María Dolores Bolívar


| MUJER DE PALABRAS / GENTALLA DE COLOR QUEBRADO: DIVERSIDAD Y CULTURA EN CALIFORNIA 1790-1848 |
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| Written by María Dolores Bolívar (San Diego, CA) |
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Imaginar que alguna vez California estuvo dividida en españoles blancos e “indios” forma parte de una mitología basada en el equívoco y la falta de información. Diverso fue en sus orígenes el mosaico cultural local y diversa fue la migración movida por la expansión iniciada por frailes y soldados portadores de la cruz y los emblemas reales de España. Pero el color/los colores resultó/resultaron de un mestizaje de siglos que generó la nación/las naciones diversa/s que somos hoy, en donde no podríamos elucidar en una sola palabra –o hacer caber en una sola casilla- la raza a la que pertenecemos.
![]() Dibujo de la pintora Alessandra Moctezuma. GENTALLA DE COLOR QUEBRADO: DIVERSIDAD Y CULTURA EN CALIFORNIA 1790-1848 Por María Dolores Bolívar PROEMIO ¿Obsesionados con el color? El imperio español lo estuvo y generó una narrativa de la tez y el tono digna de varias novelas. Obtener un color blancuzco y desabrido perduró, cual moda, durante toda la colonia. La razón que sustentaba aquello, la llamada pureza de la sangre. La extraña costumbre de mascar barro, iba aparejada con la llamada opilación y era frecuentada por las personas –sobre todo las mujeres- para producir palidez. Al cabo del tiempo la opilación derivaba en problemas del hígado que imponían al paciente el consumo de hierro. Al consumir el hierro la persona debía caminar para facilitar su digestión y a dicha caminata se la llamaba “pasear el acero”. Este eufemismo, como tantos otros, da a ver la vergüenza que generaba el opilarse o blanquearse ingiriendo barro. Parecer blanco o que otros creyeran que lo eran era la meta mayor. En ese mundo obsesivo contra la diversidad expresada en la piel, el ser “color quebrado” o las muchas categorías que el mestizaje imponía a quienes procreaban hijos por fuera de “su raza” o “su color” debió ser causa de un tremendo sufrimiento…
En una ocasión se supo de su fuga con la hija de un ranchero y en otra sostuvo amoríos con la esposa de uno de los de su grupo, apodado el chileno.
Foto de Steve Carbullido Demiurgo de pasiones, creyente de la eternidad Tiburcio Vásquez fue un hombre solitario. Su vida se cifró en una quimera, la reconquista del lugar que no debió perder su gente en la tierra alto california. Maleficio de época –o consigna/conseja de ladrón que roba a ladrón-, Tiburcio vivió en carne propia los tiempos turbios e inusualmente revueltos de la guerra entre Estados Unidos y México. En la última recta del siglo diecinueve se avivaba la violencia surgida por el desplazamiento de los rancheros mexicanos, en particular de quienes se fiaron de la bonanza minera y la frenética búsqueda del oro, iniciada a la mitad del siglo. Su vida se veía convertida en adeudos e hipotecas impagables, vericuetos legales, leyes nuevas, elusivas concesiones de palabra o de puño vueltas alegatos, juicios y apelaciones interminables. Tiburcio Vásquez sería el último de una estirpe de célebres bandidos, llamados también las malas compañías. La línea de la que fueran también parte los joaquines (Joaquín Murrieta y su hermano…) daría con Tiburcio Vásquez su último emblema, un zorro de los setentas de su siglo. Los tiempos se modernizaban, con el viaje en vapor y la llegada del ferrocarril. Con la electricidad y las grandes ciudades parecían quedar atrás los rifles Winchester y las carretas jaladas por mulas. Para nunca más el ir de un poblado al otro en California representaría riesgo de muerte. El ahorcamiento de Tiburcio en la plaza pública quiso ser escarmiento y apuesta por dejar, cual marca del pasado, los tiempos de violencia. Pero quién era este temible y peligroso Vásquez, o Básquez, o Vásquez, capturado, enjuiciado y ejecutado en la primavera de 1874, en Santa Clara, luego de un cerco prolongado a la región de Cahuenga y una frenética búsqueda, hazaña personal de su verdugo, el sheriff John H. Adams. En la emboscada a Vásquez participó un reportero que representaba al San Francisco Chronicle, sus reportajes, lograrían que no se desvaneciera en el olvido esa foto, desgastada por el tiempo, donde la rústica tecnología de una cámara de pié y fotografías reveladas al bromuro, el níquel y el sulfuro de plata, consignarían lo ocurrido. En su pequeña celda Vásquez recibió a familiares, entrevistadores de los diarios - el más célebre de entre ellos fue el corresponsal del Herald- y curiosos (673 el día de mayor afluencia, de los que 93 eran mujeres). Tanta visita y tanto alboroto debió agradar a quien, gravemente herido, yacía vendado y arreglado para lucir bien en el encuentro que, más que con el reportero o el lector de entonces, tendría con las generaciones por venir. ¡Eso es! Pionero de la escena y del espectáculo escándalo, Vásquez fue un visionario a quien la modernidad todavía debe su obra maestra, una película o una telenovela que lleve por titular su nombre. Se piensa que aunque Vásquez dominaba el inglés, sus respuestas en español eran parte de la atmósfera de reto que supo crear alrededor de su persona. Quizás sólo agregaba algo de solemnidad a sus prolongados encuentros con el periodista la presencia oficialoide de un intérprete cuya función sería, más bien, de espía de la corte. La pregunta inicial, clave de aquellos días aciagos, era por qué Vásquez habría dedicado su vida al crimen, dueño como era ya de una imagen legendaria, idealizado ya por las multitudes que merodeaban por el penal donde pasó sus últimos días. Para muchos cínico y pragmático, Vásquez ideó una respuesta que preconizaba los tiempos del talk show de hoy. “Soy bandido […] con la bendición de mi madre […] el día en que le dije me iría a probar suerte por el mundo…” Uno diría Julio César Chávez dispuesto a entrar a un ring y no cualquier maleante de los caminos, asaltando caravanas o saqueando la modesta sucursal de un centro financiero. ¿La madre? He ahí otro quid insólito. No se sabe, bien a bien, cuál fue el origen de Tiburcio Vásquez. Pudo pertenecer a la familia del ranchero del mismo nombre que fundó el rancho próspero, Corral de Tierra, cerca de la misión de San Francisco, por ahí de 1777. Tiburcio habría sido su nieto. Tiburcio Vásquez se llamó también un mayordomo de la Misión de Dolores, según indican los registros de 1840. Descendiente directo de encomenderos o mayordomo fiel de algún ranchero de la zona, las versiones del origen de Vásquez no dejan de ofrecer detalles, fichas de registro, notas periodísticas. La multiplicidad de posibilidades se alimenta a sí misma. En todo caso Tiburcio es el protagonista de un cuento abierto en donde principio y final asumen la diversidad de voces que se suma a la sonada trama. Y los recuentos son fantasiosos, sublimes, exuberantes o románticos. Unos lo ponen de poeta, de seductor social. Otros subrayan su ignorancia, incapaz incluso de leer o escribir su propia defensa y, por supuesto, su condena. Esta existencia elusiva queda como la marca no sólo de su vida, sino de la de los suyos. Los cronistas de la época no se ponen de acuerdo incluso en su fecha de nacimiento entre 1835 y 1839, en el condado de Monterey. Cuando la fiebre del oro Tiburcio habrá tenido once años. Su vida estuvo marcada por la discriminación sufrida por los mexicanos de California, quienes vieron su vida cambiar radicalmente a partir de la guerra de Estados Unidos con México. En agosto de 1857 Vásquez habría sido encarcelado por primera vez en San Quintín por robo de caballos, con el número 1217 y el apellido Basquez. El error de la secretaria de la prisión le serviría más tarde para engañar a las autoridades. Escapó del presidio en 1859. El siguiente cargo se le hizo en Amador County, por robo. En aquella ocasión se le consignó como Tebuzzo Baskes. El comentario de alguno de entre los prisioneros hizo que las autoridades acotaran: “el mismo que Tiburcio Basquez, que escapó el 25 de junio de 1859”. Salió de prisión el 13 de agosto de 1863. Por algún tiempo Vásquez se ganó la vida en apuestas, en New Almaden, cerca de San José, ocupación típica de los aventureros de la época. Pero una vez más su vida legal se vería afectada por la adversidad. El testimonio vago de un tercero lo involucró en la muerte de un carnicero italiano, junto con Faustino Lorenzo. Para no ser arrestado, Tiburcio volvió a la clandestinidad. Seductor vulnerable, los amores de Tiburcio no harían sino sumarle puntos malos a su historial criminal. En una ocasión se supo de su fuga con la hija de un ranchero y en otra sostuvo amoríos con la esposa de uno de los de su grupo, apodado el chileno. Aunque también en ese rubro las versiones se confunden el agraviado, de apellido Leiva, figuraría como delator ante la policía, lo que no hizo sino sumar misterio y aventura a la vida del mexicano prófugo. Vásquez dejó Monterey por Sonoma, cerca de la bahía de San Francisco, para ser arrestado, finalmente, por robo de ganado, en 1874. Se le juzgo por varios crímenes y se le condeno a la ahorca, para escarmiento de los que como él pretendieron desafiar a la justicia estadounidense. Vásquez cayó en manos de la justicia en Arroyo Cantúa, donde tuvo su último escondite. Lo acompañaban en sus correrías Francisco Bárcenas y Procopio a quienes se difundió como los más temibles bandidos del oeste. Para su juicio, el 5 de enero de 1875, Vásquez apeló a sus compatriotas y consiguió reunir los fondos para su defensa. Alrededor de él se tejió un mito que se expresaba en todos esos relatos que pasaron, de boca a boca, durante los días que duró el juicio que terminó con su muerte. Se hablaba de Tiburcio entre los mexicanos; de su estatura; de sus hazañas. Fue así como ese hombre de cinco pies y siete pulgadas -equivalente a un metro setenta de estatura-, escasas 130 libras, frente angosta, grueso pelo negro y mirada profunda, se convirtió en el tema del momento en San José. Los mexicanos que lo apoyaron y lo consideraron uno de los suyos en desgracia lo recordarían con su saco de paño negro, su camisa blanca, sus finas botas y su sombrero. Así pasaría a la historia y a la memoria colectiva, en esa dualidad de héroe bandido en la que su recuerdo se nos pierde. En su defensa Tiburcio aseguró no ser el hombre malo que la justicia quería representar en él y que no había matado ni recomendado a nadie que matara. Se declaró perseguido y cercado por las autoridades. Delataba lo que ahora sería una persecución por odio. Su fiel amigo y lugarteniente, Chávez, juró venganza por la muerte de Vásquez a quien llamó su capitán. Los dos mensajes que dictó del 18 de marzo, antes de su ejecución, quedarían como piezas insignes de la mística del bandolero. El primero, era la despedida y el perdón inspirado por el padre Serda, quien lo visitó un día antes de su muerte. Ese primer mensaje fue redactado mediante las fórmulas habituales. En el agradecía a sus abogados su defensa y se despedía de la sociedad, en un gesto hipotético que más parecería una consigna política dirigida al futuro. En el segundo mensaje habló a sus compañeros de lucha haciendo un llamado a dejar la violencia y a no querer tomar venganza por su muerte. Junto con sus mensajes algunas frases o notas recuperadas para el relato periodístico, servirían de mínimo legado de un hombre que quiso presentarse ante la prensa como maltratado por la justicia. Igual efecto tuvieron las pocas anécdotas que trascendieron; así aquella que narraba que Vásquez habría solicitado examinar su ataúd, mismo que fue llevado a su celda, en estricto cumplimiento de la última voluntad de un condenado a muerte. Quienes consignaron el hecho supieron aderezarlo con el relato de cómo Vásquez habría comentado, al tiempo en que recorrió maravillado el satín acolchonado y terso del interior del féretro, con los dedos, que ahí sí podría dormir eternamente. Una versión de este mórbido detalle agregaría que al preguntarle un reportero a Vásquez si creía en otra vida, este habría dicho que sí y que al día siguiente de partir se reuniría con todas sus mujeres, en el mas allá. Fue colgado el 19 de marzo de 1875. Creyente o no, Vásquez murió con un crucifijo en la mano y la mirada firme y profunda puesta en algún punto futuro de redención, no se sabe si sólo para él, como lo sugiriera la escena de las muchas damas que amó… o para todos los rancheros que en él habrían visto caer a uno de los últimos de su derrotada estirpe. Sobre aquel crucifijo fijó la mirada y se fue de este mundo profiriendo la palabra “¡pronto!” El cortejo mortuorio que depositó sus restos en el cementerio de Santa Clara lo llevó en procesión, a la usanza española, a la casa de un primo, a donde fue velado. El editor del periódico Patriot consignó que el desfile de curiosos que se agregó mientras los deudos avanzaban hacia el velorio, le recordó los restos de un mártir. © María Dolores Bolívar
*** Este diálogo con Becky Guttin fue esclarecedor de su papel en las artes y en una comunidad que inicia con su familia –una familia de artistas-. La práctica del arte como modo de vida tiene sus retos y también sus recompensas. El arte de Becky Guttin recupera con gran fuerza la estética de objetos de uso común –como un pequeño metate, una mazorca o la silueta sobria de una casa que, en su sencillez, lucen monumentales.
BECKY GUTTIN: ELOCUENCIA MONUMENTAL
El éxito internacional de Guttin es consecuencia lógica del tiempo que dedica a imaginar y diseñar sus esculturas a gran escala. Sus piezas monumentales se localizan hoy en Acapulco, Guerrero, Pachuca, la ciudad de México-, Estados Unidos –San Diego, Chicago-, Corea, Italia, Francia, India, Luxemburgo e Israel. Sus temas y contenidos hallan su fuente en los materiales y marcas ambientales que definen los lugares a los que Becky es convidada a modificar con su arte. Una casa, las voces de la comunidad expresadas en una caligrafía, una gigantesca cabeza de maíz o un diminuto metate. Guttin trabaja en su estudio de Miramar, San Diego; la versatilidad es una característica de su carrera en las artes. Las instalaciones, las esculturas, los dibujos, la joyería y las piezas a gran escala la mantienen ocupada, sin descanso. Durante el breve diálogo que sostuvimos el pasado diciembre ella describió entusiasta su última comisión, un anfiteatro que pronto será construido en el corazón de Jerusalén, Israel. “Son cuatro años desde que se inició este proyecto.” UNA MIRADA A LA VIDA DEL ARTISTA Mi meta al realizar esta entrevista era asomarme en la vida de una artista de relevancia local e internacional. La elegí a ella pues me pareció que era un buen modelo. Becky había presentado su obra en una conferencia a la que asistí en mayo pasado, en el instituto Salk de La Jolla, California. Su trabajo monumental, en exhibición en muchas partes del mundo, me llevó a investigar más. Luego fui testigo de cómo Guttin se robó la escena en la muestra del Centro Cultural la Raza, El maíz es nuestra vida -Corn Through an Artistic Lens- con sus metates, en miniatura, sus impresiones en papel hecho a mano o un foto mural. Me propuse averiguar cuánto tiempo invierte Becky en su aventura creativa y qué obtiene a cambio de su esfuerzo. Pude darme cuenta de que, pequeñas o grandes, sus piezas mostraban fuerza y elocuencia. (MB) – ¿Que es el arte para ti? ¿Qué lugar le das en tu vida? (BG) –El arte es mi vida. No puedo verme sin hacer lo que estoy haciendo. Es lo que me mueve todos los días. No lo puedo llamar trabajo, porque es más que eso. Estoy en esto sábados, domingos, mañanas, noches… En otros trabajos uno va, checa su tarjeta y al finalizar el día checa tarjeta de nuevo y el día de trabajo termina. El arte, en cambio, es mi forma de vida. Hago también joyería. Cada joya es una pieza de arte. No porque sea pequeña es una pequeña obra de arte. Las piezas aunque diminutas pueden ser también monumentales. Tengo una pieza de joyería que es también la maqueta de una pieza monumental que está en Guerrero, México. EL ARTE UNA CARRERA DIFÍCIL (MB) – ¿Qué consejo darías al chico que quiere ser artista y que empieza en el arte…? Esto puede iniciar con tus propios hijos, o aquellos jóvenes que pretendan abrirse paso en el arte. (BG) –Que lo piensen muy bien. Es un medio difícil e injusto a veces. En este campo mucho depende de los críticos o de los curadores. En otros trabajos, en una compañía por ejemplo, si desempeñas bien tu trabajo puedes ir a puestos más altos. Te repito, este es un medio difícil y hasta cruel. Es un campo en donde te esperan muchas dificultades; en el que se requiere de mucha resistencia y de que seas muy consistente y trabajador. Muchos amigos colegas, de hace 25 o 30 años, hoy ya no son artistas. En este camino del arte se la vieron muy, muy difícil. (MB) –Conocí a tu padre, Rafael Mareyna, él me habló de cómo dejó el arte cuando tuvo que mantener a su familia. ¿Eso te influye, de alguna manera? (BG) –No tenía idea de que habías hablado de esto con mi papá pero él es un buen ejemplo de lo que trato de decir. De más joven, él dejó su carrera artística y tuvo que trabajar por nosotros, por su familia. Tan pronto como se retiró de su trabajo, lo invite a pintar en mi estudio. Después de tres años puso su propio taller, en donde trabaja todos los días. Somos vecinos. “LO QUE ERES ES LO QUE HACE QUE HAGAS LO QUE HACES” (MB) – ¿Te consideras una artista mexicana o americana? ¿Te ves a ti misma como parte de un arte bicultural, binacional, o de eso que define a San Diego como una ciudad fronteriza? (BG) –No me gustan las etiquetas, sin embargo yo puedo colgarme varias. Soy mexicana, americana, judía y mujer. Cuando me invitan a otros países me ponen ya sea la bandera de EEUU o la de México, dependiendo de los organizadores o del curador. Yo preferiría que no me pusieran banderas, pero al parecer al público espectador le interesa saber la procedencia de los artistas cuando estamos trabajando en sitios públicos y esto es de entenderse. Aunque, claro, quien soy yo se ve proyectado en mi trabajo. (MB) – ¿Qué papel desempeña la comunidad en tu arte? (BG) ¬–Lo que eres es lo que hace que hagas lo que haces –parece un trabalenguas. ECOLOGISTA, ABSTRACTA, NEO WHATEVER… (MB) – ¿Perteneces a una escuela o grupo en el medio artístico? (BG) –No me identifico con ninguna escuela. Eso se lo dejo a los críticos. (MB) – ¿Hay algún artista al que consideres tu modelo o que se te hubiera presentado alguna vez como el camino a seguir? (BG) –No que quisiera ser como ellos o que los considere como modelos… Más bien puedo decir que admiro y respeto el trabajo de Dani Karavan, de Serra [Richard Serra]. Me gusta muchísimo la obra de Brancusi [Constantin Brancusi], entre otros.
(MB) – ¿Cómo empiezas tus proyectos, cómo eliges tus materiales? (BG) – ¡No hay reglas! Dependiendo de la invitación empiezo con una idea de lo que podré diseñar y lograr. Casi siempre me dan los materiales (madera, fierro, piedra) así como las restricciones de medidas y el plazo en el cual finalizar la obra. Ahora estoy en proceso de echar a andar un proyecto enorme en Jerusalén. Me lo pidieron hace cuatro años. Preparé tres diferentes proyectos. Esto inició en 2006. ¡Hace cuatro años! A los seis meses de trabajar estos proyectos estalló la guerra con Líbano. Un año después eligieron el proyecto número tres, el más grande, un anfiteatro. Ahora tenemos un sitio precioso, en el corazón de Jerusalén. A veces toma mucho tiempo encontrar el sitio adecuado para un proyecto; esto me sucedió con este proyecto. CINCO OBRAS QUE RESCATAR (MB) – ¿Si tuvieras que rescatar cinco obras de arte de una hecatombe, qué obras rescatarías? (BG) –El Espacio Escultórico de la ciudad de México. Las pirámides de Egipto, Chichén Itzá, Tulúm, Uxmal, Las Cabezas Olmecas, Machu Pichu, La Muralla China… Cabe mencionar que hay obras de arte que no fueron construidas en un año o dos, sino que involucraron a generaciones de grandes matemáticos, artistas, científicos, obreros. Tal vez no se hayan concebido como obras de arte, pero ahí lo que hay es, sin duda alguna, ARTE. ©María Dolores Bolívar *** Hoy por cabezas no queda
Las fiestas del Centenario Primer paréntesis [El programa de festejos del primer Centenario de la Independencia de México, en 1910, fue elaborado por una Junta Patriótica constituida con ese fin. El tiempo invertido en tan glamorosa celebración revela, a la distancia, la esquizofrenia que aquejaba al régimen porfirista que, justo en su ocaso, se creía en la cúspide del poder. Diseñadas para ser tributo multitudinario al país independiente, aquellas fiestas preludiaron un prolongado sismo político.] Segundo paréntesis [Gaviota va la pregunta Cien años de próceres y proezas Las glamorosas fiestas del Centenario, hace un siglo, comprendieron desfiles, conferencias, veladas literarias, concursos de poesía, evocación de próceres, ceremonias y actos teatrales, biografías y monografías que dieron forma a la narrativa que hoy nos sigue concerniente a los padres de la patria. Vista desde el 2010, aquella magna celebración constituyó el antecedente del México que llenaría nuestras infancias de concursos de declamación, fiestas, honores a la bandera y otros cien años de próceres y proezas cuya grandeza estriba, a pesar del tiempo, en haberlos amasado en el más resistente y reminiscente de todos los nacionalismos… el nacionalismo a la mexicana. La perpetuación en el poder de una sola figura presidencial, por treinta años, sería sustituida por un partido en el poder, durante setenta. Hoy, al calor de una alternancia que a menudo desborda en “desgobernanza”, vuelve a debatirse la reelección para munícipes, representantes y gobernadores. Con ello, el presente político se declara de nuevo incapaz de lidiar democráticamente con las facciones ¿como en los tiempos de Santa Anna? ¿Aquellos mismos que Díaz quiso hacernos creer que conjuraba con su reeleccionismo y su fórmula de pax porfiriana? Las fiestas del Centenario se planearon con pompa y fasto para llevar a la calle y los salones -en tercera dimensión- al México moderno. El personaje principal –tal vez debiera decir el único- era Porfirio Díaz. Por propósito explícito, se tuvo el de resaltar su figura presidencial, cerebro y mano insustituibles de su régimen autoritario. Obsesionado con el poder, Díaz parecía haber comprendido que no sería eterno, sin embargo, lejos de imaginar su sucesión, empeñaba su astucia en eliminar a cualquiera que pudiese aspirar a tomar su lugar. El más notable fue el secretario de hacienda José Ives Limantour, quien por esas fechas se hallaba en Europa, realizando gestiones financieras. En realidad, nada lastimaba más al dictador que el verse imposibilitado de desafiar a la vejez. Con ochenta y cinco años, cinco que constituyeron su exilio en París, Díaz no cumplió su propio centenario –fallecido el 2 de julio de 1915-. Inauguraciones Campanita de Dolores Una larga lista de inauguraciones - El Teatro Nacional (conocido hoy como Palacio de las Bellas Artes), la estación sismológica de Tacubaya, la fábrica de pólvora, el parque Obrero, el edificio de la Asociación Cristiana de Jóvenes, el Palacio del Correo, el Palacio Legislativo, la Cárcel General, los edificios de la Cámara de Diputados, la Secretaría de Comunicaciones y Obras Públicas, la Escuela Nacional Primaria Industrial para Niñas Corregidora de Querétaro, la Escuela Normal de Maestros, La Escuela Nacional de Altos Estudios, la Universidad Nacional de México y la Primera Escuela Técnica Ferrocarrilera- ocupó las energías de la junta patriótica. Pero tan profusa inauguración de obras materiales incluyó de manera estelar la columna de la Independencia (Antonio Rivas Mercado) –El ángel, y el Hemiciclo a Juárez (Guillermo de Heredia) y el Manicomio General, más conocido como La Castañeda. En el extremo opuesto de lo que quiso representar la columna de Rivas Mercado, La Castañeda –construida paradójicamente en los terrenos de una antigua hacienda- aporta una importante marca cultural de aquellos tiempos revueltos. Yo la recuerdo ya en sus días de decrepitud, sobre Mixcoac, al fondo de un caminito cuya arbolada seca oscurecía el acceso a sus veinticuatro edificios y dos pabellones ya casi derruidos. Para las generaciones actuales aquel edificio, que el tiempo convirtió en un despojo, no significa casi nada. Las barreras entre la locura y la salud mental parecen haber caído… algo que habría intrigado a quien imaginó a La Castañeda, no ya como el símbolo de una sociedad que ofrecería a sus locos las instalaciones modernas más avanzadas de la psiquiatría… sino cual emblema de un país desquiciado, aquejado de violencia y crimen y corrupción. Yo crecí en ese México de las inauguraciones y acudí a varias, constatando, incluso, el proceso regenerativo que las recicla o enteras o en partes –hoy el frontispicio, mañana el patio lateral, luego una sala o dos, remodeladas, el pórtico, la planta alta o la develación de una placa. Inaugurar es un acto tan cotidiano como respirar o ir al trabajo. Yo inauguro, tú inauguras, nosotros inauguramos. En el presente se inauguran, incluso, los proyectos. Los gobernadores de hoy han dado con una mina millonaria -la inauguración virtual que no es otra cosa que la presentación con rueda de prensa de lo que será cuando aparezcan los inversionistas, cuando los fondos fluyan, cuando se cumpla el plan, cuando se logre la permanencia en el poder en pos de la continuidad, cuando el país mejore, cuando repunte el flujo de las remesas…- ¿¡Qué nos falta!? Justicia y paz Los diablitos andan sueltos Para la glamorosa primera década del milenio, la pila bautismal de don Miguel Hidalgo fue trasladada desde Cuitzeo de Abasolo, Michoacán, hasta el Museo Nacional. No fueron pocas las manifestaciones en honor de José María Morelos, Leona Vicario, Josefa Ortiz -la Corregidora-, Benito Juárez, y los niños héroes del 47. Hidalgo reapareció cuál ánima, coronado por la mano de una arrogante mujer que representaba/corporeizaba a la Patria. A sus lados, dos bustos, completando la triada patriótica -el Benemérito Juárez y el general Díaz- enseñoreaban la más universal de las consignas, aquel dictum de palabra que para los más por la justicia y por la paz. Los Díaz ofrecieron tés, comidas campestres y al baile de gala en Palacio Nacional asistieron más de ocho mil personas. Las delegaciones diplomáticas de 32 naciones, simbolizadas en otro gran desfile de personalidades que llegaron por barco al puerto de Veracruz, fueron recibidas con honores militares. En la residencia de don Guillermo Landa y Escandón se hospedó el marqués de Polavieja y Nicaragua había gestionado la participación del poeta Rubén Darío, quien de último momento anunció que no llegaría. Mediante música y banquetes se resaltaba el prodigio de la independencia en un enorme entramado que quiso ser a la vez escenario y escaparate de la grandeza de México. Proliferaron las kermeses (fiesta popular modelada a partir de la francesa kermesse), las procesiones de antorchas, los circos, el cine de novedosas vistas recién llegado al país, las carreras a pie y en sacos, los fuegos artificiales, los bailes, las serenatas, los combates florales y de confeti, las funciones de acróbatas y el reparto -a diestra y siniestra- de ropa y comida a niños pobres. El 31 de mayo de 1911 Díaz dejó el país para siempre, obligado a renunciar y salir al exilio en un crucero a vapor de la Hamburg Amerika Line, llamado Ipiranga. Antes de tomar la ruta del exilio fue huésped por cuatro días en la casa del representante de la compañía inglesa Pearson & Son. Como hoy que obviamos la representación del México bronco en aras de un México peinado y mejorado vía la cirugía plástica y la sustitución de bonitos por feos, la escena pública en aquellos años diez desdecía en todo al México de la escena privada. Para los mexicanos en el poder la modernidad iba aparejada con la europeización algo que se tradujo, incluso, en el blanqueamiento de la piel (una de las obsesiones de Díaz). Centenario… ¿No hay mal que cien años dure? Durante años recorrí la Avenida Centenario como parte de mi rutina diaria. Centenario corría paralela a mi calle, Aldama y, en su proximidad, regía los sonidos que se colaban por la ventana de mi cuarto –una sirena, el primer autobús matutino, un claxon impaciente-. En Centenario tomaba la pesera -en aquellos tiempos iba por los diecisiete pesos- que me llevaba a la Ibero o a Milpa Alta; en Centenario vendían los mejores tamales en hoja de plátano; por Centenario corría para llegar a la hora en que salía el pan calientito en la Panadería Las Américas; por Centenario tomaba para caminar al centro de Coyoacán, donde solía hacer el setenta por ciento de mis actividades diarias. Otra memoria que me viene a la mente es cuán codiciados eran los centenarios en oro, con su columna de la independencia… pero pocos saben que no se acuñaron, como se había previsto, en 1910, sino hasta 1921. Simbolizan el prolongado paréntesis que ocurrió al tiempo en que el país se desangraba en guerra civil. Para quienes la vivieron, la revolución pareció interminable… “¡Toda mi infancia!” decía mi abuela Eloisa cuando lanzaba a su interlocutor las muchísimas anécdotas que su memoria conservó, ella que nació en 1905 y vivió para contar, en primera persona, la violencia desencadenada alrededor de su casa ubicada en el centro histórico, afectando en primera persona también a sus padres, tíos, abuelos. Su existencia transcurrió, hasta su muerte, al margen de los registros civiles visto que su acta de nacimiento se quemó, por el mismo motivo, condenándola a una existencia sin documentos que padeció como muchos de su generación. Efemérides del Bicentenario y Centenario (O la lógica de los héroes que presupone un mundo de buenos y malos… Por el callerío ya corren [Antes de que se “consumara” la independencia que dio origen a la nación mexicana habían muerto ya sus próceres.] Miguel Hidalgo capturado el 21 de marzo de 1811 fue fusilado el 30 de julio de 1811 en Chihuahua, a los 48 años. Su cabeza fue trasladada de Chihuahua a Guanajuato en una macabra procesión y colgó expuesta en una jaula de una esquina del techo de la Alhóndiga de Granaditas, como escarmiento para otros insurgentes mexicanos. Mariano Jiménez, Ignacio Allende y Juan Aldama – respectivamente a la edad de 30, 42 y 47 años, fueron fusilados por las fuerzas realistas el 26 de junio de 1811. Decapitados luego de ser fusilados, sus cabezas fueron también colocadas en jaulas que ocuparon las otras tres esquinas de la Alhóndiga, al igual que ocurrió con Hidalgo. José María Morelos, murió ejecutado “por traición” el 22 de diciembre de 1815, a los cuarenta años, siendo la cabeza de la insurrección por la independencia de México. [Al cierre de la década de los veinte habían muerto todos los protagonistas de la revolución de 1910]. Francisco I Madero murió asesinado el 22 de febrero de 1913, a los cuarenta años. Emiliano Zapata murió asesinado el 10 de abril de 1919, a los cuarenta años. Francisco Villa (Doroteo Arango) murió asesinado el 20 de julio de 1923, a los 45 años.Felipe Ángeles fue ejecutado en Chihuahua, el 26 de noviembre de 1919, a los 59 años. Ricardo Flores Magón murió en la prisión de Leavenworth, Kansas, en 1922, antes de cumplir cincuenta años. Álvaro Obregón murió asesinado a los 48 años, en el banquete que se ofreció para celebrar su triunfo electoral, reeleccionista, el 17 de julio de 1928, en el restaurante "La Bombilla", en San Ángel, hoy delegación Álvaro Obregón. Recibió tres balazos en el rostro. Obregón había perdido su mano derecha en una batalla contra las huestes villistas –La Batalla de Celaya-, en 1915. Expuesta durante más de setenta años, desde 1928, en el monumento dedicado a su memoria, desapareció en 1999, sin quedar rastro de ella. ¿Cremada? ¿Enterrada? ¿Arrumbada? No se sabe. En su lugar luce ahora un medio brazo esculpido y las frases grandilocuentes, para la historia, que lo elevan, pretenciosa e inmerecidamente, al nivel de Bolivar y de Morelos.
Porfirio Díaz, murió a los 85 años en julio 2 de 1915 en París. El círculo parece que cobra racionalidad al observar quiénes vivieron y quiénes y cómo murieron. Con pocas excepciones, los personajes que constituyeron la clase política del México moderno habían fallecido para la segunda década de su siglo y notoriamente, antes de cumplir cincuenta, en su mayoría… Tal vez esto pruebe que, pese a una reiterada obsesión centenarista, la historia es todo menos el proceso lineal que va a dar con un esquema de fechas, nombres y registros (si no pregúntenselo a mi abuelita). ¿Y La Adelita? Me cuentan ¿Donde quedó aquel político
© María Dolores Bolivar *** Los mitos que giran alrededor de personajes célebres son tan extraños como abundantes.
MISTERIOS BAJO EL SOMBRERETILLO Por María Dolores Bolívar Los caminos de la investigación de una vida personal, por más que ésta sea la de alguien tan célebre como Thomas Alva Edison, son abigarrados. Resulta interesante que en mi paso hacia su origen hallase a la sociedad Teosófica, a madame Helena Blavatsky y, por ende, a Jesse Shepard, dueño espiritualista de la Villa Montezuma, misteriosa mansión victoriana donde iniciaron mis reflexiones, al encuentro de un Psychophone (tema de mi próximo ensayo). O, mejor, Sombrerete, la prestancia inspiradora del Sombreretillo y, claro está, aquellos años compartidos con el México profundo, que no olvido. He estado en Sombrerete dos veces en mi vida. En una de ellas, el olvido fortuito de mi cámara en el restaurante donde desayuné me llevó a vivir momentos inolvidables de domingo vivo, bullanguero y muy musical en los portales. Y escribí: “No debe haber nada más incitante a permanecer en cualquier parte que la música de una banda. No podría recordar la pieza que tocaban, pero desde una accesoria pude ver en mi mente ‘al gordero’ del corrido de Luis Moya, trocando al ritmo de su rima habitual de la venta de sus delicias, el anuncio del triunfo maderista. Eran veintitrés sus hombres/idealistas con Madero/los que tomaron a Nieves/el día cuatro de febrero. En vez de anunciar las gordas/gritó de pronto el cordero/¡Abajo Porfirio Díaz/ y viva Pancho Madero!" Bajo la contundente amenaza de perder el único camión que habría podido llevarme de regreso ese día hasta Zacatecas, disfruté de aquel ambiente plagado de relatos entre los que corroboré, por segunda ocasión, la vitalidad de la anécdota del origen real de Thomas Alva Edison. Aclaro que la grandeza de Sombrerete no requeriría de mayores glorias o de mayores misterios que los ya jugados en la historia, desde los tiempos de Juan de Tolosa y los heredados a las leyendas de auge que fueron las minas de Pabellón y Veta Negra. Sin embargo, la placa de la calle Hidalgo que anuncia oronda “En esta casa nació Tomás Alva Edison [sic], el 18 de febrero de 1948” no podría pasar desapercibida como uno de los motivos por los cuales remontarse hasta ese punto de México. EL CONTEXTO: Ya sea sombrerete o sombreretillo son términos inusuales que nombran a un pequeño sombrero al que hoy el español mexicano consignaría como sombrerito. Pero El Sombreretillo –montaña riolítica que da nombre al municipio y cabecera de Sombrerete-, es algo más que un pequeño sombrero, es la marca distintiva de una población remota en la geografía y remota en un tiempo que incluye la minería más próspera, las glorias de Guadalupe Victoria, el paso de Juárez, el cuartel de operaciones de Luis Moya y el punto más estratégico de Pánfilo Natera, tanto que en 1913 y 1914 quedó convertida en capital provisional del estado de Zacatecas. Sombrerete conserva muchos misterios, el principal, su auge decimonónico que da cuenta de relatos orales como el que aquí se narra, tan fantásticos que son, por ellos mismos, motivo para ir a descubrir la hoy lejana población que vibra, a unos 170 kilómetros de la capital zacatecana, bajo tan implacable centinela de roca.
Sombrerete fue fundada para los registros europeos en 1555 cuando Juan de Tolosa se abrió paso por entre la sierra madre, acompañado de un grupo de frailes y soldados. Un auténtico bosque de piedra sorprendió al intrépido viajero; bosque árido e imponente, al que en 1570 la Audiencia de Guadalajara nombrase Villa de Llerena. Para el siglo XVII Sombrerete acogió La Gran Caja hacia donde fluían los minerales provenientes del norte del país; de Chihuahua y Sinaloa. Lugar de acceso de la minería y centro minero, hacia 1876 Sombrerete contaba con una población que superaba los 300 mil habitantes y que pudo haberse elevado a cerca de 500 mil para el 1900. Imaginar un sitio de ese tamaño cuesta trabajo hoy que Sombrerete no cuenta sino con unos 60 mil habitantes. La población con que estrenó el siglo veinte era equivalente a poco menos de la mitad de toda la población actual del estado de Zacatecas. Para la transición hacia el siglo veintiuno su grandeza se había visto reducida por más de siete veces. Remota entre las montañas como lo está también en la historia de una grandeza ida, llegar a Sombrerete –escenario de la popular película Bandidas- es todavía en 2009, toda una aventura.
LAS PISTAS: Las biografías de Thomas Alva Edison coinciden todas en un punto fundamental: No se conoce a cabal certeza en donde transcurrió su infancia ni hay registro de dónde realizó sus estudios ni por qué fue educado por su madre, al margen de un entorno social del que se tenga registro, ya fuese en Milan, Ohio o en Sombrerete, Zacatecas. Cualquiera que sea la historia real de Edison, no se cuenta con documentos en firme. De haber sido, en efecto, el hijo de un minero de Hidalgo o de Puebla, avecindado en Sombrerete por virtud del auge platero y luego erradicado para siempre de su natal México para convertirse en el inventor y gran protagonista de la ingeniería moderna, las piezas que faltan jamás caerán en su lugar. En este rompecabezas, el único recurso al cual asirse es la imaginación, tan vasta, tan generosa como lo fue la inventiva de Alva Edison, su infinita creatividad que todavía hoy, nos sorprende sin duda alguna.
Pero cómo surge el mito de su origen zacatecano. Thomas Edison, Tomás Alva, Tomás Alva Edison, Alva, Al, habría podido ser hijo de Alva, como lo consignó la revista de la Sociedad Teosófica, misma que habría realizado sus pesquisas, hacia la mitad del siglo veinte (Adolfo de la Peña Gil, “Edison was born in Mexico” in the Theosophist*). La ortografía antigua de Alva, devenido Alba en español, se sumó a semejante ocultamiento, aunado al hecho de que al Edison joven lo llamaran Alva o Al, lo que llevó a muchos a creer que se trataba de su nombre intermedio (o segundo nombre) y no de su apellido o de una parte de su apellido paterno. ¿Sería Edison un descendiente de Samuel Alva Ixtlixóchitl, ingeniero de minas? La incógnita queda ahí pues solo conservó el Alva, aunado al Edison, que en ese caso le habría permitido pasar por una persona oriunda de Canadá emigrada a Milan, Ohio, y no de México. En otra línea, se ha argumentado que al quedar sola, su madre, apellidada Edison, habría relegado el apellido Alva con el afán de subrayar su origen materno y permitirle al chico crecer también en la patria materna, Canadá. Ello explicaría en parte el uso secundario de Alva, pero no la presencia de los Edison, incluido quien se asume como su padre, Simón Ogden Edison Jr. Por último, la relación de que habría tenido un acento al hablar * (PEÑA GIL), misma que justificaría la tesis de que emigró siendo un joven. De ser así, podríamos suponer que se inventó una familia o que sólo fungió de hijo adoptivo de una familia Edison, con la que habría urdido el ocultamiento de su origen, por fines prácticos, casi a la perfección.
Esta última posibilidad se piensa en base a que Edison habría tenido que ocultar su origen para hacerse pasar por estadounidense y asumir una identidad que se lo permitió, incluso al punto de mostrar que emigró de pequeño de Canadá a Ohio, sin jamás pasar por México. ¿Cuál de estas tesis resulta más creíble o qué argumentos se interponen entre cualquiera de estas visiones y la adoptada por la cultura dominante, es decir, la de su procedencia canadiense y naturalización en el pequeño poblado de Milan (pronunciado Mailan)? UN INDOCUMENTADO Resulta comprensible que Edison careciese, desde temprana edad, de acta de nacimiento, o de la discrepancia en su fecha de nacimiento -el once de febrero de 1847 o el 18 de febrero de 1848-. Edison habría nacido en medio de la guerra entre México y Estados Unidos, coincidiendo la última fecha con el año en que se firmó el tratado de Guadalupe y a poco más de una decena de años de promulgadas las leyes de reforma que establecieron el registro civil. Sin registro civil el nacimiento de Thomas Alva Edison, de haber sido capturado, aparecería tan solo en los libros de actas parroquiales. Y de existir los libros parroquiales de aquellos años, no se hallarían estos en Zacatecas, sino en Durango, diócesis a la que pertenecen las ciudades del noreste de Zacatecas. Agreguemos a esto el que haya una alta probabilidad de que los dichos libros parroquiales acabasen quemados, si no en la guerra con Estados Unidos, sí en la revolución o en la guerra cristera.
Quizás lo más interesante y novedoso de este asunto es que Alva Edison habría podido ser el primer mexicano que tuviese que modificar su identidad para ganarse la vida ya sea en Canadá o Estados Unidos y que, al hacerlo, su historia y circunstancia revelasen algo acerca de las presiones que los mexicanos ya vivían como inmigrantes, en los meros albores del tratado de Guadalupe. No contamos con todas las claves, ¡qué va!, pero sabemos que los primeros años de Edison, el nombre de la escuela primaria en la que estudió, el barrio en el que creció, los maestros que tuvo, sus vecinos, su vida de niño y de adolescente continúan siendo un misterio para sus biógrafos y para las enciclopedias, que ya luego buscan como subsanar los huecos fabricándose conjeturas. Incluso existen los ejemplares de El Sol de Durango de 19 en los que el propio Edison hiciera un llamado con el fin de investigar a sus parientes, sus inicios de vida y su origen (1926, 1927).
Los mitos que giran alrededor de personajes célebres son tan extraños como abundantes. El que aquí se narra es parte de esa práctica por la que la historia oral genera su propio curso hasta convertirse en una borrosa pista, la sugerencia de algo que no se puede constatar ni negar. A juicio del lector o de sus propias pesquisas quedará el continuar por esta veta y asumir los riesgos de una búsqueda que más parece el acceso a un laberinto sin salida. *The Theosophist. Publicada por N. Sri Ram. Septiembre-Abril de 1957. *Una carta publicada en Chile, en 1933, consigna este hecho interesante del modo como Edison hablaba “Edison pronounced the English language very defectively, so that it is impossible to translate his ‘argot’ (cant or slang)”. © María Dolores Bolivar
*** PROFESSOR CUYAS Professor of the Spanish Language No. 24 Main Street ![]() CUYAS, PROFESSOR OF SPANISH Por María Dolores Bolívar Pronuncio, luego existo… O el fuero territorial de los acentos La nomenclatura de las calles cambia, sin que podamos evitarlo. A veces, uno ni siquiera entiende por qué o por quiénes, en tanto que las personas de carne y hueso pierden incluso su humanidad a partir de que los rebasa la notoriedad de la calle a la que dan su nombre. Hoy, no hay persona ordinaria en Los Ángeles, escenario de estas reflexiones, que sepa ubicar a Sepúlveda, Vignes o Figueroa, sin dudar de si fueron primero sus nombres o las calles. Pero esta crónica no quiere perderse en los intríngulis del pretendido y pretencioso “garbo metropolitano/metropolitan garb” en el que se insertan los protagonistas de una nomenclatura citadina que decide, a capricho, mudar nombres para echar tierra sobre el “espíritu provinciano (quizás también mejicano)” -así se quiso eliminar inútilmente Main, High, Chestnut, los Chapules, Eternidad o Buena Vista -. Quiero con estas líneas subrayar el “garbo” sí, sí, el insólito donaire con que transitó por mi historia california Antonio Cuyas A. M. quien al fin de mis pesquisas reapareció bajo la piel del controvertido primer operador de Pico House, profesor particular de español y distinguido gentleman, afincado en una casona de Castellar St. Mister Cuyas es el polémico personaje cuyo nombre corrió como primera opción para asignarlo a la avenida High, hoy Ord St, por allá por los años ochenta del siglo 19 –Cuyas Avenue-. No sé si Antonio Cuyas fuese en verdad Antonio Cuyás (como la famosa enciclopedia) y que hubiese perdido su acento por virtud o desgracia de su residencia en Los Angeles (Así hoy muchos me nombran Maria Bolivar en lugar de María Bolívar). El Antonio Cuyas que yo encontré en el primer directorio oficial de la ciudad, avecindado en Pico House, en 1872 –época en que se desempeñara como su primer operador- se ganaba la vida de profesor de español en 82 y 83 a razón de algunos pesos por hora. A principios de los setentas Cuyas era uno de 1366 habitantes de LA aparecidos en el directorio de la ciudad, por separado de los precintos aledaños de Anahaim, El Monte, Gallatin, San Gabriel Mission, San José, Santa Anna y Wilmington. Pero no fue por este directorio que conocí del oficio de Cuyas, mi colega, sino porque años después él vivía y enseñaba en el número 24 de la calle Main -para el 15 de abril de 1882- y en el cuarto número 11 de Downey -para el 7 de noviembre de 1883- anunciándose en el recientemente aparecido Los Angeles Daily Times (diciembre 4 de 1881). Mis primeras preguntas surgieron a manera de guía de mis pesquisas. ¿Cuántos años tendría Antonio Cuyas en 1872 cuando operaba la Cuyas y Co, de arrendatario de Pío Pico? ¿Qué similitud habría entre la vida de este colega, avecindado en apartamentos -de menos tres en un lapso de once años y ofreciendo sus servicios, al decir de otros de su gremio, a términos modestos (módicos pagos)- y yo? ¿Cómo adquirió fama tal que se pensó en darle su nombre a una calle tan céntrica de Los Ángeles, siendo él apenas un emigrante llegado a la ciudad en 1869 y tan obviamente venido a menos o caído en desgracia a partir de la disolución de su sociedad y compañía Cuyas and Co tristemente agotada en el 73, año en que Pico entabló querella contra él en las cortes californias? PROFESSOR CUYAS Professor of the Spanish Language No. 24 Main Street La certeza de su residencia en Los Ángeles, durante los ochenta, al igual que la de su oficio, me la dieron los anuncios clasificados de los ejemplares no. 114 (Vol. 1) y no. 182 (Vol. 4) de Los Angeles Daily Times (Donde Los Ángeles tampoco luce acento) publicados los matutinos, sabatino y del miércoles, hace ciento veintisiete (127) y ciento veintiséis años, respectivamente. THE PUREST SPANISH En la plana del sabatino, en 1882, operaban sin competencia pocos profesores, uno de música y otro de medicina magnética, quien además fungía como doctor, ofreciendo sus visitas a domicilio. En la hoja del miércoles, un año y siete meses más tarde, la oferta de instrucción particular –TEACHERS- había crecido. Una profesora de arte, residente de la cuadra Nadeau, una maestra para niños menores de Francés, música y modales, Madam Leentine Harger; los profesores Brandau, de Piano y Órgano, Adams y Jolichvoigt de Francés y Alemán y Mancho, cuyo interesantísimo y elocuente anuncio debió sacarle una cana a Cuyas, considerando que éste repetía en 1883 su misma escueta línea promocional de 1882, con tan sólo mayor precisión en su nombre, quizás con el propósito de resaltar su ascendencia competitiva con respecto al señor Mancho –A. Cuyas A.M-. He aquí el clasificado del Prof. Mancho: PROF MANCHO Consult him before anyone else. Beware of other advertisements and careful in choosing your teacher. Special classes and private lessons in the Spanish and French Languages. Prof. Mancho, whose family is well known in Los Angeles, is so much a native of Spanish as others called so. He comes from the center of Spain (old Castile), where the purest Spanish is spoken. He therefore makes a specialty of teaching it to perfection, free from any mixture of other dialects. Moderate terms. South Fort, Street no. 9, near First. Investigar a Mancho me tomará más tiempo, debido a su sobrenombre, y puesto que carezco de los espléndidos datos que hallé siguiendo la veta Cuyas. Sucede que el 9 de septiembre de 1886 mi distinguido colega acudió a insólitos honores, dignos de especial atención. Hubo en la ciudad un debate en torno a darle su nombre a la calle High visto que el nombre de ésta entraba en conflicto con New High. Fue a estas alturas que descubrí que Cuyas arribó a Los Ángeles, procedente de España, en 1869, además de que fue el primer operador de La Casa Pico y que, para cuando el debate de su nombre aconteció en las páginas del diario, ya se había mudado a Castellar Street, una cuadra al sur de High. El nombre de Cuyas fue rechazado por el consejo de la ciudad, motivo por el cual la indignación hizo que salieran a la luz las razones de dicho rechazo: Cuyas era un nombre difícil de pronunciar. La alternativa Walters (apellido del dueño del hotel Internacional) fue brevemente adoptada. La decisión del consejo provocó la indignación entre las poblaciones hispanas. Las cartas al editor que consignan el referido debate aparecieron en el diario con fecha 8 y 9 de septiembre. Hoy son un interesante testimonio de época para cualquier profesor de lengua. He aquí el pasaje original tomado de dicha misiva que muestra el reparo del consejo y su recomendación: "to find a name more easily pronounceable by a Saxon tongue." THE SAXON TONGUE La carta al Times del 8 de septiembre argumentaba: “Ridiculous objection! and what a reflection on the capabilities of the "Saxon" race! It is a great shame that the Council should permit such a delusion to influence an important decision, and it is one that will certainly find little favor among intelligent people! Y el 9 de septiembre, bajo el título de “Cuyas Avenue Again” se avivaba la respuesta a favor del profesor: “Could anything be more absurdly unreasonable, while such names as the following properly exist for some of our city streets: Marchessault, Chavez, Figueroa, Vignes, Sabichi, Castellar, and so many more difficult to pronounce than "Cuyas" […]? Further comment is unnecessary, as any person of ordinary intelligence can readily perceive the emptiness of so lame an objection.” MODERATE TERMS Y ahora al punto principal que me atrajo a este pasaje de historia angelina. Cuál era el sueldo de Cuyas, como profesor de español. ¿Ostentaba al mismo tiempo los cargos de operador de Pico House y de profesor particular debido al costo de la vida? ¿Asumió el oficio decepcionado por los negocios y, en particular, por su fallido negocio con el célebre Pío Pico? En los mismos documentos que me revelaron su identidad descubrí algo de lo que habría podido ser el salario de Cuyas. La señora Leentine Harger se muestra en su aviso un poco más elocuente respecto de los “terms” de sus servicios –a los que otros profesores solo aluden como “moderate terms”. La señora Harger obtenía de cada uno de sus estudiantes, pagaderos por adelantado, tres dólares al mes, a cambio de instrucción de francés, música y modales. Ahora bien, la escuela de Negocios –o administración, que me perdone Mancho la mezcla de dialectos en mi español mexicocalifornio- cobraba por separado el español, como consignan estos avisos de Los Angeles Business College: LOS ANGELES BUSINESS COLLEGE Seventh year of this institution. Six under present management. A thorough course of Business Theory and training is pursued. Students admitted at anytime. Spanish taught separate by competent teacher. LOS ANGELES BUSINESS COLLEGE Year scholarship. Day………………$75 Evening…………. 40 Six months scholarship Day………………40 Evening…………..25 Per month Day……………….8 Evening…………...6 Spanish tuition separate: $5 per quarter $2 per month La colegiatura de este centro educativo, situado en el 417 de West 5th Street equivalía a unos siete dólares mensuales con dos, adicionales, por instrucción de español. No puedo imaginar que los términos de Cuyas excedieran los dos dólares al mes, lo que vendría a darnos unos cuantos centavos por hora. El valor equivalente de un dólar de aquellos tiempos puede calcularse en veinte dólares de hoy. Nuestro amigo Cuyas obtendría decorosamente de sus alumnos particulares una cantidad equivalente a unos trescientos dólares por mes. Y bueno, es obvio que entonces como hoy el oficio de profesor no era muy bien pagado. Y también es obvio, hélas, que el prestigio del profesor ha decaído pues, no conozco ningún caso contemporáneo de debate en torno a dar por nombre el de un profesor a calle o avenida alguna. Hay algo en Cuyas que me llamó la atención sobremanera, y es su estabilidad. Durante los 17 años que transcurren desde el día de su arribo a California hasta el día en que da inicio la polémica de la calle High (hoy Ord St), ocupa varias casas pero se mantiene en la misma profesión, ciudad, área céntrica. Un paréntesis marcó su vida alejándolo del ánimo de uno que fuera su buen amigo, Pío Pico. Los archivos de la suprema corte de justicia guardaron ese episodio que marcó la vida de Cuyas inclinándola de manera definitiva hacia la de un profesor de español, sin más vuelos. Es fácil deducir por qué se mudó de Pico House a Main y, luego, a Downey, para finalmente instalarse en su propiedad de Castellar. Aún así y a pesar de su prestigio que trasciende hoy, vía el diario y el directorio de la ciudad, ser profesor de español le dio una vida polémica que, a fin de cuentas, no le permitió acceder a la genealogía de las calles por las que transitó garboso, compartiendo con otros su lengua natal. Quizás le haya faltado a Cuyas establecer como lo hizo el colega Mancho, que hablaba castellano (from Castile), que poseía la lengua de Cervantes sin contaminación “de dialectos”. Pero no, sobrio, escueto, anunció su talento para ponerlo al servicio de sus alumnos potenciales, sin ensalzarse demás ni alertar a sus competidores como si seguro de sí mismo le bastase declarar: Cuyas, professor of the Spanish Language. Y vivió de ese oficio hasta alcanzar la notoriedad que sólo le birló el poseer un apellido poco sonoro a los de lengua sajona. Cuyás, Cuyas, Khueeas… ¡Ni hablar! © María Dolores Bolívar
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Es como la realidad de antes de la realidad a la que el periodismo rinde tributo con sus palabras en impresos, en imágenes, en los frágiles registros que la radio lleva momentáneamente a quien escucha… Expresión de un periodismo libre
“El periodismo cultural es una forma de agresión disidente y poderosa que tiene que seguirse practicando porque en ella nos va la identidad, la libertad, la expresión de lo que somos.” Roberto Ramos Perea ¿Coincidencias de la vida tan extrañas…? Con este año echa a andar una nueva década para mí. Hace once que viajé a Zacatecas, un siete de junio –involuntariamente, el día de la libertad de expresión. Los planes fueron inesperadamente retrasados pues permanecí una semana en el Distrito Federal, del 1º al 6 de junio. Todavía la noche antes del 6 de junio, sábado en que debía llegar a mi nuevo destino, alargamos la despedida en El Bataclán de La Bodega, con Astrid Hadad y un grupo de amigos entre los que se contaban los periodistas Virginia Bautista y Arturo López, la productora Lucy Orozco, la escritora Rosina Conde. No desperté el sábado 6 a las seis de la mañana para tomar el taxi que me llevaría al aeropuerto, así que mi salida se pospuso para el domingo 7. Domingo siete de junio. Parecería cosa premonitoria. Ese año la libertad de prensa en Zacatecas se celebraba en medio de un gran movimiento, la campaña del perredé por la gubernatura del estado con Ricardo Monreal de candidato. Con mi primera Casio digital –de pixelaje ridículo- y mi Toshiba laptop escribí un par de notas de opinión y las llevé a un diario local a ver si las publicaban. El desdén del director del diario al que acudí se alargó por ocho meses, luego de un plantón que jamás perdoné. Las notas mencionadas fueron publicadas en exclusiva en Arizona. No fue sino hasta marzo de 1999 que apareció mi primer texto en la sección editorial del periódico Imagen. Su título: “Pequeña felicidad” http://201.120.149.127/1999/03/14/Opinion1.htm ¿…Cuántas de nosotras gozamos de plena libertad..? ¿libertad a medias? ¿un poco de libertad? Si uno se asoma a las tradiciones, sobre todo la tradición jurídica, se topa con cuestiones que si no mueven a risa es porque son demasiado dramáticas. Todavía en los setentas aparecía en las actas de nacimiento de los hijos tenidos por algún hombre bígamo, "hijos adulterinos", donde como señalaba Don Luis G. Basurto, con quien me tocó comentar este entuerto, debía decir más bien "hijos de padres adulterinos." Otro tema a notar es el de que las mujeres casadas lleven en su apellido el ignominioso signo de la propiedad... Señora de fulano de tal. ¿Periodismo, what? Yo descubrí el poder y el placer de los periódicos cuando conocí a Efraín Huerta y él se llevó unos poemas míos para leer. Sin previo aviso apareció uno de ellos en El Gallo Ilustrado. Yo no me enteré de que había aparecido sino luego de que varios amigos me abordaron para felicitarme. ¡Cuánto honor para una poeta que apenas comenzaba y cuyas obras reunidas, para entonces, habrían excedido con dificultad aquel montoncito de poemas que Efraín prometió leer. Para muchos, la aparición en el papel habría significado el feliz augurio de una exitosa carrera poética. Yo en cambio, pude constatar lo poderosos que son los diarios, pues casi sin haber escrito, mi poema fue leído por prácticamente todas las personas lectoras que yo conocía y hasta otros que sin serlo accedieron al diario al ver mi nombre. Debo aclarar que no habría tenido igual éxito de haber sido publicada en algún otro suplemento, pero el impacto del diario y de sus suplementos se me quedó en la memoria. Yo había ido a la ciudad de México con el objeto de estudiar periodismo, carrera que truncó, sin más, una huelga universitaria que se prolongó por meses. De vuelta en Estados Unidos, a donde mis padres habían emigrado unos pocos años atrás, entré a Comunicación, pero me fui acercando a la Ciencia Política, dejando únicamente como “minor” o especialidad menor las comunicaciones. Los giros accidentales del periodismo Todo esto fue mucho antes de que me tocase lidiar con un diario de verdad. De manera se puede decir que accidental estuve cerca del equipo de redacción y foto de El Vigía en Ensenada. Fue después de septiembre de 1985, cuando muchos capitalinos –para entonces ya había pasado otra temporada larga en el DF- corrimos despavoridos a donde fuera, lejos de la ciudad de México. Me siento privilegiada de contar que mi refugio fue esa perla gris esmeralda que seduce de noche al mar. En El vigía, aparecían mis escritos, esta vez gracias a la labor editorial de mi amiga y colega Virginia Bautista y con extraordinarias fotos de Arturo López. Dije que llegamos ahí por accidente, pues ese año el novio de la hija del dueño, escritor también, decidió romper lanzas con su suegro y publicó imprecaciones que nos abrieron cancha a los vilipendiados chilangos, por unos cuantos meses. No recuerdo por qué acabó por dejarnos El Vigía, pero casi me atrevo a suponer, aprovechando lo borroso de mis recuerdos, que Rael (le poète maudit) volvió al redil, y por ende a la edición de nuestro suplemento. Yo desde entonces, recuperé por instinto de supervivencia mi costumbre de aclarar que no era chilanga sino sonorense y así me vi libre de la xenofobia excesiva que la norteñez impone sobre los mexicanos sureños. “¿Quiere patas en el caldo?” y Dí Nos engolosinamos tanto con la prensa que formamos un grupo de temperamentos y talentos que alguno de nosotros tituló Dí. En Dí nos dábamos de topes pues es muy diferente colaborar con un periódico que producir uno, aunque no sea de a diario pero, como se dice en inglés, "from scratch". Y, claro, como muchísimas publicaciones de todo tipo, Dí nos duró lo que al triste la alegría. A mí más que lidiar con las publicaciones, todavía entonces, me fascinaba escribir y lo hacía de manera frenética y con el mérito que tenía el hacerlo en una máquina mecánica. Pero las páginas acumuladas, las notas que revelaban mi reprimida vocación eran sobrepasadas por una rutina de siete chambas y siete amores todos (chambas y amores) a cual más de conflictivos. Yo era una reportera de corazón; mi línea, captar los rasgos culturales del México que me rodeaba, mi verdadero y obsesivo esposo infiel. A mi labor diaria, para la que me hubieran hecho falta un par de alas, se sumaba mi afán viajero que no conocía límites y que aún dentro de una misma ciudad me llevaba, literalmente, a todos los rincones. Los editores de Di eran un poco autoritarios y acabaron por exasperarnos con su ánimo rigorista que luego cometía errores insólitos e imperdonables. A mi texto le quitaban comas, como movidos por un frenesí dictatorial que luego también le mermaba significado a mis frases. Pero la anécdota pivote de nuestra fracasada cooperativa editorial se dio cuando a Nelly, motor entusiasta de aquella empresa condenada, entregó un texto sobre la tortura al que atropelladamente el editor dio al traste sustituyendo tortura por ternura. Antes de que a Nelly, cuya pasión se expresaba en una voz que retumbaba por fuera de los muros de su casa proyectándose por todo el vecindario, le diera una crisis cardiaca, la publicación y la cooperativa quedaron disueltas y nuestros sueños periodísticos –pese a que nos despedimos civilizadamente un año nuevo, junto al mar, fueron a dar al fondo de un montón de cajas. Con mi texto “Quiere patas en el caldo” conseguí el financiamiento de mi participación en una conferencia en mi tierra natal, Hermosillo, y luego el enganche para dar clases en la Universidad Autónoma de Sinaloa, durante cinco meses con todos los gastos pagados, justo antes de comenzar mi doctorado en la Universidad de California, San Diego. Trabajo mandado a hacer para mí, acabó por permitirme el contacto con Carmen Aída, que sin serlo la propietaria de El Sol de Culiacán, operaba como si lo fuese. No era muy generosa con sus espacios, pero en cambio sí con las entrevistas que me hacía en sus páginas de cultura. Cuando llegaba a Culiacán aparecía en sendas planas dobles contando mis avances profesionales, mis logros literarios y, sobre todo, mis críticas a los medios culturales tan restrictivos y patriarcales como el resto del sistema político mexicano. Otro acontecimiento accidental me llevó al paso pasito por mi afición por el oficio del texto testimonial. Las noches atropelladas en Culiacán, interrumpido mi sueño en parte por las balaceras nocturnas, en parte por los borrachos que salían, ya sea peleando o cantando del bar que se encontraba justo abajito de mi habitación, siempre a eso de las cuatro de la madrugada, fueron forzosamente noches de lectura. Al berrinche del insomnio acudió en equilibrio mi disciplina lectora de cuantos libros había traído en mi maleta y cuya errática presencia en mi vida merece, por sí misma, un ensayo por separado. Mi libro de cabecera se volvió uno cuya propietaria –no recuerdo si Nelly o Adalgiza - jamás me reclamó, pese a su inmenso valor; era Cartas marcadas de Margarita García Flores. Sus extraordinarias entrevistas a personajes de la vida cultural mexicana entre los que se encontraban José Revueltas, Rosario Castellanos, Rogelio Naranjo, Jorge Ibargüengoitia, Fernando Benítez, era un viaje maravilloso a cada uno de esos epicentros culturales. Aquel fabuloso compendio de vidas y pasiones dignas de contarse me hizo prometerme a mí misma que alguna vez intentaría realizar una sola entrevista, así, como las que hizo Margarita. Y releí aquel libro adoptado, varias veces, poniendo toda mi atención en las preguntas y las respuestas de todos aquellos personajes. Entre Mochis y Navojoa Durante mi doctorado, el periodismo fue mi tabla de salvación. Sólo gracias a él y a sus enormes representantes mexicanos pude armar una tesis doctoral que pretendía estudiar eso, la revolución de papel, por fuera del canon y la distancia necesaria que críticos y escritores establecen con la prensa diaria. Porque fue a través de esa prensa que se dio cauce a las rebeldías e indignaciones del México profundo. Solo un periodista habría podido consignar las andanzas en torno a Teresa Urrea, en un pueblo remoto, ubicado entre Mochis y Navojoa. Solo un recorte de periódico habría podido traer a la luz en tiempos de la novelista Silvia Molina la vida trágicamente anónima de una mujer “ausente de razón”, recluida en una de esas horripilantes Casas de Beneficencia, alegoría del poder y de la marginalidad en tiempos de la Guerra de Castas. Y yo tenía que encontrar la manera de escribir lo que vivió la generación de mi bisabuelo materno y cómo aquella historia pudo terminar con los Flores Magón exilados, aún después de la muerte y Ricardo preso y oscuramente fallecido en Leavenworth, Kansas, a cinco años de declarado el constituyente que legisló en pro de la libre expresión. Historia larga que, sin duda, ocupará las páginas de otros comentarios. Comencé a colaborar para revistas en Culiacán (editadas por amigos) y a escribir para los suplementos de La Opinión y, luego, ya siendo profesora en Arizona, para El Observador, diario local de Phoenix y la región fronteriza con Sonora, atinadamente dirigido por Leonardo Reichel Urroz. Para la lógica de los demás aquella escritura sufriría el freno natural y lógico que le imponía la labor académica. Para mí, la vida me preparaba para el giro inesperado que me llevó a la aventura nada placentera de vivir, inmersa de cuerpo entero, el periodismo a la mexicana. De la Avenida Hidalgo a la calle del Ángel Recién desempacada en Zacatecas fui invitada a colaborar en un espacio radial con una cápsula de opinión cuyo título, de entrada, me produjo náusea: “Opinión calificada”. Me atemorizó aquella invitación, principalmente porque yo jamás había hablado en una cabina de radio y porque sustituía a Alain Derbez quien además había tenido un programa radial musical muy popular en el estado. De nuevo, fue la manera en que me daba cuenta de que otros me escuchaban lo que hizo que, sin saber ni como, me ganara la vida de reportera y editora de cultura, sintetizando en opiniones escuetas y atrevidas el sentir de muchos que se reconocieron en mis cápsulas. Los temas, variadísimos. Escribía acerca de las colas insufribles, la violencia de los precios de la luz, de las tortillas, de las escuelas; las agresiones al ciudadano en los bancos, donde fui impedida varias veces de cobrar mi salario por no contar con la tarjeta de elector y pese a mostrar media docena de identificaciones con foto; o en las oficinas públicas, las calles y, otra vez, las escuelas. De vuelta en mi país, llegaba con una visión crítica que muchos tildaban de malinchista pero que la mayoría encontraban clara y al punto. Alegoriza todo aquello la ocasión en que acudí a la Procuraduría Federal del Consumidor y pasé ahí una hora y media más de lo previsto. El contratiempo hizo que tuviese que improvisar mi cápsula pues me faltó el tiempo perdido en aquella antesala para concluir mi tarea. Al momento de entrar a la cabina la solución se apareció frente a mí, clara y contundente. Qué mejor tema para sustituir el pensado para ese día que narrar como aquella oficina había abierto media hora después de lo establecido por el horario al público, desplegado claramente en la puerta. De manera espontánea conté como la señorita que me vio llegar -“llegó muy temprano”- me pidió que la esperara mientras ella se iba a hacer unas compras –“son encargos, justificó”-. Sin pensarlo dos veces me dejó pasar a esperarla, sentada al interior de la oficina que por motivos personales dejaba abandonada. En la espera yo misma abrí la puerta a otros quejosos que esperaron conmigo, haciéndonos todos de anécdotas de casos sin resolver y problemas que nos volvieron solidariamente enemigos de la señorita que al volver a la oficina casi se muere por mi atrevimiento. Me despachó con rapidez y malos modos y el tema y la odisea circunstanciales que rodearon a aquel contacto con los supuestos defensores de los consumidores, originó varias decenas de llamadas a la estación. Por aquella y otras cápsulas que siguieron, comencé a quedarme sin trabajos, sin casas, sin derechos. La historia, por supuesto, es mucho más larga y dolorosa, pero bajo las amenazas constantes de mis jefes, de los servidores públicos y hasta de algunos vecinos, el periodismo acabó siendo a la vez refugio y virus mortal. Lo más valioso, lo que se quedó conmigo, fue la disciplina de ver y analizar lo vivido; el tomarme el tiempo de conocer "todos los rincones" y de aprender a vivir la vida, no como otros quieren que la vivamos con la intención superficial de sobrevolarla, sino de entrarle a pie; de recorrerla, palmo a palmo. Así, realicé o colaboré -cual si fuesen batallas en las que perdí y fracasé, irremisiblemente- con varios periódicos y revistas -Olas Civiles en impreso, Letras que cuentan, Letras que cuentan radio, La carreta alegórica, La Llovizna, Mi pueblo, Imagen, La Ruda (en impreso), La Ruda en Internet y Geografías Errantes. Hoy intento seguir organizando la revista electrónica Olas Civiles que quiere recoger las voces del exterior, como dice la lírica de La Banda El Limón al tiempo en que "mis pies caminan tierras ajenas, pero mi gente piensa en su tierra". De testigos, como solía sugerir que fuésemos los escritores José Revueltas, vamos acumulando esa historia que anda errante, en éxodo. No todo se nos queda. No siempre se puede. Pero esa labor requiere de nuestro compromiso, pensando en los que miren desde el futuro hasta estos tiempos desordenados e inciertos. ¿Se vive del periodismo? Me preguntó con un dejo de burla una académica que no daba crédito a mi trayectoria reciente. Y mi respuesta no debió ser la pausa que siguió, marcada por mi negativa a asumir cualquier respuesta que indicara que aquella no era una pregunta fácil de encarar… Pero luego de esa pausa y de manera natural me salió el ¡no! No sólo no se vive del periodismo, los periodistas mueren ejerciendo su oficio, cuando lo hacen con veracidad y siendo fieles a los hechos. El periodismo es muchas cosas y nada… es un virus mortal o por lo menos una enfermedad contagiosa y progresiva. Se vive con dolor, como los malos amores. Se padece como si fuera un mal cíclico, con visos de fatalidad como las más sonadas tragedias. Pero es también seductor, motivante, inspirador. Te jala, como rápido en río revuelto; te atrapa, cual rejilla destinada a un animal salvaje que, de otro modo, incidiría en la aventura de una vida sin límites para las aventuras. Es, en definitiva y a manera de broche, más que un oficio, una manera de vivir y percibir lo que se vive; más que una profesión, un camino que se anda a modo de condena infinita; más que un trabajo, es una senda liberadora que lo mismo da rienda a las ilusiones, desata tormentas, aviva huracanes y vuelve a la calma en cosa de segundos, el tiempo justo en que toma ordenar lo vivido antes de que los vientos azoten de nuevo. ¿Libertad de expresión? Es como la realidad de antes de la realidad a la que el periodismo rinde tributo con sus palabras en impresos, en imágenes, en los frágiles registros que la radio lleva momentáneamente a quien escucha… ¿Celebrarla? ¡No! hay vocablos más precisos… vibrarla, anhelarla, ansiarla, arrancarla a quien sea, propenderla, buscarla hasta por debajo de las piedras, defenderla, rescatarla, imponerla, tramarla, exigirla, fabricarla, urdirla, maquinarla, desearla, obsesionarse por ella, alucinarla. ¡A ver! Los próximos diez años quiero decir, criticar, levantar la voz, valerme de la palabra, tomar el cosmos letra a letra y que nadie se atreva a callarme, a censurarme, a argumentar que esto o que aquello o que lo otro y lo demás allá…© María Dolores Bolívar ***María Dolores Bolívar nació en Hermosillo, pero creció en la ciudad de México. Estudió en el Liceo Franco-Mexicano. Realizó estudios de Ciencia Política en Francia y Estados Unidos, obteniendo la licenciatura en Ciencia Política por la Universidad Estatal de San Diego (SDSU). Obtuvo maestría y doctorado en Literatura y Estudios Culturales por la Universidad de California, San Diego (UCSD). Es profesora de Español en San Diego Mesa College. Como periodista ha publicado crónica en La Opinión de Los Ángeles, Dí, El Vigía, El Observador, El Sol –Culiacán y Zacatecas-, Imagen, Mi Pueblo y La Llovizna. Su poemario La palabra (H)era obtuvo el Chicano Latino Literary Award y su obra ensayística aparece en Casa de las Américas, El Colegio de México, Texto Crítico y Nuevo Texto Crítico. Es autora de los libros Ciudad que se me escapa, De espaldas al mar, Éxodos de ida y vuelta, Zacatecas polvo y luz, Corral de tierra y de las revistas electrónicas Geografías Errantes, La Ruda y Olas Civiles. Envía tus comentarios a:golondrinapresumida@yahoo.com.mx
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