, preferencia sexual, y demás, se unieron al entender que el futuro de cualquier nación está en la niñez, y si no podemos, no sabemos o no queremos cuidar a nuestros niños, nuestro futuro realmente tendrá matices apocalípticos. 

Me retiré caminando entre la gente al cierre del evento, quería escuchar las pláticas que la gente tenía.  Y la voz que definitivamente pude escuchar fue: ¡JUSTICIA!

Muñoz junto a la autora una noche anterior.

© David Alberto Muñoz