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Así era: Las velas eran globo inflado, el timón no tenía densidad y en el aire estábamos a la deriva. 
Vuela barquita mía, surca la mar ligera De la novela La Revolución en Samarkanda Por Kepa Uriberri Santa Adelaida carabela y pasado el tiempo, siempre contra la corriente, informo dos puntos digo: A ti, oficina seiscientos dos con lluvia y viento mientras nuestra imaginación vuela libre y septentrional, en verano amarillo y verde de aguas rumorosas ¿azules? Sólo el cielo sin nubes pero buen viento. Sin urticaria ni sarpullidos, el sapo del Quebec y caca de perro metida en las filigranas del tallado de la pata de madera de palo son evaporados recuerdos que no vuelven. Y que te quede claro, seis cero dos, mirando tu ventana ahumada donde rebota smog y lluvia, ninguna melancolía es pública, todo recuerdo es privado o hiere, o ataja, o frena, mira sólo al pasado y como tu ventana no muestra la realidad sino siempre lo mismo y no sirve. Hazlo, abre la ventana que entre la lluvia y el suave humo de vapores urbanos: Es lo que viene. Lo ido se atesora no se ensucia ni se revuelca, ganamos la batalla del sapo y ahora a otra cosa miramos, el corazón en paz y el ojo de palo limpio y claro, sereno ve el horizonte al fondo del lago Ontario. El pasado, al interior del olor añejo de la oficina, más allá de la entrada detrás del tiempo ido, en las imágenes antes de Samarkanda, ya fueron triunfo o fracaso ya no hay conquista allá, sólo vive en el interior del interior y no soporta luces. La mierda de perro ya fue pisada y no huele hoy sino ayer. Hoy es mío, el futuro es la conquista, lo demás por bien hecho a los recuerdos íntimos y no públicos, lo mal habido y lo sufrido se restañe y apague. Fue necesario seiscientos dos, según te digo, navegar por estribor del San Lorenzo manteniendo la Santa Adelaida en Canadá. Salsa, Merengue y Cumbia por la ciento dos punto tres hasta Kingston en el lago Ontario. No somos tan bien vistos en Ontario como Quebec. Hay recelo y es fe. La Avenida del Mar quedó al pairo frente a Johnson street, donde casi en la esquina con King Street. Hacia Clarence se encuentra la cantina donde pude al fin encadenar a mi Flor María según le digo ya, Azuleja, en castellano. Solo bebimos vinos: Yo syrah y ella chardonay frío. Además nos miramos a los ojos. Ella embrujó el mío de palo. Por oficial, este informe no describe lo que en mi diario personal relato y bien almorzados, incluso bajativo, dormimos siestas al sol en castillo de proa y más también. Esa tarde, según se relata salimos en busca de la línea acuosa de la frontera, recitando la Oda a Walt Whitman, de Poeta en Nueva York y otras del admirado Federico, y se le recuerda: Por el East River y el Bronx los muchachos cantaban enseñando sus cinturas, con la rueda, el aceite, el cuero y el martillo. Noventa mil mineros sacaban la plata de las rocas y los niños dibujaban escaleras y perspectivas. Con esta música de verdad y lamento navegamos bordeando el imperio y enseñando el pensamiento de otras culturas que no claudican, y lloramos emocionados cuando la voz dura de Satam Lúar, en soledad y sin Medallita de Lourdes, pero con emoción habló por Federico a Whitman. Nueva York de cieno, Nueva York de alambres y de muerte. ¿Qué ángel llevas oculto en la mejilla? ¿Qué voz perfecta dirá las verdades del trigo? ¿Quién el sueño terrible de sus anémonas manchadas? Ni un solo momento, viejo hermoso Walt Whitman, he dejado de ver tu barba llena de mariposas, ni tus hombros de pana gastados por la luna, ni tus muslos de Apolo virginal, ni tu voz como una columna de ceniza; anciano hermoso como la niebla que gemías igual que un pájaro con el sexo atravesado por una aguja, enemigo del sátiro, enemigo de la vid y amante de los cuerpos bajo la burda tela. Ni un solo momento, hermosura viril que en montes de carbón, anuncios y ferrocarriles, soñabas ser un río y dormir como un río con aquel camarada que pondría en tu pecho un pequeño dolor de ignorante leopardo. Frente a Rochester terminó la oda, en el silencio del lago, en la frontera del imperio, en la calma de la cofradía que escuchaba sincera: Y tú, bello Walt Whitman, duerme a orillas del Hudson con la barba hacia el polo y las manos abiertas. Arcilla blanda o nieve, tu lengua está llamando camaradas que velen tu gacela sin cuerpo. Duerme, no queda nada. Una danza de muros agita las praderas y América se anega de máquinas y llanto. Quiero que el aire fuerte de la noche más honda quite flores y letras del arco donde duermes y un niño negro anuncie a los blancos del oro la llegada del reino de la espiga. A ello hemos venido. El silencio sería religioso y casi veo seiscientos dos tu pecho recogido de emoción. Al encontrar, tanto después la boca del río Niágara que bota sus aguas a este lago Ontario, por el que seguiremos a contra corriente, nuestra ciento dos punto tres habla así por la voz del poeta muerto, por defender la cultura: Un día los caballos vivirán en las tabernas y las hormigas furiosas atacarán los cielos amarillos que se refugian en los ojos de las vacas. Otro día veremos la resurrección de las mariposas disecadas y aún andando por un paisaje de esponjas grises y barcos mudos veremos brillar nuestro anillo y manar rosas de nuestra lengua. ¡Alerta! ¡Alerta! ¡Alerta! Navegamos con Federico, hablando por él, recitando por él, al borde de la frontera de ese mundo en que escribió lo que hoy hablaba, navegando un sueño, buscando fantasía, hasta penetrar en la húmeda nube que escapa del salto de agua y nos baña la cara, y nos hiela el alma. ¿Cómo remontar la altura, y la fuerza de esa caída? Son sesenta metros que caen al final de la cascada a ciento veinticinco kilómetros por hora, a lo largo de un encajonamiento de un kilómetro de largo, de incesante agua y niebla, espuma y rumor sordo. ¿Cómo, en esas condiciones, se sube en un paso sesenta metros, repletos de arcoíris? Seis braseros negros escupen flama en la cubierta de proa a popa. Las velas latinas se han instalado entre las vergas de proa y mesana, y también atadas a las amuras, y adaptadas las jarcias tensas para hacer una cúpula que sea empujada, no del viento, sino del propio calor de los braseros negros en cubierta. Cuatro días se trabajó en las velas y aparejos, cuatro en los braseros que escupen fuego, para llenar de calor este artilugio, que comienza a restarnos peso. La noche del día noveno la línea de flotación de la Santa Adelaida ya ha comenzado a bajar lenta pero a paso cierto. La ciento dos punto tres toca música de Italia y Roma: Penso che un sogno così non ritorni mai più mi dipingevo le mani e la faccia di blu poi d'improvviso venivo dal vento rapito e incominciavo a volare nel cielo infinito Volare oh, oh cantare oh, oh, oh, oh nel blu dipinto di blu felice di stare lassù e volavo, volavo felice più in alto del sole ed ancora più su mentre il mondo pian piano spariva lontano laggiù una musica dolce suonava soltanto per me Volare oh, oh, oh, oh... Los pechos, de pezones negros, ya señalan la cima de la catarata, hacia donde la Santa Adelaida mira serena. Al amanecer ya casi alcanzamos la altura de la garganta superior, y una brisa suave del nordeste, nos acerca amable y lenta al curso de agua que cae embravecido. Desde el Niágara Parkway en Ontario y la torre de observación en Nueva York, y en el Rainbow Bridge la gente amontonada señala la carabela que surca lenta su propio sueño. Ya casi alcanzábamos la altura de los parques superiores de Glen View y Whirlpool para el medio día. Ahí, y te lo digo sincero, seiscientos dos; comenzaron las dificultades. "Timonel: Atención el curso. Todo a babor cuarenta y cinco grados y busque curso sureste", grité desde el puente, atado a Flor María Azuleja, que tomaba notas y notas para su reportaje, tironeando la cadenita de la lujuria, sin intención de cumplir su atadura. "Eso intento, mi almirante, pero no se puede". "¿Es usted, cófrade, un ineficiente acaso?". "Es que el timón no basta en el aire, y no hay velas". Así era: Las velas eran globo inflado, el timón no tenía densidad y en el aire estábamos a la deriva. Este almirante no es del aire, y me pregunto: "¿Qué pájaro nos guía?". En cuarenta minutos se había soltado las velas de estribor, a popa, de modo de coleccionar viento por ese lado y virar la proa hacia el curso del río que viene del sureste. Dando y quitando vela, bajábamos peligrosamente sobre la fuerza de la caída de agua, o nos impulsábamos sobre las copas de los árboles de Glen View. Te digo oficina serena, que fácil miras las ventanas de la oficina de seguros, al frente, o al dawn que sacude trapos, y a las palomas escapando del tiuque cazador, o a los niños que juegan con barquitos en la pileta del fondo en el parque: No era de predecir. Flor María Azuleja tomaba fotos con una maquinita de celular y ponía numeritos en papel, yo le gritaba en la oreja instrucciones para los cófrades, y daba señas con pito. La carabela caía y el rumbo entraba al parque. Teníamos un ángulo de veinte grados con el curso superior y bajo la quilla la River Road que no era en modo alguno navegable. ¿Por qué pensaba en Horatio Bennett? ¿Es que me estaba saliendo sarpullido en la nuca?, ¿Es que olía a sapo comiendo caca de pez? Entonces me calmé, y lo dejé a la imaginación del destino: "¡A la cresta!, ¡Mala cueva!" grité a la cofradía, "es hora de la lujuria de la siesta" dije a Flor María Azuleja y la tiré con suavidad de la cadenita hacía el camarote del almirante. "Inflen todas las velas. Cuando estemos sobre el afluente en Black Creek me avisan". Sólo a ti te digo, oficina lejana que el Niágara hace, una "ese" invertida: Nada más que la parte cercana a la garganta escapaba de nuestro curso en el aire, como pájaro fragata, pero la segunda estaba, quise creer, en nuestra línea, y si me equivocaba, soy de dura mirada y corazón sereno. Tendríamos que volar hasta el lago Erie, y esperar que no viniera viento del este, desde el Atlántico océano, sino sólo el que guía el benéfico cajón del San Lorenzo cuando nos favorece. Con buena fortuna que merezco y emitiendo canciones de mar y cielo al llegar a la desembocadura del Black Creek estaríamos sobre agua y habría que descender. Mientras, le canté junto con la ciento dos punto tres, a Flor María Azuleja, en el oído: El mar y el cielo se ven igual de azules y en la distancia parece que se unen... y la fui tirando suave hasta el camarote. Ella, con sus labios de reportera me susurró noticias que quería oír, y escribimos juntos, parte del reportaje de nuestra intimidad. Nos despierta el estruendo de los helicópteros. Flor María Azuleja, asustada, tironea su meñique que se enredó en el vello de mi pecho cuando me escribía su nombre en francés, griego, y cirílico. Desnudos corremos a cubierta. Por pudor tapo la cuenca vacía de mi ojo de palo que llevo en la mano, con un parche negro. Es posible que la banda de babor, si descendiéramos al agua, estuviera al pairo y tangente a la ribera este del brazo poniente de la Gran Isla del Niágara, que separa a éste en dos brazos. Sobre nosotros, un helicóptero sopla su enfurecido viento de matapiojos empujándonos hacia abajo, a la vez que una brisa del norponiente nos empuja hacia la isla. La frontera entre Ontario y Nueva York es la ribera oriente de este brazo del río de modo que si asomo la mano para señalar viraje, la metería al territorio aéreo del imperio del bien, y sería verticalmente acribillado por el pajarraco metálico que vuela sobre nosotros. "¡Qué mierdas espera para virar tres grados al weste, timón!" grito entre el tableteo de las hélices. "Tengo todo el timón al weste, almirante". Asomo un centímetro el ojo de palo por la banda de babor, para mirar hacia abajo, y alcanzo a ver una franja mínima de agua que nos salva de ser invasores terroristas. La ciento dos punto tres transmite nuestro himno revolucionario, que los cófrades cantan como cuando esperábamos en el Zarafschan: El junco de la ribera y el doble junco del agua, en el país de un estanque donde el día se mojaba, donde volaban, inversas, palomas de inversas alas. El junco batido al viento -estrella de seda y plata- le daba la espalda al cielo y hacia el cielo se curvaba, como un dibujo salido de un biombo de puertas claras. El estanque era un océano para mi barco pirata: mi barco que por las tardes en un lucero se anclaba, mi barco de niño pobre que me trajeron por pascua y que hoy surca este romance con velas anaranjadas. Estrella de marineros, en junco al barco guiaba. El viento azul que venía dolorido de fragancias, besaba de lejanías mis manos y mis pestañas y era caricia redonda sobre las velas combadas. Al río del pueblo, un día, llevé mi barco pirata. lo dejé anclado en la orilla para hacerle una ensenada; mas lo llamó la corriente con su telégrafo de aguas y huyó pintando la tarde de letras anaranjadas. Dos lágrimas me trizaron las pupilas desoladas. Y en la cubierta del barco se fue, llorando, mi infancia. Su romántico autor, Óscar Castro, parecía cantar siempre con nosotros. "Descosan la vela de babor, desde la verga de mesana hasta la banda" instruyo a los encargados de aquellas jarcias. "Nos vamos a desinflar y caer a pique, almirante" me dicen. "Sin embargo el empuje del escape por babor nos apartará de la frontera". Aquí media tarde de la Santa Adelaida, cuyos hermosos pechos ya se proyectan sobre el río y como siempre contra la corriente. Es fe. Informo y se dice: Abiertas costuras y descenso sobre aguas que aceleran ritmo hacia el salto a nuestra popa. Retiramos velas en globo recogiendo todos los aparejos, y calzamos ancla. Sé que tu ventana anochece, oficina seiscientos dos. El tiuque, sobre el techo picotea las plumas de un jilguero, el hombre dawn sólo mira el cielo de su habitación cerrada. Estás en tu reclusión perenne y poderosa. Casi veo los hilos que de ahí surgen hacia cada elemento, hacia cada rincón, y hay alas en tus ojos y cuerdas en tus pies, que te atan y te anclan como a nosotros este río. Helicópteros aún pasean sus alas que giran sobre nuestra imprudencia. Recién ahora nos vemos desnudos, y sentimos frío. Ya estamos otra vez en el paraíso prometido. Ángeles de hierro danzan en el aire y sus espadas que giran y cantan la danza de la muerte, protegen el paraíso de los que no saben del paraíso de los hombres de la tierra de la unidad, de la tierra sin nombre, y del centro universal. Digo: Anochece seiscientos dos y tu vuelo surca, éste y aquél danzan en aire y agua hacia donde nadie va, en busca de lo que no se encuentra, convencido que es bien la búsqueda y no hallar. ¿Escudriñas la noche? ¿Trazas el destino? En la luz apenas negra, al fondo del parque y su pileta, un niño levanta del agua su goleta de tres palos con mascarón de proa y enseña, bajo la media luna recostada que hace el amor con Sirio. Venus los mira. Vamos acomodando aparejos según se requiere, en nuestros palos o en nuestros cuerpos que quieren estar desnudos sin pudor. Cuando tus veinticinco pantallas, y las cuatro ventanas se apagan sobre Samarkanda, nos alcanza luz de estaño y ocaso mientras la vieja bola de puro fuego rueda en la inversa mesa rugosa de rojos paños hasta ser tragada por las copas de los árboles de verano. Suavemente nos oponemos al río hacia el Erie, mientras al oriente los molinos de hierro y viento nos siguen y vigilan. Sobre agua y ocaso somos peces guiados por la mirada verde de Santa Adelaida, mascarón y sagrada imagen. Nos recibe el Erie que evacúa como un lavamanos por su cañería, el agua por el Niágara hasta el sumidero en el Ontario. Recalamos donde no hay puerto y sólo avenida de mujer. Helena Road se empalma bien a la avenida nuestra del Mar. Ahí luces de camino y carabela se funden en la noche y la música y baile en cubierta, tropical y castellano llama a los paseantes cuyas miradas sorprendidas nos vieron recortar cielos azules, y capturar nubes cirrus y nimbos. ¿Allá, seis cero dos, ves el reflejo de la Santa María del cerro en las ventanas? ¿Hay luces raudas que retornan trabajadas a casa?. Es hora de romanza que habla en suaves notas, lo sé. Es así como llega desde esa mirada nocturnal nuestro destino de discoteca y boite. La cofradía y este mismo almirante encadenado, ahora, a nuevos compromisos si de amores o lujurias, no lo sé; de noches tempranas, bailamos en cubierta y festejamos con sidra abastecido en Quebec, cervezas de Ontario, y otros licores de reserva: Esta garganta de roble madero, educada en Chile prefiere Carmenere de Tarapacá ex Zabala cosechado hace ya tres soleadas temporadas, y mi compañera flor de azules ojos como su nombre y María Santísima lo dice pide chardonay de Errázuriz Panquehue, enfriado con sales y corriente del Erie suave hacía el curso del río eferente. Nuestras candelas terminan por hacerlo: El vigía avisa desde el nido de cuervos: "Vienen a nosotros... vienen a nosotros...". "¿Quienes vienen cófrade vigilante?". "Son jóvenes, en parejas vienen. Están atados con cadenetas por sus cuellos, almirante. Se unen con esclavas como usted mismo". Yo mismo ya los veo. Vienen bailando a nuestro propio compás por la Avenida del Mar y golpean nuestra mampara. Algunos traen geranios rojos. "Ea guardia de puerta pregunte qué los trae". "Quieren bailar cumbia, merengue y salsa dicen. Preguntan el precio del consumo mínimo y que incluye". "Diles que música y amistad. Nada más. Licor y alimento según lista en preparación en el puente de mando". A media noche ya hemos repuesto inventario tres veces y en cubierta bailan y se divierten en castellano más de ciento veinte lugareños y sesenta neoyorquinos. Hemos improvisado un cartel de anuncio que dice "Santa Adelaida - La carabela del aire - Cultura libre y diversión global". Por la Avenida del Mar y la Helena Road se ha juntado una cola de espera que tiene la ilusión de entrar a medida que otros salgan. Casi no sucede. La ciento dos punto tres transmite programada mientras Medallita de Lourdes y Satam Lúar se han esclavizado también según nuestra costumbre y moda, y se dan manotacitos de amor apoyados en la banda de estribor. Muchos murmuran, hasta llegar a la Helena Road: "Esta es la carabela que remontó el Niagara Falls convertida en pájara de palo, y burló a los ángeles de fierro del paraíso, acuatizando aquí cerca como el velero de Peter Pan". Otros, convencidos se preguntan: "¿Es que esta es la tierra de Nunca Jamás?". "No lo sé" les responden, "pero al menos esta carabela navegó largo tiempo en el limbo, diez minutos antes, o tal vez después, cuando nadie la esperaba, y regresó plena de piratas, en las Bermudas". "Eso será sólo leyenda. No es posible". "Sí. Sí lo es. Se sabe que mientras aquello ocurría, su almirante hacía el amor en Vila Real, en la tramontana portuguesa". "¿Y alcanzaremos a abordar hoy?" Como se requiere, a ti te digo seiscientos dos, que miras por tu ventana nuestro destino mientras lo construyes: "Somos el éxito del carrete[1]". © Kepa Uriberri Visita: http://kepa.tcmsoft.com
*** Después de muchos esfuerzos logro hacerme un café con leche sin hormigas, y un pan con mermelada en la que navegan viscosas las malditas bichas, que voy sacando poco a poco mientras como. 
Hormigas a bordo Por Kepa Uriberri De la novela La Revolución en Samarkanda Santa Adelaida sin poder zarpar, con pata de palo de madera de eucaliptus tedio y aburrido, sin odalisca. A ti oficina seis cero dos según requieres informo dos puntos: Pisé caca de perro y mala señal. Vivo entristecido con pata de repuesto de mala madera. Cófrade Satam Lúar según se solicita, se dice. Culpable sin poder demostrar otra, y condenado a reponer material. Medallita de Lourdes, cófrade bibliotecaria condenada en complicidad como se requiere y vigilancia. Condena impuesta libera y permite retomar locutoría y radio. Tendrán ambas condenas que recitar y cantar afinados so pena de castigo con azote y paseo bajo la quilla, mientras no exista material. Se transmite señal ciento dos punto tres mega hertz. Adjunto siguiente fragmento con voz de Medallita dos puntos: «Es agria, desnuda, seca, paupérrima y triste la vida española para quien no vive metido en cafés, borracho de charlotes, necio». Por su parte, «Marcel Proust me parece un idiota que todavía cree en los problemas sicológicos y en el detallismo inepto de los naturalistas», más aun que ya es fe que «Díaz Arrieta es un títere que no sabe qué es arte por definición». Por esto y mi situación es que «ahora les ruego guardarme las espaldas. Yo vivo aún en España: consideren esta carta como el más íntimo diálogo familiar». Consideren que «vivo hace dos años en medio de un pueblo indescifrable lleno de oposiciones, absurdo fraude, hasta noble, pero absurdo puro. Hambreado y sin ímpetu de hacerse justicia; analfabeto como los árabes vecinos (tan lamentable casta); inconexo: hoy republicano, mañana monárquico felipista; pueblo en desprecio y odio de todos los demás pueblos: de Francia, de Inglaterra, de Italia, de... la América que llaman española». Dícese que se leyó de diversos trozos que recuerda y no sabe quiénes lo dijeron si Mistral o Huidobro, Vallejo o Neruda, talvez Cortázar o Carpentier. También improvisación y música: Mar y viaje amor en lenguas cascarones con velas y aguas de río. Jamás río por un amor que me robó mis libros, mis discos. Culpa ajena condena mía se fue con otra que saltó sobre geranios rojos siguiendo su falsa gaita y su melodía. Páseseme bajo la quilla sobre los palos mayores cuélgueseme bajo el bauprés como Santa Adelaida viva ya no importa cualquier castigo. Nótese en el canto el ritmo de flamenco, y el dolor vivo. Es amargura de español y aprende gaélico por correspondencia. Satam Lúar sólo la consuela y se miran a los ojos. Témese nuevos amores y desastres. Y Te digo caudillo en tierra y elevada oficina, que cambiaba la estación si pudiera. Lúar sólo anuncia sus penas, y la lamenta: "Pobre mujer" dice al aire y se oye que le tirita la pera. Otrosí. Comisión de persecución busca señales del mascarón sin éxito, créese que ha navegado río arriba y se vende en los estados imperiales. Una vez seña verdadera esta carabela zarpa con Marieta verde colgada. ¿La odalisca? No se pregunte por odalisca oficial de la insignia nave. Fuese colgada de verde morral y gaita maldita. Nada más vio mi ojo de palo. Sospéchase fuga de amores. Tres días sin noticia y escape, y más y más mirando a la izquierda, tanto que su nombre no digo. En cubierta y puente de mando este Dumango cierra y dice dos puntos: Ya tendré pata de palo de caoba fina y limpia y otra cosa será de pleno verano y cielo azul que sin más me despido con deseo y mucho más y menos que decir. Es. Reff Dumango Almirante en misión y a bordo Del diario personal del almirante de la Santa Adelaida Aquí digo que es otro día de río y no hay más. Mi mala pata de eucaliptus me impide salir a buscar a esa díscola odalisca fugada. Haber pisado meca de perro es mal presagio, y mi pata de caoba hállase sumergida en agua salobre de este San Lorenzo por babor, que lento va lamiendo ese agrio sabor, salido de culo de perro chico, o gran mastín tronador. Ya no importa: Igual es caca. ¿Envenenará a los pequeños peces? ¿Comerá mañana, río abajo, mi Arabella con su hombre que hablaba gaélico, en ribereño restorán, algún frito pez, alimentado con la hez, de aquel maldito perro? Y digo: ¡Ojalá! Beberá agua del río, como si fuera el de Peñaflor, tal vez, y pudiera, entonces tener caca de perro, que mi pata vengativa de caoba pisó, y echó, como un poeta triste a correr por el río, para mi amada que ya no me ama y no la espera al instante con alegría, como envío de mi amor. Quizás, mientras lavo mi desgracia en la rumorosa agua del San Lorenzo, ella se ría y ría interpretando los movimientos leídos en sus labios, y se amen furibundos en las calles y en los bares, mientras yo ya no pienso en esa periodista de atractivo nombre: Fleur Marie Bleuatre, cuyos redondos senos me distrajeron, y me hicieron pisar meca de perro. Si mi mirada aun fina, pues con ojo no se pisa, y la mantengo limpia con cepillito de pelo de foca, aún recuerda, es a la ominosa alcaldesa de mar y río. Con sus caderas más amplias que las de la Santa Adelaida, y sus pechos más redondos, y su mirada más gris, y su pelo de color de miel y trigo, como castañas por dentro, y sus manos suaves y no pequeñas, y sus piernas largas que no huyen sino por el contrario, al menos hacen un esfuerzo por quedarse, y su pecho agitado y su boca loca, y su afelpado triángulo de perdición, y su lengua alegre que habla francés y no conoce la erre, dijo "la meg et la guibieg sont le domain de cette alcaldesse". Y pensar que todo eso no tiene importancia alguna sino la felicidad de sentir su tibia compañía junto a mi ardiente deseo. No olvido en modo alguno esa boquita pequeña y gruesa, que llegó tan roja y se fue pálida como Catalina, y rosada como una flor alegre. Era también y nunca lo hube sabido, gruesita por dentro, que casi no se cabía ahí en esa pequeña caverna de ansias y risas. Qué piel tan amarilla envolvía toda esa maldita noche de anhelos y juegos, con su triángulo castaño al centro por donde busqué, por donde encontré por donde navegué magues y magues y guíos y guíos a tgavés de esa hegmosa noche de luz y sombga guebotando en el agua inquieta, hasta que me dogmí con las siguenas de pelo claro, de ojos grises, de pechos redondos y duritos, de caderas amplias de Francia. Antes de irse quiso saber si mi intimidad era de caoba también: "Tan fina, tan suave y bien labrada, dispuesta como madera" dijo y se fue. Este diario es personal e intransferible. Jamás se reproduzca. Se guarda. Digo más: Madrugada acompañado; alcaldesa que sale furtiva y pálida como Catalina, y para no ser sorprendida escapa a nado, desnuda por el río. Tibio sol y buen hambre, en cocina de la Santa Adelaida, y mascarón de Marieta verde, con la señora coronada de luces y antorcha en la diestra de la verdad, y los derechos de libertad de los hombres proclamados en la Francia en la siniestra, busco en los armarios mi taza azul que no está, y digo: "¡Donde diablos está mi taza azul!". Los altavoces de la señal ciento dos punto tres mega hertz dicen en recitación: "Perdón, creía que la suya era de otro color. Roja pensé que era y elegí la azul primera para no molestar a un almirante o a cualquiera" "¡Por las naranjas de Neptuno! Siempre ha sido azul la mía. Antes fue roja y todos querían usar la roja. Me di por vencido y cambié a verde: Todos quisieron verde y mi taza verde estaba siempre sucia cuando venía a hacerme el desayuno. Entonces cambié a azul que es el color del mar, y de mi ojo de caoba y del otro, y pensé: Ahora sí, nadie me la usará, y vengo a hacerme mi desayuno, con hambre, con apuro, con taza azul, y está sucia". "Lo siento" dice el ciento dos punto tres mega hertz, a través de los altavoces de proa y popa. La voz de la Medallita de Lourdes suena verdaderamente arrepentida. Lavo mi taza y mi cuchara para hacerme el desayuno, y pongo pan a tostar, como corresponde. Digo: "Listo el pescado frito y asado, cocido y pelado: ¡A tomar desayuno!". El azucarero, como siempre parece tener terroncillos de azúcar con café. Entonces pregunto: "¿Quien crestas mete la cuchara con café al azucarero, que deja estos terronotes asquerosos?". Esta vez los altavoces de ciento tres punto dos mega hertz solo transmiten el sonido del silencio: "Cri-cri cri-cri...". Subo un terrón a la cuchara para limpiar el azúcar de mugres ajenas, y el terrón tiene patas y arranca tirándose cuchara abajo. "¡Megde d'un chien!" digo. Hay hormigas en el azúcar. ¿De dónde salen hormigas en un barco? Logro perseguirla y la tiro por el desagüe. Me echo dos cucharadas, y veo como dentro de mi taza corren libres tres hormigas más. "¿Quién mierdas, está trayendo hormigas a la carabela?". De nuevo responde el ciento dos punto tres por los altavoces: "Esta es su frecuencia ciento dos punto tres" dice, "mi panecillo dulce también tenía hormigas del Quebec". La acariciadora voz microfónica de Satam Lúar, reintegrado en sus funciones, denuncia la incipiente invasión. Después de muchos esfuerzos logro hacerme un café con leche sin hormigas, y un pan con mermelada en la que navegan viscosas las malditas bichas, que voy sacando poco a poco mientras como. A veces las siento saladas y picantes en la boca: Las escupo por estribor, a través de la tronera con geranios. ¡Que mueran! digo, pues humanas no son. Bitácora de a bordo. Hormigas y hormigas que invaden, se comen el azúcar y no hay señal de mascarón de la Santa Adelaida. Esta carabela ya parece derretirse de rutina, lo digo y es fe. Se decide por necesario dos puntos: Último día anclado en Baie Comeau. Al rayar el borde del sol tras las altas aguas del San Lorenzo esta carabela perseguirá ese rumbo contra corriente, con o sin Dama de palo, con o sin odalisca que no vuelve y se fue tras el hombre que habla gaélico y que tampoco ha vuelto. Cúmplase orden de alcanzar Matane, Rimouski, Quebec y más y más hasta unir ambas mares océanas como se requiere y rodear el imperio. Hormigas y hormigas nos harán huir de aquí. Mi taza azul, mi pan de miel, mi galleta de avena tienen malditas hormigas que escupo muertas, por la borda desde el puente, y me pregunto: ¿Por qué pienso en la muerte? y cavilo y cavilo, y resuelvo: ¿Por qué no pensar en la vida que se deja y no en la muerte que se encuentra?, ¿Por qué no en la prolongada vida, de la muerte que no llega? Y así como la hormiga que escupo bien puede estar muerta, también puede estar viva, más al caer al agua, ahora con caca de perro, muere ahogada de agua agria. En cambio el marino, o el simple mortal se salva. Y si el pobre hombre no se salva, se le salva. Y si no quisiere, se le pone un tubo en la traquia y se le respira como debe ser y necesita. Tenemos en este caso, del hombre con tubo que no respira por sí, sino por tubo y máquina, uno que ya no es todo hombre sino ayudado a serlo. Sin embargo es persona viva y no muerta. Será por la larga espera, pero cavilo y divago: ¿Qué si este hombre al que se le respira por tubo en la traquia, es un almirante que ve por ojo de palo, y camina por pierna de fina madera lavada de caca de perro: Está vivo o un poco muerto? Nadie dirá: "No es persona pues camina con ayuda, ve con ayuda, respira con ayuda", sino lo contrario dirase: "Más hombre, más persona, pues a falta de tener y sufrida la sustitución, de la pierna, el ojo, la respiración, supera las limitaciones y vive como otro cualquiera, comanda una carabela, y hace una revolución". Pero divagando más me digo: ¿Qué tal si perdiendo una batalla, un obús me da y rompe el esófago, y para comer se me instalare un tubo de acrílico amarillo, directo al estómago? Nadie podrá decir que no seré persona, sino sólo con más limitación. Pero, si los males de a uno no vienen, quien dice que no quede cuadrapléjico y no pueda mover pies y manos de madera o palo, carne y hueso: ¿Seré entonces ya, algo menos persona, o en todo caso igual? ¿Talvez estaré algo muerto, o vivo total? Aquí bajo este cielo aun de plata de Canadá, flotando en esta agua de río con caca de perro y pata de caoba que en ella se lava, me viene, talvez del calor de la madrugada, talvez de fiebre propia, la inquietud: ¿Donde termina la vida y empieza la muerte?. "Natura non facit saltum" dijo alguien, en mal latinazgo talvez (¿Fue en Cádiz, o Salamanca? ¿Fue Cervantes o Shakespeare? ¿Voltaire o Descartes? ¿Cioran o Nietzsche?). No importa si en latín o francés, lo que importa es el pensamiento que se hace verdad: Si la naturaleza no da saltos, entonces nunca se ha de pasar de vivo a muerto ni vice versa, sino gradualmente: Medio vivo, medio muerto, dos terceras partes muerto una tercera vivo, y en sucesión, de esa manera. Dos pajaritos se posan en la amura. Siete hormigas se los comen vivos. ¿Se los comen vivos?, ¿O sólo empiezan a comer vivos y terminan muertos? ¿Cuando mueren los pajaritos? ¿Al ser devorado su corazón? talvez en ese momento aun intentando latir, llegaba a su pequeña cabeza de pajarito chincol el olvido de su tierna amada que en el nido esperaba, al escapar por el agujero de su corazón comido. Entonces aún estaría vivo. Mira maldito Canadá, con tus alcaldesas de mar y río que me hacen pensar en la vida y su límite final, en vez de disfrutar el recuerdo de su boquita gruesa por fuera y por dentro, de su afelpado triángulo personal. Pero es la angustia de cualquier capitán: Ese hombre cuadrapléjico, que sólo mueve sus ojos, uno de palo y el otro con retina de gelatina, y brillos inteligentemente grises, alimentado por tubo, respirado por manguera, defecado con máquina, hidropésico, orinador gravitacional, que se le reputa persona, se le escara el culo, se le hiere y gangrena la pierna sana; y no importa: Se cambia la otra pierna por una de palo, el culo por otro acolchado y relleno, de espuma de neopreno, y la columna por un hierro, y los brazos con madera de abeto de marioneta. Todo su entorno es artificial para que no muera, y vive ochenta, cien años, y es persona, sólo que sufre y eso le hace más persona y vivo. Sólo angustias y pensamiento de almirante: Si hubiere sido el chincolito de la amura talvez se le matare para que no sufriere, y su carne y vida se le entregare a las malditas hormigas que luego entre mis dientes, metidas en mi panecillo también mueren, o vivas y mordidas se ahogan en el río. Pero es persona y está vivo. ¿Y si el ojo bueno pierde la visión y se cambia por otro tan fino y labrado en caoba, pulido con cepillito de pelo de foca, haciendo toda la visión de palo? ¿Y si la piel ya curtida a los doscientos tres años sostenido vivo, se cambia por hermosa piel de neopreno? ¿Y los huesos por acrílico verde? ¿Y el pecho por un choapino de fina lana de alpaca, tejida en los bellos rincones del sur mapuche?. Pero si ha estado siempre vivo, y remplazado con tecnología de modo que siga vivo y no hay eutanasia alguna y la persona esa no la desea, y el material de recambio es eterno, entonces esa persona lo es, y está viva. Vive por siempre y nada es propio sino todo artificial: ¿Está vivo? ¿Está muerto? ¿Y si murió?: ¿Cuándo lo hizo?. Talvez al cambiar su corazón por un marcapasos, o su cara hermosa de fina piel por acero puro y sin estaño, pulido y fraguado. ¿O está vivo?. Ahora llego a pensar que de este modo, y muy poco a poco talvez se pueda aislar químicamente la vida, y rodearla de algotro elemento que no sea el animal. Tendríamos vida eterna. ¿Y por qué no? ¿Cuál de las malditas partículas de este almirante caudillo es la misma que estuvo en Samarkanda, y no se peló con la mecha del cañón?. ¿Cual nació conmigo?. Si alguna lo hizo, talvez ellas porten la vida: ¿Cuales son? Quisiera tener los tratados de la metafísica de cierto escritor que alimentaba pajaritos bajo un parrón, y encontrar tantas respuestas. Por ahora me saco otra hormiga de la boca, la observo con el ojo de palo, y la dejo ir rengueando por la baranda. Un rayo de frío sol, húmedo del agua del San Lorenzo le ilumina el rostro mientras huye: Es hora de partir. Se grita la orden: "Izar los trapos, levar el fierro del agua, a surcar la corriente". Tres pitazos cortos, dos largo y otro más confirman la orden. A poco la Santa Adelaida se mueve buscando la corriente en contra. "Que se moje la Marieta verde" digo, para apurar el ritmo, y la vida. © Kepa Uriberri Visita NaranjaPlátano También http://kepa.tcmsoft.com
*** …sus opiniones sólo atañen a su visión personal, en un plano no ideológico. Quienes lo vean de otro modo, creo que yerran, por una cuestión casi costumbrista: Todo chileno exiliado, intelectual o artista, enfoca su acción al plano político. 
Leyendo...leyendo Por Kepa Uriberri Un lector tolerante debe ser aquel que puede, casi siempre, ir más allá de la página cuarenta o setenta de cualquier libro, y seguir leyendo, a pesar de todo, hasta el final. Si se acepta esta definición, podría calificarme, al menos, como lector tolerante. Claro está que un lector tolerante corre el riesgo de no ser un buen lector en términos de la selección de libros que lee y puede ser un traga aventuras y superventas. Un peor riesgo es ser un lector de bodrios y vivir leyendo porquerías. También habrá que tener cuidado con el lector selectivo, que puede posar de tolerante, pero que sólo lo es en razón del prejuicio en el momento de elegir. Por ejemplo, si sólo leo autores clásicos y muy selectos, no será nada de difícil ser tolerante. Tolerar a Chejov, Tolstoi, Balzac, Flaubert, Poe, Melville, sólo llegar hasta Günter Grass, García Márquez, leer cuidadosamente a Fawlkner y no pasar de esos límites nos asegura la tolerancia. Pero otra cosa distinta es ser tolerante con autores difíciles como Joyce y su mamotrético Ulises, o con Borges si se odia la metafísica. Más difícil si leemos a Kundera o Gombrowicz y también a Coetzee o Elfriede Jelinek, e incluso algunas cosas del incomparable Franz Kafka. Me considero, con todo, un lector tolerante, aunque debo confesar que tengo sobre mi escritorio y también en mi computador portátil el Ulises de James Joyce al que llevo leyendo unos tres años a sorbitos breves. Es una especie de combate que no deseo perder. Entretanto leo otras cosas. De repente cuando quiero evadirme de escribir, paso tres, cinco, diez páginas con Dedalus. Incluso llegué a leer, hasta con cierto interés, entre retazos del Ulises, el Retrato del artista adolescente y concluí que de joven el personaje me es algo más interesante, a pesar de sus muy aburridas clases de religión. Otro pecado, reparado recientemente, fueron Los Premios de Julio Cortázar. Intenté leerlo hace unos veinticinco años y llegué hasta que el Malcom ancla frente a Quilmes. Ahí me desembarqué y el libro envejeció y se ajó hasta que sus páginas, ya amarillas, comenzaron a soltar polvillo y aroma a papel viejo; entonces, quizás más maduro, y por eso más tolerante, comencé a leerlo de nuevo. Esta vez hice todo el frustrado viaje e incluso descubrí que esta fue la primera novela del autor. La escribió como una manera de ponerse a prueba, pues no estaba seguro de ser capaz de escribir una novela. Requiere de tolerancia: La novela aparte de ser un cuento largo, no dice nada. Recibo de regalo la tercera novela de la trilogía "Historia de una absolución familiar" de Germán Marín. Está compuesta por las novelas, que no he leído, Círculo Vicioso, Las Cien águilas y por la que recibí dedicada por otro aficionado a la literatura: "La ola muerta". Germán Marín (quizás de ahí parte el regalo), es uno de los candidatos al premio nacional de literatura, que este año corresponde otorgar a un narrador (curiosidades del protocolo del premio, que se entrega cada dos años, alternando en cada versión sucesiva un poeto y luego un narrador). Quien me regala el libro, me escribe en la primera hoja: "... ojalá no tengas este inicio de la trilogía de este otro aficionado". Reconozco el pecado de no haber conocido al autor, quizás por eso de que «Nadie es profeta en su tierra». En el curso de la lectura disolví ese cargo de conciencia, de evitar a los coterráneos, que también me acompañó durante un tiempo con Bolaño, que nunca obtuvo el premio nacional de literatura, quizás por demasiado joven. Marín en "La ola muerta" menciona, varias veces, aunque sin dar nombres dentro de su quehacer, estar editando alguna novela, siempre muy deficiente, de algún chilenito. En nuestro país casi nunca estimamos las profecías ajenas y cultivamos con dedicación el refrán. La discriminación persistente del autor, me absolvió de la culpa de no haberlo leído ni conocido antes. Me preguntaba, al comenzar esta lectura, que recién termino: ¿Por qué la dedicatoria del regalo lo calificaba como "este otro aficionado"? Atravesando la lectura fui confirmando la opinión en diversos aspectos. Se supone que el autor es editor. Más aún, es el editor de su propia obra, y más todavía, critica en más de una ocasión la escritura de otros en sus diversos aspectos, pero en su ola muerta no es difícil encontrar fallas de edición, tan básicas como la ortografía. Lo descubro bastante enemigo de las haches iniciales, como en "oradar" una gota la piedra y otras. A mí, personalmente, me molestan como chirrido de pizarrón los dequeísmos en que incurre, erróneamente, con demasiada frecuencia. También resulta extraño que el protagonista del pasado (de su mismo nombre, o más, de su mismo yo) diga en mil novecientos cincuenta y siete: «Ser escritor, qué risa, parecerme, por ejemplo, a Enrique Lafourcade», que en aquel entonces era todavía muy desconocido: ¿Será descuido? "La ola muerta" fue una lectura tolerante. Un crítico de poca monta pretendía impugnar como candidata al premio nacional a una conocida autora, quizás la más conocida de los candidatos a nivel universal; porque él nunca había leído más allá de la página cuarenta alguna de sus obras (¡cuánta pretensión! ¿y si la genialidad de la autora comienza en la página cuarenta y uno?). Si fuera ese crítico, no habría superado la página treinta y cinco, y habría retirado la candidatura de Germán Marín. No obstante, no me arrepiento, con todo, y a pesar de pasajes tediosos, que quizás lo van haciendo merecedor del calificativo de "este otro aficionado", de haberla leído completa. La novela, como ya dije, es parte de una trilogía. A la vez está estructurada sobre tres ejes (¡Qué raro! ¿no? ¿Tendrá alguna cábala el autor con el tres? Y me pregunto, ¿por qué la gente gusta de las trilogías? ¿por qué no dilogías o pentalogías?). Los tres ejes de la estructura de la novela son: El autor narrador, el protagonista narrador y el editor. Curioso artilugio en la estructura de la novela, que de esta forma más parece casi un artefacto que una obra literaria. Comienzo por aclarar que el editor Venzano Torres no es más que un escondrijo ficticio del autor y protagonista. Es decir los tres ejes de la novela son tres visiones de Marín. Esta sería como una trinidad dentro de la trilogía, constituida por el Autor (padre trino), el Protagonista (su hijo trino) y el Editor que articula el amor infinito entre el Autor y el Protagonista, dando forma de obra literaria al trabajo de los otros dos. ¿Será una reminiscencia subconsciente de su educación jesuítica temprana? No lo sé. Si me quedara sólo con la estructura de la novela, ya tendría que aceptar que hay un desafío más experimental que intelectual o literario, pero que podría justificar su emprendimiento. Si Cortázar escribió "Los premios" como un experimento por ver si era capaz de escribir una novela y fue, incluso, apadrinado por Borges: ¿Por qué habría de negar mérito a este experimento, mucho más osado, cuando menos, e incluso más interesante como tal? Pero voy por partes. El desarrollo de la novela va trenzando las tres miradas que la componen. El lector se va encontrando, en la secuencia de lectura con la historia del protagonista que es interrumpida y comentada en el diario del autor, a la vez que ambas van articulándose en las notas, abundantes, del editor. En la parte del autor, el diario que da cuenta de los acontecimientos que acompañan la creación de la historia del protagonista narrador de pronto, más que referirse a la creación del relato, va devanando el aburrimiento del autor que parece estar varado en Barcelona, más que establecido ahí. De este modo, terminamos asistiendo a dos historias paralelas, separadas por el tiempo: Una que no va a ninguna parte y otra que tampoco; aunque la segunda, la del protagonista narrador parece estar en el borde de punta de la ola muerta, porque a ratos intenta alcanzar algún destino, sin llegar a lograrlo. Como sea la gran masa muerta de la ola, y la fuerza poética de la imagen del título se sostiene por el diario del autor. Da la impresión que Marín es un desarraigado, empujado por la ola del exilio, del que nunca se repone. Quizás, más aun, lo carga con un desapego de la tierra madre que se ve sembrado en la historia del protagonista, que se autoexilia en Buenos Aires, empujado por su insatisfacción existencial; quizás la misma que arrastra hasta Barcelona. A ratos es como si la historia de Marín fuera el preludio de la historia de Marín. Quizás hacia el final de la novela el autor se da cuenta de esto y decide llamar a esta novela "La ola muerta". Sin embargo, leyendo la narración de esa historia, en la segunda instancia de la obra, que es la médula de la novela, da la impresión que el desapego es más fuerte que el desarraigo. El protagonista se va del país sin que lo echen y vuelve sin invitación. Le resulta necesario. El retorno es producto de una segunda huida. En el diario del autor con frecuencia se agrede a personas, hechos y situaciones por el sólo expediente de estar atadas al país del cual el autor huye; una vez huyendo de sí mismo y otra huyendo de las circunstancias, como si su sino fuera siempre huir y no hacerlo es considerado una limitación torpe. Al huir, Marín, siempre se establece en algún limbo. Lo mismo el autor que el narrador protagonista; el primero reconoce ser quince años turista en Barcelona, mientras el segundo se queda contra su proyecto de llegar a Europa, en Buenos Aires. Pareciera que de pronto los lugares lo atraparan. Haciendo analogías entre los polos de esta trinidad, veo al protagonista escapando del padre poderoso, que posee el poder no por ganarlo, sino por la fuerza del abuso: Fue puesto en el sitio patriarcal sin consentimiento del hijo quien es contraparte de dicho poder. Otro tanto sucede con el autor, que escapa del poder de la dictadura, en cuya génesis no participa y es también abusiva. No obstante, no es claro que una situación sea una alegoría de la otra, del mismo modo que no veo claro que el autor utilice la obra como una manera de criticar a la izquierda política que lo empuja a la segunda huida. No me parece una obra sobre política, ni sobre el golpe militar, ni sobre el exilio, aun cuando a ratos el autor, desde su aburrimiento muestre una visión muy diferente a la tradicional de la izquierda, arañando de esa manera el prestigio cultivado por esta, en el exilio y en la imagen de la dictadura y del gobierno de la Unidad Popular de Allende. Pero sus opiniones sólo atañen a su visión personal, en un plano no ideológico. Quienes lo vean de otro modo, creo que yerran, por una cuestión casi costumbrista: Todo chileno exiliado, intelectual o artista, enfoca su acción al plano político. En Marín no es verdad, o bien lo hace muy mal, si es que estoy equivocado. Junto con la narración de la huida a Buenos Aires y el diario que da cuenta de la construcción de ese relato, hay un tercer eje articulador de estos otros, donde el autor se oculta en el editor Venzano Torres. Al comenzar la lectura llama la atención la insistente introducción de Venzano Torres y los editores. A lo largo de toda la obra, después, el lector se va acostumbrando a los llamados del editor, que va comentando, tanto el diario como el relato, o lo va complementando con supuestas confesiones del autor. Entre estas notas por supuesto hay llamadas aclaratorias de expresiones coloquiales del lunfardo, o de chilenismos y más. Al comienzo parecen sólo eso; pero a poco leer, se puede calibrar con claridad su peso específico como parte de la novela, aun cuando se podrían ignorar. Sin embargo, si así se hiciera, el sabor de la novela sería otro. "La ola muerta" está editada por Sudamericana y es una novela que vale la pena ser leída por quienes se mueven en el entorno literario. El esquema que plantea el autor tiene el mérito de no ser una jugada audaz por ser distinto. ¡Hay tanto innovador que innova por ser notorio, sin sentido ni razón! En esta novela, la jugada está bien calculada, bien hecha. Los tres ejes de la novela convergen en "La ola muerta", que se va formando lentamente a lo largo del texto. Ya al final, quizás en su apogeo, el autor anuncia que la novela está concluida. Entonces uno busca la última página y recién se da cuenta que hasta el final hay casi veinticinco páginas de notas del editor. También diez más antes del término del texto. Marín concluye la novela por decreto, así: «He resuelto dejar la novela hasta aquí junto con la decisión, asumida hoy, de viajar a Chile próximamente, y tal vez es lo mejor que puedo hacer». El texto de la obra sigue, aunque ya no es la novela, ¿o sí? Son retazos del diario del autor, al menos. El doce de febrero, en el fragmento doscientos noventa y seis, concluye la obra, quizás con un capricho citado al pasar en alguna parte, que sostiene que envidia a Fawlkner y alguien más, porque no describen, sino que hacen sentir al lector inmerso en lo narrado; entonces adopta un tono poético diferente y a partir de una escena de una película a la que asiste en el cine Céntrico, va abriendo la imagen hacia el río Imperial, al sur de Chile, en el que navega el ferryboat American Boy, descrito en la novela "Círculo vicioso", primera de la trilogía, como una forma de cerrar el círculo con una escena que en la última nota del editor Venzano Torres, explica que simbolizaría el destino común, en la muerte, de todos los personajes que navegan a bordo del barco y formaron parte de las tres novelas de la trilogía. Este último fragmento está cargado de romanticismo a través de un tono bucólico que logra llevar al lector al cine, con pantalla grande, con escena final majestuosa, con ancho río en el que se aleja el barquito, rumbo a perderse en el horizonte. Se ven en su cubierta los personajes que el autor fue mencionando en la novela, se oye el murmullo de sus diálogos, sin llegar a oírse lo que dicen: Se van. © Kepa Uriberri Visita http://www.naranjaplatano.com/ También http://kepa.tcmsoft.com
*** Todo esto por graciosa obra de nuestra imagen y semejanza.  Profesión de fe Por Kepa Urriberri En el nombre del Personal, y del Impersonal, y del Pensamiento Amén. Se requiere profesión de fe, santo y seña, mantra y oficio tal. Creo en Todo y en Nada, que está y no está, personalmente o por encargo. Dudo de mi mismo pero creo en lo demás, que de suyo es más tangible que yo mismo, en tanto y en cuanto a mi mismo en mi ser íntimo jamás me toco por pudor y prohibición. Creo que todo y nada alguna vez, siempre o nunca existió y hoy por hoy ya sí, de lo que se cree por fe y más. También creo que si creo entonces se creó aquello y también esto, y de su inmácula voluntad nació toda sana creatura que deambula en dos o cuatro patas o vuela y nada de nada por aguas profundas o superficiales, lo mismo que alado vuela como poesía y verso diverso. Todo esto por graciosa obra de nuestra imagen y semejanza. Creo en la creación, en la reproducción, en la producción, en la duplicación, en la falsificación y en el invento, creo en la falacia y el engaño conveniente, creo en la autoridad y la institución del poder, creo en las dinastías, y jerarquías, en las comunidades organizadas y en sus dogmas imperecederos, creo en el orden y el caos que lo sustenta, sin el cual el orden no se mantiene. Creo que nada cambia y todo es estable, creo en el cambio permanente y sutil que se hace inmutable, creo en el largo plazo que nada depara. En fin creo en el fin que proviene del principio en el que jamás creí ni será nunca demostrado, creo que el fin sólo pertenece a lo que comienza. Creo que nada nunca comenzó sino por el contrario todo tiene principio y fin aun cuando cazándolo nunca lo alcancemos pues el pasado ya es principio y el fin nunca se alcanza. Creo que es muy tarde ya para pensar, si no lo hicimos desde siempre y somos como todo y nada, Amén © Kepa Uriberri *** Para estos conflictos, para muchos otros y en especial para la mayoría de los grandes conflictos sociales, el gran gestor es el mismo que comenzó a impulsar la gran primera revolución moderna que puede resumirse en la primera frase de esta reflexión: «L'État, c'est moi», que refleja la gran acumulación de poder, que sin importar el régimen, todos los sistemas de convivencia humanos van produciendo en su acuerdo social, muy lentamente. 
El acuerdo social se construye sólo muy lentamente Por Kepa Uriberri «L'État, c'est moi»: ¡Cuánto poder real habrá acumulado "Le roy soleil" en su mano, en su palabra, en su voluntad, para que haya dicho la frase en cuestión, o la haya sugerido! Es tan fuerte ese poder que su figura ha quedado indeleblemente asociada al significado de ésta. Se requiere, para ello, un acuerdo tan fuerte de cesión de derechos, voluntario u obligado, en forma de abuso gracioso, para que una sociedad entera fuera incapaz, incluso más allá de su muerte de oponerse a ese poder, que sólo pudo contrapesar una de las revoluciones más trascendentes de la historia moderna, casi ochenta años después de su deceso. En fin, esto sólo demuestra que la construcción de acuerdos sociales se produce muy lentamente. ¿Cuanto demoró el degradado imperio ruso en caer despedazado en la revolución de octubre? Quien haya leído Ana Karenina de Tolstoi, o Los hermanos Karamazov de Dostoievski, podrá ver que la sociedad rusa estaba ya corrompida, para la década de los setenta del siglo diez y nueve, hacía un buen tiempo. Ambas novelas y muchas otras, incluso anteriores, lo advierten ya en su prosa. A veces resulta ilusorio el empeño de algunos que pretenden cambios inmediatos a través de protestas y acciones de presión que llegan incluso a la violencia. Los acuerdos sociales nunca son fruto de una manifestación o de un golpe violento y conciso. Ni siquiera los golpes de estado dictatoriales de extrema fuerza lo logran. Estos sólo reprimen y retardan discusiones que a la largan vuelven a surgir su curso hasta su maduración definitiva. Quisiera poner un ejemplo que puede escandalizar a algunos y que hace algún tiempo pudo escandalizar a muchos: Hace algunos días un científico, en un laboratorio logró producir vida de modo totalmente artificial. La noticia pasó sin casi ninguna notoriedad. Hace un par de décadas, posiblemente habría producido graves discusiones en el ámbito ético y moral. A partir de este hecho, sin duda ninguna, vendrá el momento en que la ciencia devenga a la producción de seres humanos perfectamente programados, y empuje lentamente a la sociedad a la legislación de acuerdos, hasta que el hecho sea una forma cotidiana de reproducción asexuada y cómoda. ¿Por qué no? ¿No será, acaso, un solución para quienes no pueden procrear naturalmente? ¿No permitirá, por fin, el añorado anhelo humano de separar el placer del sexo de la cuestión reproductiva? Será, por fin, el punto de inflexión que permita alcanzar, a la mujer, la plenitud de sus derechos reproductivos y quizás si zanje, de modo definitivo, la discusión sobre el aborto y la contracepción.
La sociedad actual no lo aceptaría porque no hay un lento proceso de entendimiento, proposición, escándalo, discusión, adopción de facto y legislación. Cada proceso social sigue esta trayectoria, lentamente, como un curso de agua más o menos torrentoso o calmo, dependiendo de cada caso. ¿Quién pudo adelantar que la familia humana terminaría fragmentada, desvirtuada y marginada de los procesos legales, para asirse a la decisión libre de sus miembros? En mi país, a modo de ejemplo, en un año, los matrimonios celebrados decayeron a un cincuenta por ciento, sin embargo, las uniones de hecho, aumentaron en más que el crecimiento vegetativo de la población. La permanencia de la estructura familiar tradicional ha decaído violentamente. Recuerdo, de niño, haber recibido la reticencia de mis padres respecto de amigos, hijos de padres separados, mientras ad. En algún momento sucedió y fue necesario decantar la nueva costumbre en normas sociales: Ley de divorcio, legitimación de hijos, protección y más. El matrimonio, en tanto, lentamente se extiende como un anhelo de parejas homosexuales, que poco a poco van ganando terreno en este sentido. Me reconozco un decidido defensor de la vida. Siento que el aborto es una aberración criminal. Sin embargo es un hecho social que lentamente va superando el entendimiento, ha estado plenamente instalado en la fase propositiva, promoviendo sus necesarios escándalos y discusiones. Muchos lo van adoptando de facto y hay sociedades que ya lo han reconocido como una cuestión que requiere legislación. Particularmente, yo mismo, he llegado a reconocerlo como un sentimiento personal sostenible, pero jamás defendible como un absoluto. Lo mismo sucedió antes con el divorcio, sucederá con la eutanasia y la eugenesia, quizás también con derechos que hoy nos parezcan tan absurdos como el del suicidio y quizás otros más sorprendentes. Una gran cantidad de estos procesos resultan calmosos, es decir, que no mueven pasiones tormentosas. Otros sí. En general aquellos que resultan en situaciones colectivas, suelen derivar en su proceso natural de aceptación y adopción en procesos violentos y revolucionarios, como son las formas de administrar el poder, de distribuir los bienes y otros. En la reflexión sobre el devenir de los acuerdos sociales, de las más diversas índoles, ya sea éticos, morales, económicos, o políticos, en un proceso tan largo como la vida completa, he llegado a encontrar la necesidad total de tolerancia, que reconozco cuesta asumir, como para aceptar todo como posible acuerdo de las sociedades, como acuerdo respetable. Quizás el esfuerzo de comprender que muchos piensen y practiquen costumbres diferentes, que pueden parecer inaceptables por liberales o conservadoras, por radicales o relativistas, me lleve a pensar, en lo posible y con esfuerzo, desde una equidistancia necesaria para el respeto. Al analizar, sin pasión, los procesos sociales me parece verlos construidos a base de tupidas redes de pequeñas fuerzas virtuales que empujan y tiran de frágiles acuerdos, logrando pequeños desplazamientos de ellos en uno u otro sentido. La componente final de todos esos pequeños esfuerzos y todos esos desplazamientos virtuales es el gran acuerdo social, nunca estático, siempre variable, pero muchas veces más rígido que lo que tantos quisieran. Ese vector definitivo de cada instante, apunta en el sentido del avance social y permite avistar su proyección. Una parte, quizás sustantiva, del esfuerzo que mueve y acelera o frena lentamente el progreso social en cualquier sentido, está dado no por un afán de alcance, sino por un esfuerzo de desprestigio o destrucción, ya sea moral o física, de la componente antagónica. A veces es la forma más efectiva, pero creo que siempre es la más perniciosa y me atrevería a decir desleal en relación a la sociedad toda. Este tipo de esfuerzos, además, genera el vicio de la respuesta idéntica antisimétrica: Si se utiliza la fuerza física para sojuzgar, se genera la contrareacción liberadora, produciendo espirales de violencia y destrucción social. Del mismo modo, si se utiliza la descalificación y marginación moral, la fuerza de reacción será de validación alternativa cuyo resultado son las luchas de grupos y clases de la que resultan componentes que tienden siempre a la diametralidad y al freno, hasta el avasallamiento de la fuerza antagónica en procesos siempre violentos. La resultante de estos procesos es menor a la suma de las partes. En este sentido, más que en ningún otro, estimo que siempre es más fructífero un proceso acordado, pacífico, de renuncia negociada, que otro avasallador cuyo resultado es la victoria sobre la fuerza oponente. Dos fuerzas diametrales producen una componente igual a la sustracción de una respecto a la otra, pudiendo llegar al freno total y a la acumulación de potencias en desacuerdo, mientras que otras que presentan componentes comunes, pueden anular diferencias y a la vez producir avances en el sentido de sus acuerdos, por menores que sean. Lanzando la mirada sobre la gran sociedad global, no es difícil encontrar puntos donde la intolerancia genera procesos diametrales. Casi siempre, estos nacen de un afán centrípeto y egoísta, que mira intereses centrales. Hoy en día es fácil destacar dos. Ambos raciales. Tal vez estos sean los más difíciles de acordar. Para que palestinos y judíos cesaran en su pugna, la geografía en disputa debería estar poblada sólo de judíos o de palestinos. Salvo que ambos lucharan por privilegiar los componentes que los acercan y pueden producir comunidad. En caso contrario, como los palestinos no pueden ser judíos, la única solución sería el avasallamiento que redundaría en la expulsión del grupo más débil, produciéndose así la resultante sustractiva del conflicto. Al otro lado de la bola global, comienza a crecer, como si fuera la maldición de la sociedad angloamericana, la intolerancia racial de los grupos minoritarios o socialmente más débiles. La génesis profunda es la misma que la del conflicto judiopalestino: La intolerancia de las componentes sociales propuestas por la presencia de las comunidades hispanas. La resultante es una fuerza diametral e intolerable: la ley SB-1070. Su sentido centrípeto deja sin alternativa al acuerdo social. La solución que abarque a toda la sociedad requeriría que los hispanos fueran anglos o que fueran anulados. La otra alternativa en ambos conflictos es la pugna violenta y perniciosa para toda la sociedad.  Hay otro ejemplo, que tengo cercano, a partir del bicentenario que se acerca. Nuestra Iglesia ha propuesto, como quien saca castañas con la mano del gato, que se dicte una ley de indulto como parte de los festejos merecidos por los doscientos años de independencia. Propone, que si la sociedad toda cumple dos siglos de libertad, este indulto alcance a todos, sin exclusión, de modo que pueda indultarse, según ciertos parámetros de clemencia no sólo a quienes cometieron delitos comunes, sino también a quienes transgredieron los derechos humanos de las personas, cuando su avanzada edad, o estado de salud precario, y más, lo aconseje. Echa mano, nuestra respetada Iglesia, de su autoridad moral para este consejo al gobierno, con lo que carga las espaldas de este, con graciosa calma. El ministro del interior, acosado por la oposición y por quienes fueron afectados por el avasallamiento de sus derechos esenciales durante la dictadura, creyó y dijo que la Iglesia en ocasiones se metía en cuestiones que escapan de su ámbito. El cardenal fue duro en su respuesta, llegando a declarar que ningún gobierno amedrentaría la acción de la Iglesia, mostrando, por debajo de la sotana, sus denarios con la cara del César y la mano del gato. Es que como quien indulta no puede ser la Iglesia, ni el parlamento, sino el presidente de la república, aparece éste último vestido de improviso, por mano arzobispal, de elegante gato. En fin, el gobierno no puede decir que "No", la iglesia no puede indultar, los políticos se dividen entre los que quisieran favorecer a quienes en el pasado sacaron las castañas por su cuenta y los que se escandalizan con la idea de indultar a quienes cometieron delitos que transgredieron los derechos de las personas y los afectados por aquellos delitos se horrorizan con razón, lo mismo que hacemos muchos otros. La diferencia de este caso, está en que no hay tiempo para que el acuerdo social madure muy lentamente. Siendo así, todas las posturas tiran para lados diferentes y contribuyen sólo a eventuales rompimientos. Quizás también ayude a producir algún avance en algún sentido, muy lento, pero rumbo a un futuro más abierto y promisorio.
Para estos conflictos, para muchos otros y en especial para la mayoría de los grandes conflictos sociales, el gran gestor es el mismo que comenzó a impulsar la gran primera revolución moderna que puede resumirse en la primera frase de esta reflexión: «L'État, c'est moi», que refleja la gran acumulación de poder, que sin importar el régimen, todos los sistemas de convivencia humanos van produciendo en su acuerdo social, muy lentamente.
© Kepa Uriberri
*** Cada una del resto de las entradas del formato estaban también anuladas por una línea horizontal de trazo descuidado. 
La verdad y la justicia
Por Kepa Uribberri A Juan Esto lo escribo ahora, en este momento cualquiera, desde ninguna parte. Este lugar, quizás, no existe. Sólo estoy aquí lanzando la mirada, vaga, sobre el horizonte o el destino, a través de mis pensamientos transparentes. Durante tanto tiempo vagué errante. Seguí todos los caminos, insatisfecho, probando todos los destinos según creí cierto y bueno, buscando. Esperaba encontrar algo que me conmoviera, que me estremeciera el alma, quizás un golpe de luz que me hiciera ver y comprender el sentido de tantos caminos. Algún día junto a esta misma roca sólida y redonda, me detuvo un peregrino: "¿Qué buscas?" me preguntó, "¿y para qué?" Miraba siempre hacia donde yo lanzo ahora mi mirada, hacía ese punto lejano desde donde yo venía. Me dijo: "No importa cuánto camines, ni qué tan rápido vayas. La verdad siempre te alcanza" y siguió su andar peregrino, fija la vista en ese punto lejano, desde donde yo venía. Me senté, entonces, en esta piedra redonda y sólida mientras lo veía alejarse sobre mi propia huella. He visto, en el tiempo, pasar a tantos caminantes y andariegos, que surcaron el horizonte, sin acercarse y sin alejarse jamás, sólo pasar hasta desaparecer en su evanescencia perenne. Ayer, en lontananza, vi a aquella mujer. Venía por el camino que yo había recorrido antaño; por el camino por donde había desaparecido el peregrino, lentamente como si el andar no tuviera ya esperanza alguna o fuera intensamente doloroso, apoyando su fatiga en un bastón de palo. Traía en su mano antigua un viejo papel, ajado y seboso de tiempo ido. Finalmente hoy me alcanzó. Se detuvo junto a mí y dijo, con voz cansada: "Supe que estarían aquí y he venido". Ese plural me fue extraño, tanto más que su certeza, quizás porque creí que siempre la había esperado. Así es que pregunté: "¿Cómo te llamas?". "Otrora" dijo casi en silencio. Le pregunté, sin embargo: "¿A qué has venido y a dónde vas?". "Busco a mi padre" sentenció, y su mirada cansada estaba fija en el fondo del camino. "¿Dónde está tu padre?" quise saber. "Enterrado" suspiró, "enterrado a la orilla de todos los caminos y bajo la copa de todos los árboles que ya están secos" y abarcó con la mano que sostenía aquel papel ajado, con un gesto sin ilusión, todos los árboles que su vista alcanzaba. Sentí el frío de su alma vacía y quise saber: "¿Por qué?". Me ofreció el papel ajado y seboso de tanto tiempo ido y después se sentó a mi lado en esta roca redonda y sólida.
Posó la vista en el horizonte lejano, allá donde la vi aparecer en lontananza, allá donde había desaparecido ya hace tanto aquél peregrino y por donde yo vine algún día, como si ahí pudiera ver todo aquello que comenzó a relatar y eran sus únicos recuerdos: "Fue hace tantos años. Muchos más que los que estas manos podrían apretar; muchos más" y movió suavemente la cabeza para confirmarlo, mientras alzaba las manos surcadas y nudosas. "Fue en El Bajo de Orrego, o en la Caleta Queule, o pudo ser en la Torre diez y ocho de San Borja, ya no tiene importancia. Esa noche entró en silencio, como un bandido, medio escondido. Recuerdo el miedo en sus ojos. Mi mamá no dijo nada, pero ya sabía. Sólo se abrazaron y ella lloraba. A cierta distancia se oía disparos. Siempre se oía aquellos disparos después del anochecer y aunque no estaba permitido salir, él siempre lo hacía y volvía de madrugada, cuando la primera claridad lo tiñe todo de plata. Mamá, entonces, siempre decía: ¡Gracias a Dios! y lo abrazaba. Pero ese día no. Esa vez era de noche. Después me abrazó a mí; recuerdo su cara húmeda en la mía, quizás con las lágrimas de mamá. También recuerdo que con esta mano (me la mostró, surcada de muchas líneas y nudosa como una raíz) sentí el latido desbocado de su corazón en el pecho. Esa noche no salió. Se quedó abrazado a mí, y entonces vinieron, su voz se apagó en un tropiezo y su vista nublada miraba, sin ver, hacia allá donde leía sus recuerdos.
Desdoblé el papel que me había pasado, ajado y seboso de tiempo ido. Leí en caracteres ya borrosos, de letra imprenta antigua: "Servicio de Registro Civil e Identificación"; en letras más pequeñas, más abajo se leía: "Certificado de Defunción". El resto del formato estaba lleno con letra manuscrita; una letra pretenciosa, gladiola, femenina de trazos pesados en las subidas y débiles, casi enfermizos y filiformes, en los descensos. Estaba fechado, ya no recuerdo si en Casablanca, o San José de la Mariquina, o también pudo ser en la oficina Cofré, en algún mes de junio. El oficial firmante certificaba la muerte de "Lillo Osorio, Lircay". La letra manuscrita estaba subrayada, también a mano, con un trazo descuidado e irregular. Frente a la entrada "Causa de muerte:" en manuscrito decía simplemente, con letras todas minúsculas, como si le restara importancia: "presunta". Para "Data de muerte:" establecía "Desconocida". Más abajo decía "Lugar:". Sobre el punteado para anotar el domicilio de muerte había una línea horizontal fallida, que había sido repasada un par de veces, hasta que llenaron todo el espacio pertinente, como si tuvieran temor de que fuera completado con posterioridad a su emisión. También se establecía que el solicitante del certificado era "Lillo Huillipán, Otrora".
 Después de un silencio, necesario para tragar el nudo atado a su garganta, continuó: "Eran tres, uniformados de gris y verde. Nunca había visto fusiles ni armas de fuego. Lo que más recuerdo son las culatas de madera barnizada y sucia, como si fueran trozos de algún mueble muy antiguo. Hablaban a gritos y entraron golpeando la mampara con sus armas. A uno de ellos lo conocía: Vivía ahí cerca y antes de la revuelta solía llegar de milico recluta, muy ufano, saludando a todo el mundo. Ahora no recordaba a nadie. Como si hubiera sido otro. Él me apartó de un tirón. Me elevó por el aire y me lanzó contra la pared, a la vez que gritaba una grosería, como si necesitara estar furioso para hacer lo que estaba haciendo. El otro obligó a mi padre a incorporarse a punta de culatazos. Él no emitió ni un quejido, ¡nada! A empellones lo sacaron entre los dos soldados. Desde la puerta gritó el nombre de mi madre, quería decir algo más, pero uno de ellos le dio un culatazo en la boca. El tercer hombre tenía estrellas doradas con fondo rojo en los puños y los hombros. Tenía el pelo recién cortado, y la cara relucía, como si se hubiera terminado de afeitar en este momento y aún no se secara la loción. Cerró la puerta y sonrió. Jamás olvidaré ese bigotito fino y oscuro. Tampoco su cara: Todavía la veo en la de mi hermano menor. Abrazó a mi madre y la empujó con todo el cuerpo a la otra pieza, sin dejar de sonreír. Tampoco olvidaré, nunca, cada uno de los ruegos de mi madre". Vuelve a quedar en silencio, quieta, como un pájaro posado en un poste o la rama de un árbol. Tal vez siento vergüenza por la brutalidad de los hombres o porque el poder existe, no lo sé.
Cada una del resto de las entradas del formato estaban también anuladas por una línea horizontal de trazo descuidado. Al final en tinta morada, impreso con un timbre de goma, encerrado en un recuadro se leía: “En cumplimiento de lo dispuesto en la Ley de quórum calificado seis mil..." y tantos; que había sido impreso al revés y luego al derecho, establecía que quedaba registrado en el libro y se indicaba a mano con la misma letra el número y la foja, además del correlativo de registro. Al pie firmaba, en trazos enormes, Italia María Carril G, Oficial subrogante. Sobre el nombre, la firma, un timbre con impreso de goma y varias estampillas verdes y una roja, el papel se había sellado con un timbre de relieve que lo había destrozado, como si hubiera sido estampado con furia.
"Salió pronto; lo vi quizás mucho más grande de lo que era, desde el suelo y porque era una niña en ese entonces. Iba metiéndose la camisa en el pantalón, con expresión torpe y satisfecha. Mi madre tardo mucho en salir de la habitación vecina. No pudo mirarme a los ojos, aunque se los busqué, durante mucho tiempo. Cuando al fin el tirano cayó, me tomó de la mano y salimos a buscarlo: Fuimos a los cuarteles, a las oficinas, a las dependencias. Cuando el tiempo fue suficiente, nos dieron ese papel. Mi madre murió sin volver a mirarme a los ojos. A mi hermano jamás lo besó; ni aun cuando lo amamantaba. Para la segunda revuelta él ya era un coronel y tomó venganza. Yo aún busco a la vera de todos los caminos a mi padre asesinado". Se bajó de la roca redonda y dura, para emprender otra vez su marcha. Sentí la congoja que estallaba en mi pecho y mis ojos. Quise abrazarla y llorar con ella. Me dijo: "¡No! Jamás lloro. El día que lo haga habré comenzado a perdonar: Eso no puede ser". Después continuó su camino, alejándose por donde aquel peregrino había venido, lentamente como si el andar no tuviera ya esperanza alguna o fuera intensamente doloroso, apoyando la fatiga en su bastón de palo. La vi desdibujarse, poco a poco, hasta desaparecer al fondo del camino.
Cuando dejé de verla, en el último recodo, me bajé de la dura roca redonda y emprendí el regreso siguiendo la huella del peregrino.
© Kepa Uriberri
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…no cesaba de saludar a los invitados al lanzamiento, de sonreír a los alumnos de su taller que querían permanecer a su lado, para ver de darse a conocer, de palmotear a los parientes que no entendían nada de lo que él escribía pero se sentían obligados a comprar el libro y querían una dedicatoria del autor y, de abrazar y besar a muchas mujeres buenas mozas, que no sabía quiénes eran… Desconocidos Por Kepa Uriberri
No era primera vez que lo encontraba en el metro. Estaba seguro de haberlo visto varias veces antes, ahí al fondo del último vagón en el tren de las diez y media de la noche. De estatura mediana, cejas espesas y barba muy negra, aunque siempre afeitada al ras, pero su abundancia la marcaba de modo ominoso, tal que jugando con el sombrero de ala ancha y muy metido, casi hasta las cejas, y con el largo abrigo de tweed casi negro y muy gastado, le daban un aspecto de malhechor que le oprimía el ánimo con cierto temor. Se recostaba contra la puerta del fondo del carro, con las manos en la espalda y la mirada dura y atenta como si se apoderara de todas las imágenes del lugar.
Sin duda así lo hacía. Quizás de alguna manera era un bandido, un ladrón, que se iba apropiando con esa mirada negra y profunda, bajo las cejas tan pobladas, de la imagen, la presencia y el comportamiento de los pasajeros, escasos, que a esa hora iban y venían en el tren subterráneo. A muchos ya los conocía. Ya los había despojado de su esencia y los había descrito en trazos y pinceladas precisos; les había dado un nombre diferente, de acuerdo a su estilo y a lo que de ellos percibía. Esas imágenes las coleccionaba en apuntes sueltos, en cuadernos y finalmente en borradores o libros. Después de robarlos, los desechaba. Sólo en raras ocasiones los recordaba. Sólo cuando su esencia era tan nítida que requerían apenas una transcripción. Entonces, como ahora, al verlos se decía: "Ahí va Lutero Leiva, siempre de gris, siempre tarde, cuando todo ya ha sucedido". Apenas por respeto al despojado, sonreía sólo interiormente. Su aspecto de ladrón errante, o de comerciante húngaro, permanecía, sin embargo, exteriormente impasible.
Otras veces se encontraban en el tren de las cuatro, cuando uno subía en la estación de la universidad, mientras el otro bajaba. También en el vagón de la puerta de Alcántara a las ocho cuarenta y cinco de la mañana, detrás de algún matutino, éste descubría el familiar sombrero, bajo el cual, con la expresión fría de bandido persa, el otro leía impasible las noticias y sus comentarios, llenos de sesgos particulares. Cuando aquél levantaba la vista del diario, con las mismas noticias ya vistas en el noticiario de anoche, en el de la hora del desayuno y en cualquier titular, se encontraba con la mirada temerosa, huidiza de Lutero Leiva, siempre compuesto y obsecuente, siempre ignorante de la realidad que lo rodeaba y de aquella intimidad que le escamoteaban.
Pero la realidad es extraña. ¿Será por eso que siempre es inspiradora de los más raros argumentos, de la más absurda literatura, a la que siempre supera, sin importar cuánto sea copiada? No lo sé. Aún no lo sé. Sin embargo, ese día no iba en el tren de las diez y media. Quizás se atrasó, o tal vez él mismo iba adelantado. Tampoco divisó su sombrero, encajado hasta las cejas, en el vagón de la puerta de la estación Alcántara ni se cruzaron en la bajada del tren de las cuatro en la universidad. Fue raro. Pero tampoco demasiado importante. Los apuntes sobre Lutero Leiva ya eran abundantes y se iban incorporando, lentamente, en la trama, a medida que iba siendo engañado, burlado, hasta despojarlo de toda su dignidad. Ya estaba plasmado en esa obra y el Lutero real, ese de los trenes de la mañana, o el del tren casi vacío de las diez y media lentamente se convertía en nadie, en nada: Casi, ni siquiera, en un recuerdo en la medida que no abordaba el tren de las diez y media en Los Héroes, o que no aparecía, intempestivo, detrás de las repetidas noticias del matutino gratuito, después de la estación Alcántara.
Ambos se olvidaron mutuamente, sin intención alguna. Sólo por la persistente ausencia de uno y el otro. De todos modos, siempre hay una reminiscencia. Hay algo que se dispara cuando, otra vez, aparece el estímulo de uno para el otro. No importa cuánto tiempo, o cuanto olvido haya pasado. Más aún cuando la verdadera importancia que para cada cual tenga el otro, sea por lo general casi nula. Así fue como el tiempo trajo otros Lutero y este sólo fue tinta y papel escindida de un inspirador eventual. También el rebelde húngaro, quizás refugiado de la última revuelta posible, dejo de ser un bandido errante y se diluyó como un recuerdo que no tiene o pierde su peso vital. Cada noche el vagón casi vacío de las diez y media llevaba otros seres anónimos en esa cierta penumbra triste de cada día que termina. Sólo subía alguno, cada tanto, al carro, o bajaba de él para mantener el lento andar del tiempo a las diez y media de la noche, sin un rostro, esforzando una presencia. A las cuatro, en cambio, en el andén del norte en la universidad, el ir y venir parecía la ebullición serena del agua, en un fuego tranquilo. Ahí tampoco subía o bajaba con su largo abrigo de tweed gris casi negro cuando bajaba o subía esa imagen de Lutero Leiva, anónimo y transeúnte. Cuando este iba o venía tal vez el otro ya había pasado porque no había razón alguna para su coincidencia ya gastada. Tampoco en el carro de la puerta de Alcántara del tren de las ocho de la mañana. Es posible que se entretuviera en el andén leyendo las noticias del diario gratuito, o que el desayuno se hubiera atrasado. Se podría pensar, del mismo modo, que una serie de coincidencias sutiles no podían permanecer y por lo tanto, como espuma de jabón, había estallado aquella rara casualidad, dando paso a una configuración diferente de la suerte y el azar. Nunca más volvieron a encontrarse, hasta el olvido.
Pudieron ser meses, también años: ¿Cómo saberlo? Si nunca se lleva la cuenta del tiempo entre dos casualidades sincrónicas. Lo que no era casual, sino consecuencia del tiempo o de circunstancias transcurridas era el cambio del sombrero encajado hasta las cejas, por un gorro de paño de esos que se sujeta la copa contra la visera con un broche y dan el aspecto de lenta velocidad y un tono casi de misterio policial. Es posible que el cambio se debiera, precisamente a eso. El abrigo de tweed era ahora una gabardina. Invariablemente, el sombrero estaba muy encajado, casi hasta topar con las cejas espesas subrayando su grosor. El cuello de la gabardina, subido, enmarcaba el rostro de barba muy dura, aunque ahora de un aspecto ceniciento, notorio por lo tupida, a pesar de tenerla, como siempre, cuidadosamente afeitada al ras. La expresión de la boca y los ojos siempre recordaban el hielo; un extraño hielo negro. Esos ojos duros de repente lo vieron y parecieron sonreír, sólo por un breve momento, muy breve. "Es Oyarzún" pensó. Como era de esperar, Oyarzún llevaba la mirada perdida, parecía sonreír, pero nada más soñaba con lo que no fue, con lo que nunca sería. Se acercó a él entre la gente y lo tomó del brazo. "¿Cómo estás?" le dijo con voz ronca, de campesino griego. Oyarzún lo miró desviando apenas los ojos de sus pensamientos, que los ataban a un punto lejano más allá de todos los concurrentes al Lanzamiento. "Sí" dijo, "¡bien!". "Fuimos compañeros de curso en el Saint Andrés" pensó, pero tuvo dudas. "¿O en el Liceo General Pinto?". "¿Tú?" preguntó y lo recorrió con rapidez con la vista. Esas cejas espesas le eran conocidas, lo mismo que la expresión casi aviesa detrás del hielo que endurecía las facciones. El "chambergo" era muy viejo y estaba raído "No se llama chambergo, tampoco" pensó. La gabardina estaba manchada con aceite en el pecho y alguna salsa de color anaranjado en uno de los faldones, todo lo cual le daba un aspecto descuidado. "Se ha venido a menos" pensó. "O tal vez no sea él" se dijo, "pero lo conozco bien". "¿Conoces a Areztizabal?" le preguntó, el húngaro, haciendo un gesto hacia la mesita que había servido de proscenio a los presentadores. "No. No. Mi mujer asiste a un taller..." Hizo un gesto vago hacia algún lugar donde se suponía que estaría su mujer. Trató de ver a la Miti en la dirección que Oyarzún había señalado pero no la vio: Había, quizás, demasiada gente. "Y... ¿sigues pintando?" preguntó, entonces, por buscar conversación. Notaba que Oyarzún estaba como lejano, apático. "No... no" contestó y se dijo que apenas si había intentado pintar en algún momento, pero no en la época del Saint Andrés. Menos aún en la del Liceo. "No es él", pensó, pero ya estaban conversando, de modo que no podía decirle: "¿Sabes? no te conozco", o "no me acuerdo de ti", entonces se esforzó por recordar. Para eso le dijo: "¿Te acuerdas de Molina? ¿el que usaba camisas muy azules y le decíamos Llanero Solitario?" El húngaro hizo un gesto que no alcanzaba a ser de sorpresa y que retuvo de inmediato. Oyarzún lo notó, y lo interpretó como si el recuerdo de Molina le molestara. "¡Claro!" se dijo a sí mismo, "Molina no era amigo de él. Siempre lo miraba en menos. Recuerdo que le decía El Mono". De inmediato se hizo una luz en sus recuerdos: "¡Por supuesto! Este es El Mono Contardo".
Ahora que se habían reconocido, iniciaron una larga conversación de recuerdos, por demás extraña:
—¿Te acuerdas del Bucanero, ese cura español que enseñaba inglés y lo pronunciaba en castellano?
—Nnnnoo... no lo recuerdo.
—¡Bah! Ese con cara de pirata corsario... ¡Bueno! Lo vi el otro día: Colgó la sotana y andaba con una mujer gruesa muy pintada, como si la hubieran sacado de un prostíbulo... ¡Jajajaja!
—¿No sería el cura Pardo?
—No hom... el Bucanero lo único que tenía pardo era el culo... ¡jajaja!...
—Al que recuerdo del liceo es al Cojo Ramírez, el de química, que decía: "Clo-ru-ró más Hi-dro-xi-do de Cal igual Sal-más-a-gua" y se le llenaba la manga de la chaqueta verde de tiza, mientras lo escribía en la pizarra.
—¿Cuál era el Cojo Ramírez? Te juro que no lo recuerdo. ¿Sería el que expulsó de clases al "Mentolato" Rojas por imitar como caminaba?
—Creo que sí. Pero fue Maxgüel Candela. Al "Mentolato" ese no lo recuerdo para nada. ¿Era del tercero be?
Así continuó la conversación, largo rato. El "Mono" Contardo iba tomando nota del humor torpe de Oyarzún y su disposición de ánimo, extraña, ese día. Pensaba que podría serle útil para el personaje bufo que estaba diseñando. "Tiene que ser distraídamente alegre, como si no le importara el juicio de los demás" había anotado en sus apuntes y este Oyarzún de hoy, parecía de un raro ánimo, que calzaba muy bien con su personaje, de modo que ignoró la torpeza que le parecía notar en él. "Tal vez ensaya algún papel nuevo" pensó con un encogimiento de hombros.
Haber encontrado al "Mono" Contardo en estas circunstancias era muy raro. Jamás se había interesado por la literatura. O mejor dicho, nunca había parecido interesarse por nada. Solía ser apartado y en los recreos se instalaba al sol, bajo alguno de los nogales, a comer su enorme membrillo. "¿Por qué no trepai a comer fruta?" lo molestaba "El Llanero solitario" Molina, con su camisa muy azul, con una delgada línea blanca que le cruzaba el pecho. Molina era uno de los matones del curso, de modo que a quien él apartaba, quedaba fuera del grupo. Todos celebraban lo que Molina decía y algunos, en la euforia del desprecio por el "Mono", le tiraban piedras: "¡Trepa Mono! Og og" le gritaban. Si hubiera sido una reunión del curso, por supuesto lo habría evitado, pero aquí nadie lo conocía, de modo que bien podía conversar con el "Mono" y así no aburrirse en este evento al que su mujer lo había arrastrado.
La mujer de Oyarzún apareció en ese momento y lo tomó del brazo "¿Qué tal?" preguntó. "¿No te has aburrido mucho?" y miró de soslayo al "Mono" Contardo, que a su vez la escrutaba con los ojos negros casi apretados bajo las cejas muy espesas. "Este es Balliardeu" pensó ella. "En el taller analizamos su novela La muerte cruel de Lutero Leiva" recordó, pero no estaba bien segura, de modo que calló: "¿O tal vez no?" concluyó al fin. Oyarzún negó de plano: "No. Para nada. Él es un compañero de curso", presentó a Balliardeu, "y estábamos haciendo recuerdos". El rebelde húngaro, o ladrón griego, examinó a la mujer de Oyarzún y concluyó que no era la Miti. "La Miti era bajita, por eso le decíamos la Miti" pensó y sonrió al recordar que "si hubieras sido más grande te habríamos dicho la Miti Mota*". Pero esta mujer era muy alta para ser la Miti.
—¿Te casaste de nuevo?—preguntó mientras la saludaba con una sonrisa, que a ella le pareció aviesa.
—¡Pa qué! Si con una vez lo hemos pasado pésimo... ¡Jajaja!—se festejó a sí mismo. La mujer le hundió un codo en las costillas:
—¡Imbécil! —le dijo, pero también se rió. Balliardeu, o el "Mono" Contardo, coincidió con la Miti, en que la broma era estúpida, pero condescendió con un "¡He!" y miró hacia el grupo en que estaba Areztizabal. Dijo: "¡Con permiso! Voy a saludar a Areztizabal" y se fue.
Areztizabal no cesaba de saludar a los invitados al lanzamiento, de sonreír a los alumnos de su taller que querían permanecer a su lado, para ver de darse a conocer, de palmotear a los parientes que no entendían nada de lo que él escribía pero se sentían obligados a comprar el libro y querían una dedicatoria del autor y, de abrazar y besar a muchas mujeres buenas mozas, que no sabía quiénes eran, pero que le gustaba apretar contra su pecho: "¡Qué bueno! ¡Qué rico que viniste!" y las remecía suavemente, sin soltarlas. "¡Bien Arezti! ¡Cuánto me alegro! amigo" le dijo el húngaro, arrugando los ojos hasta que casi desaparecieron en una línea bajo el chambergo y las cejas, a la vez que le oprimía el brazo para llamar su atención. Arezti se alegró de verlo y le estrechó la mano con efusión: "¡Putas! compañero, ya me tienen gastado estos huevones con tanta felicitación, pero luego me libro y nos vamos, un grupo que vale la pena, al Bar Alberto. ¡Ahí nos juntamos!". El rebelde griego desplegó una sonrisa que más parecía aviesa que alegre. Dijo: "¡Por supuesto! ¡Por supuesto! Estoy con Oyarzún y la Miti nueva. Te los llevo al Alberto". "¿Qué Miti nueva?" preguntó Arezti, extrañado. "No sé. Anda con otra mina, el diablito". Arezti le palmoteó el hombro mientras tomaba otro ejemplar para autografiar: "Allá nos vemos en un rato" dijo y se puso a conversar con el que le pedía el autógrafo.
El "Mono" Contardo saludó a mucha gente entre los distintos grupos que conversaban, como si conociera a todo el mundo. Oyarzún lo miraba extrañado y se decía: "Hay que ver cómo ha cambiado el Mono Contardo. Tan retraído que era y ahora parece ser amigo de todos". Después de saludar y departir con casi toda la gente que llenaba el salón, el revolucionario húngaro se acercó otra vez a Oyarzún que conversaba en un rincón con la Miti.
—Bueno, un grupo, de los más íntimos, nos vamos al Bar Alberto a celebrar en privado con Areztizabal - y los invitó: - ¿Ustedes van, supongo?
Oyarzún y la Miti se miraron, como pidiéndose permiso mutuamente. La Miti, entonces, dijo:
—¡Ah! ¡Qué bueno! Todos los del taller vamos a ir, pero no me atrevía a dejarte solo: ¿Vamos?
—Bueno...—replicó Oyarzún, no demasiado convencido, porque no pertenecía al grupo, ni conocía a Areztizabal. Sin embargo quedó incluido y se vio sentado junto al "Mono" Contardo, en el Bar Alberto, comentando el extravagante encierro en una cárcel del pianista.
—Está siempre ahí—explicó Contardo—Ahí vive, ahí duerme, todo. No sale nunca. De hecho, en la esquina más visible del bar, junto a la barra, había una celda de gruesos barrotes. No eran barrotes de fantasía, como pudo comprobar Oyarzún, sino de fierro verdadero, de unos tres cuartos de pulgada, mientras la celda estaba cerrada y sellada por tres grandes candados. Al interior, de espaldas a la barra, tocaba el piano un hombre de pelo muy largo, en mangas de camisa, con aspecto de malhechor. La celda estaba iluminada por una ventana falsa, también con gruesos barrotes, en la parte alta, a la derecha de la celda, cuya luz no procedía del exterior, sino de un potente foco disimulado detrás del ventanuco. La sombra, dura, de los barrotes de la ventana caía sobre el piano y su ejecutante.
—¿Y qué crestas hace ahí—preguntó Oyarzún.
—Tocar el piano—respondió sin segunda intención y con voz baja y profunda, como si quisiera evitar ser oído por el pianista—él es Alberto—informó y de inmediato subrayó, por si no bastara con el nombre, pero casi más como una afirmación que una pregunta—:¿Conoces el cuento de Tolstoi?
Oyarzún miró, sólo con los ojos al techo, arrugando la frente como si de ahí pudiera venir una respuesta.
—Nnno...—A Balliardeu le extraño que Oyarzún no conociera el cuento de Tolstoi . "Bueno, un actor debería conocerlo" pensó. Miró entonces, con cierto aburrimiento, a la Miti, que no era la Miti, y que estaba con las otras mujeres del taller de Areztizabal, rodeando a este y hablando animadamente.
—Arezti siempre ha tenido éxito con las minas—opinó, para cambiar el tema. Oyarzún miró en esa dirección y sin saber qué responder, porque no sabía nada del escritor que hacía el taller a que pertenecía su mujer, solo dijo:
—¡Ajá! Así parece—y sorbió un trago largo del ron con bebida gaseosa que había pedido. El rebelde húngaro pensó que Oyarzún estaba en un día malo y trató de meterse en la conversación que tenía Areztizabal con las mujeres, pero como estaban al otro lado y todas hablaban, al unísono, con el escritor, no podía hacerlo, de manera que despachó su bebida con rapidez, a falta de entretención. Cuando vio su vaso vacío llamó al mozo y pidió:
—Tráeme otro, porque este huevón se tomó el mío—y miró a Oyarzún a la vez que lanzaba una risa de hielo, sin cambiar la expresión de su cara. Oyarzún pensó que el "Mono" no había cambiado nada: "Siempre fue un antipático" se dijo. De ese modo continuaron, diciéndose, a ratos, frases sarcásticas y breves comentarios, mientras Balliardeu trataba de meterse en la conversación del otro grupo y su vecino miraba al pianista con asombro, juzgando inconcebible que viviera siempre ahí encerrado. "Alguna vez tendrá que salir" pensaba. También de esta manera el trago se le hizo breve y pidió uno más.
De pronto Alberto, el pianista, comenzó a tocar una variación sobre "El hombre del piano" que iba trenzando con "Pueblo mío que estás en la colina". En ese momento Oyarzún ya se había tomado tres vasos de ron con bebida cola y el "Mono" otros tantos o más, sólo que prefería el vodka.
—Qué buena canción—y comenzó a tararear siguiendo al piano. —Del gran Billy Joel—dijo el "Mono" con la lengua algo traposa.
—Tai borracho hueón. Es de Moduño.
—Gómo va ser de Moduño El hombre del piano— dijo con la voz ligeramente confusa y la mirada muy sombría bajo las cejas espesas. En ese momento apareció la Miti y los vio en amena discusión. Se inclinó sobre el hombro de Oyarzún y le dijo:
—Si quieres te quedas con tu amigo, yo me estoy yendo con la Sarita Enwright.
—Está bien, está bien—hizo un gesto de despedida impaciente con la mano y dijo para el "Mono"—Cualquier hueona pituca con apellío extranjero es mejor que yo ps.
—Todas las mujere están de parte de los demáh—opinó Balliardeu—por eso el amigo Billy Joel hizo esta canción del perdedor.
—¡Putas que erís ignorante! es de Moduño—insistió y comenzó a cantar sin afinación ninguna—Pueulo mío questás en la golina tendido gomo un viejo gue se muere...—mientras Alberto ya había enlazado un acorde con El hombre del piano.
Junto con la Sarita Enwright y la Miti, se habían despedido todas las mujeres del taller y detrás de ellas se despidió el resto del grupo. Areztizabal que se había quedado solo, se acercó a Balliardeu y le dio unos palmetazos en el hombro.
—¿Y?—dijo para meterse en la conversación.
—Dile a este boludo gue El hombre del piano no es de Moduño ¿Entiendes? Y a la pasá me pides otro de estos... Arezti se rió y prestó atención a lo que tocaba el pianista. Finalmente zanjó la discusión:
—Lo que pasa es que está tocando El hombre del piano junto con Qué será. Una es de Billy Joel y la otra tampoco es de Doménico Modugno sino de José Feliciano.
—Güeno... lo mismo—dijo Oyarzún.
—¡Viste! ¡Viste! Viste que era de Billy Joel—lo señaló con un dedo índice peludo y de uña cuadrada y larga. Areztizabal pensó que no tenía ningún brillo la discusión de borrachos y se despidió, palmoteando a cada uno en la espalda. "Los dejo en su casa" dijo y se fue. Los mozos arreglaron las mesas que habían quedado vacías, volviéndolas a su lugar y dejaron a los dos últimos parroquianos del grupo discutiendo en una sola mesa cerca de la celda de Alberto. Balliardeu miró al pianista y le pidió en voz alta: "Tócale Una noche en Tunesss a mi amigo Oyarzún mientras el Luchito nos trae otro igual".
—¿Oyarzún?—dijo Oyarzún, haciendo un esfuerzo por mantener los ojos abiertos que ya le pesaban más que su fuerza de voluntad. Se quedó mirando largo rato al "Mono" Contardo, que cabeceaba con aspecto de borracho bajo el chambergo que no era chambergo cuya copa se sujetaba con un broche a la visera y lo miraba con serena sorpresa y los ojos semicerrados bajo las cejas espesas. De pronto el "Mono" tuvo un chispazo en la mirada sombría de ebrio y dijo:
—¡Putas, hueón! ¿Vos no soi Oyarzún?—a pesar del tono interrogativo la pregunta era, finalmente, una conclusión. Oyarzún, que no era Oyarzún, sólo en ese momento se dio cuenta que el "Mono" Contardo no tenía ese lunar oscuro y asqueroso en la barbilla que El Llanero Solitario Molina le pellizcaba para torturarlo. Entonces se dijo, para sí mismo: "Este huevón no es el Mono Contardo". En ese momento el Luchito, el mozo, trajo otro vodka para Balliardeu, que no era el "Mono" Contardo y un schop de cerveza de barril para su compañero de mesa, que no era Oyarzún. Con la imprecisión propia del borracho, este último dijo:
—Voy al baño y vuelvo en seguida—Se fue caminando afirmado de las mesas y sillas del camino, pasó al baño, orinó largo, largo, mirándose al espejo que había frente al urinario. Por fin dijo a su imagen en el espejo: "¡Qué raro!" y cruzó del baño hacia la puerta del bar, salió a la calle y respiró el aire frío de la noche. No había nadie y lamentó que a esa hora no hubiera metro. Una imagen fugaz pasó por su mente: Vio el último carro del tren de las diez y media, al fondo un hombre con un sombrero de ala muy ancha, metido hasta las cejas excesivamente espesas, que con la mirada aviesa, escruta a los pasajeros. Viste un abrigo oscuro de tweed que le llega hasta las canillas y esconde las manos detrás del cuerpo, apoyadas en la puerta del vagón. Su aspecto es el de un revolucionario húngaro.
A Balliardeu lo venció la borrachera, de manera que inclinó la cabeza sobre el pecho y después poco a poco todo el cuerpo sobre la mesa. Cayó profundamente dormido. Hacia las tres de la mañana los mozos ya habían recogido todo y sólo quedaba él, echado sobre la tabla. El Luchito lo despertó: "¡Don Balla! ya vamos a cerrar!". Se incorporó, miró a Luchito, levantó un índice peludo, de uña cuadrada y larga, y como quien por fin llega a la conclusión buscada, le dijo: "¡Lutero Leiva! ¡éso es!” © Kepa Uriberri ________________________________________ [*] Miti mota: Expresión que se usa para indicar que el reparto de algo se hace por mitades. *** Tampoco en su vecindario u otro lugar se dio razón de su culpa, o de las acusaciones que pesaron sobre él. Sólo se esfumó su recuerdo… Culpable Por Kepa UriberriI
"¡Ladrón!" Oyó que alguien gritaba, aunque no se veía a nadie. La tarde, aun iluminada, se iba lentamente, estrellando sus últimas luces en su cara, enfrentada al poniente. "¡Sinvergüenza!" Vociferó una voz distinta, protegida por una celosía. Se protegió los ojos del ataque del sol poniente, con la mano izquierda, y escudriñó la vereda, y la plaza de enfrente, que estaban vacías. Tampoco se veía venir nadie tras él, por el oriente. Se encogió de hombros, con una semisonrisa, y siguió caminando, delante de su larga sombra tardía, cavilando sobre la calumnia y el insulto, hasta que llegó frente a la puerta de su propia casa.
Ahí se detuvo, y metió los libros que traía en la mano, bajo su brazo, y se palpó lentamente todos los bolsillos, comenzando por los del pecho, donde sintió, a un lado las lapiceras que tanto amaba, con sus plumas de oro, y siempre limpias y llenas de fina tinta, azul, verde y roja. Algo más gruesa, la lapicera trazadora "Enkuli", cargada con tinta china de intenso color azabache, que llegaba a despedir aromas al dibujar. Al otro lado, en el de la mano que palpaba, sintió la cartuchera, repleta de documentos, de identidad, de conducir, de diversas pertenencias a clubes e instituciones. También sintió el lado de la billetera, con sus tarjetas plásticas, algunos billetes, la chequera ya casi en desuso, y fotos de sus hijos y su mujer. Palpó el bolsillo de la izquierda de la chaqueta, que crujió al arrugar algunos papeles, en el de la derecha sintió algo sólido, y metió la mano. La sacó apretando un gran número de papeles de diversos colores y texturas, entre los cuales se asomaba un lápiz de dos colores: Azul y rojo, muy gastado, otro de palo de color amarillo, con goma, y un tercero de plástico, mordido por detrás. Algunos de los papeles cayeron al suelo, junto a una tapa de bebía gaseosa. Lenta, parsimoniosamente, metió los papeles al bolsillo nuevamente; después se inclinó y tomó los que habían caído. Poniéndose a favor de la luz del sol que se iba, examinó con cuidado aquellos que recogió, y los fue devolviendo al bolsillo de la chaqueta. A su lado pasó una pareja de edad mediana, tomados del brazo. No oyó lo que conversaban, pero entre sus murmullos logró distinguir: "... grave robo... es un ladrón... todos lo saben..." Los miró alejarse. Le pareció que ella intentó volverse a mirarlo, y él se lo impidió de un tirón en el brazo.
Se palpó, con el ceño fruncido, el bolsillo del pantalón, del lado izquierdo y sintió tintinear las llaves. Fijó la vista en la tapa metálica de bebida gaseosa que había caído del bolsillo derecho de su chaqueta, y la empujó con la punta del zapato, haciéndola caer en el agujero de desagüe de las lluvias, mientras se repetía a sí mismo: "... todos lo saben...". Cambió los libros bajo su brazo, a la mano derecha, y con la izquierda sacó del bolsillo un grueso manojo de llaves. Volvió, luego, los libros bajo el brazo, y con ambas manos comenzó a juzgar las innumerables llaves, una a una, lentamente, hasta que finalmente, luego de decidirse por una, que examinó por ambos lados, la palpó con el pulgar en su borde dentado. Hizo un gesto afirmativo, mientras pensaba: "... un grave robo...". La llave calzó perfectamente en la cerradura de la puerta, que le franqueó el paso a un zaguán de adoquines.
Mientras comían, apenas si participó en las conversaciones familiares. "¡Ladrón!" pensaba. "¿A quién iría dirigido el calificativo?". De soslayo oía las risas familiares, los comentarios cotidianos, mientras trataba inútilmente de armar un rompe cabezas del que no tenía pieza alguna: "¡Sinvergüenza!" oía de nuevo, recordando la celosía. Con la cabeza agobiada por el calor de la almohada, y el sordo sonido del silencio, demoró en dormirse, buscando explicaciones a una angustia que, estaba seguro, no debía pertenecerle: "... es un sinvergüenza... todos lo saben...", oía una voz interna que repetía, y que no podía dominar.
La mañana fría y brumosa se veía por la ventana, a cuyo fondo se divisaba los sucios álamos, y los techos de calamina de las industrias vecinas. Se sentó en el escritorio de metal, iluminado por la ampolleta amarilla que colgaba de un largo hilo eléctrico, del techo, justo sobre su puesto. Este privilegio exclusivo, le correspondía por su cargo de supervisor. Miró a sus subordinados, y le pareció que algunos de ellos se cuchicheaban, mirándolo de soslayo, como si le criticaran alguna culpa. Carraspeó, y los miró, paseando la vista sobre todos, con el ceño fruncido. Lentamente, todos, cada uno, comenzó a trabajar en lo suyo, escapando de su vista. Pensó en la culpa, pero se dijo que no tenía sentido pensar en ello, si el no cargaba ninguna. Estaba seguro de no haber hecho nada, y nadie lo había acusado tampoco. ¿Por qué, entonces, sentía flotar en torno como una especie de bruma, un halo de culpa, que alguien le asignaba?
Abrió el primer cajón de su escritorio metálico. Lo sintió, tal vez, más frío que nunca, o quizás nunca había puesto atención a lo frío que amanecía el metal, y ahora lo notaba debido a que intentaba mantener vacía la mente, para no pensar en la culpa. Sacó los papeles en que trabajaba, y los puso, ordenadamente, frente a sí. La matriz de productos de alta rotación al centro. Algo más arriba, y a la derecha los inventarios de productos. A la izquierda, con su esquina inferior derecha, justo bajo la mano izquierda, de modo de manipularlos fácilmente con ésta, los pedidos. Simétricos, a la derecha, las guías de despacho. Sobre estas últimas, el lápiz de madera de dos colores, para aprobar o rechazar, con azul o rojo según el caso. Una vez que todo estuvo dispuesto, estiró los brazos hacia adelante, para acomodar las mangas al trabajo, y comenzó a revisar. Sintió una mirada que golpeaba su cara, desde la izquierda. Se volvió, rápidamente, hacia ese lado, y alcanzó a sorprender a un subordinado que lo miraba con gesto a la vez curioso, y atento. Al sentirse sorprendido, el funcionario bajó rápidamente la vista. Recordó la vereda, y la voz anónima: "¡Ladrón!" había dicho, sin que él supiera a quien culpaba. Continuó revisando el pedido que tenía en frente, y aprobó la guía de despacho. Le parecía estar viendo, más allá de sus pensamientos, la celosía, detrás de la cual a escondidas le gritaron: "¡Sinvergüenza!". Ovaló con rojo la cantidad asignada en la guía de despacho. Levantó la vista hacia uno de sus subordinados, y chasqueando los dedos, hacia él, llamó su atención. El subordinado lo miró sorprendido, y miró a su alrededor, como buscando apoyo para negarse. Le hizo un gesto con la mano, para que se acercara. El subordinado, con expresión de sorpresa, se señaló a sí mismo. Él le hizo un gesto afirmativo. Todavía, el subordinado miró alrededor, como buscando amparo. Todos rehuyeron la vista. Con un gesto de desagrado, se levantó y acudió al llamado. "Verifique los productos señalados, en bodega, y que reintegren los inventarios marcados en rojo" le dijo, cuando el subordinado estuvo junto a él. De mala gana, el otro tomó el documento, y se fue murmurando. "... No me harán cómplice..." alcanzó a escuchar, o creyó oír. "¿Qué dice, Carmona?" interpeló entonces al que se retiraba. "Nada... nada..." negó el otro asustado, mientras varias miradas se le clavaban. Recordó la pareja que pasó junto a él, en la puerta de su casa: "... es un sinvergüenza... todos lo saben". Se preguntó por qué se sentía perseguido, si nadie lo acusaba directamente. Continuó trabajando, pero sentía a cada instante que había miradas que se clavaban en él como estiletes. Ya no se atrevía a desafiarlas, como si en vez de ser el jefe de oficina, fuera el condenado por todos aquellos jueces.
II
Eran las once veintitrés. Lo supo, pues sobre la puerta había un reloj de gran tamaño que acusaba el tiempo. Cuando aquella se abrió no sospechó que esa era su hora, de manera que en modo alguno miró preocupado al subgerente cuando se asomó, como muchas otras veces lo hacía, ni tampoco cuando gritó su nombre desde la puerta, sin consideración ninguna, lo que nunca hacía. Sólo pensó que sería otra de las urgencias que él solía solucionar al subgerente, y que éste luego agradecía en el silencio de su oficina, con una conversación de diez minutos, y un café pequeñísimo, que por lo demás nunca alcanzaba a terminar, antes que él lo despachara: "¡Muchas gracias!" le decía, levantándose. "¡De veras muchas gracias!. Es usted de gran utilidad para mi" insistía, palmoteándole el hombro, y empujándolo suavemente, fuera de la oficina. Él salía orgulloso, y contento de ser útil. Incluso a veces impensadamente, por la premura de la despedida, no alcanzaba a dejar la tacita de café, y se daba cuenta que la tenía en la mano cuando ya había salido de la oficina, y el subgerente había cerrado la puerta, entonces, se la entregaba a la secretaria, que tenía su escritorio ahí, junto a la entrada, como un cancerbero. Ella le sonreía, y se la recibía, casi con reverencia. Pasó junto a la secretaria, que esta vez no lo miró para saludarlo, como siempre hacía, sino que continuó impertérrita en sus quehaceres. El subgerente tampoco esperó para hacerle pasar, ni a que él entrara a la oficina para cerrar la puerta tras él, como siempre hacía, sino todo lo contrario. Mientras iba a la oficina, el subgerente había vuelto a su escritorio, y se había sentado tras él. Cuando lo vio en el umbral de la puerta le dijo con voz áspera: "Pase y cierre". Pasó y cerró. Esperó a que lo invitaran a sentarse, pero la invitación no llegó.
—Tenemos—dijo el subgerente—graves rumores sobre usted. Entenderá que hay que poner fin a esta situación cuanto antes.
El subgerente no le había preguntado, como solía hacer, por sus hijos, por su mujer, no había conversado de las cosas vanas y cotidianas que la gente conversa, socialmente, antes de tratar los asuntos serios, y de importancia. Tampoco él, de manera alguna, se sorprendió. Se diría que esperaba, en todo caso, este comportamiento del subgerente, o en fin, que no le era extraño, dadas las circunstancias.
—Pero—dijo, manteniendo las manos tomadas tras su espalda—yo no he cometido falta ninguna. Más aun, ni siquiera sé que me acusen, o de qué podrían hacerlo, ni aun menos quien querría acusarme.
—Pues bien. Tampoco yo he dicho tal—lo interrumpió el subgerente—ni menos aun quisiera llegar a hacerlo, por eso es que usted, desde ya, debe demostrar su inocencia, antes que ésto pueda llegar a la gerencia, ni menos; Dios no lo quiera jamás; al directorio - aquí levanto las manos al cielo, como suplicando.
—No. Por supuesto. No tenga usted cuidado—dijo—Sepa que soy totalmente inocente. Tanto así, que ni siquiera sé de qué se me acusa.
—Bueno. Pues encárguese de eso. Encárguese de eso—repitió severo—Por ahora, diga a Menadier que tome su puesto, y recuerde que pone nuestro prestigio en entredicho. ¡Puede retirarse! —concluyó, e hizo un gesto con la mano como expulsándolo insistentemente - ¡Puede retirarse!—repitió.
Retrocedió, siempre enfrentando al subgerente, pero con la mirada fija en el suelo, hasta llegar a la puerta, que abrió sin mirarla, y salió retrocediendo, no sin golpearse en ella. La secretaria lo ignoró, mientras se retiraba, pero cuando ya se había alejado unos pasos y estaba de espaldas a ella, lo miró con un mohín de desprecio. Meneando la cabeza dijo para sí misma: "¡Sinvergüenza!"
Ya no pudo trabajar durante el resto del día. Sólo miraba, ausente, los papeles que tenía sobre el escritorio. Veía cada letra, cada marca, roja o azul, carente de significado. La vista se paseaba sin método, ni interés, por toda la superficie verdosa del metal del escritorio. Los lápices yacían inertes sobre la superficie, abandonados. De cuando en cuando la vista tropezaba con la punta roma de la mina de color, y se quedaba divagando sobre sus brillos múltiples, sin significado ninguno. A ratos, se acercaba Menadier, y decía: "El pedido veintiséis ciento tres, lo esperan en bodega". Casi sin interés lo buscaba, hacía sobre él una marca críptica, y se lo pasaba. Menadier casi se lo arrancaba, con desprecio, de las manos, y se iba sin decir palabra, con un gesto de desagrado.
Esa tarde, al volver a su casa, caminaba cavilando, con más lentitud que nunca, con la mirada clavada en el suelo. Sólo de vez en cuando levantaba la mirada hacia las copas de las acacias, cuando algún jilguero piaba su canto tradicional. Casi nunca lograba verlo. Cruzó, cosa que nunca hacía, por el centro de la plaza, siguiendo todos los recovecos de los senderillos, entre los macizos de arbustos. A veces, los gorriones que comían entre las flores, al verlo venir, escapaban volando, y se refugiaban en las ramas altas de las encinas. Al salir de la plaza, alguien, que se cruzó con él, le dio un empujón en el hombro, casi como si fuera casual. "¡Sinvergüenza!" le dijo y siguió su camino sin siquiera detenerse. Sorprendido, iba a decirle algo, pero la violencia del golpe, y en especial de la acusación, lo inhibió. Sólo se quedó mirándolo, abismado.
III
Mientras se palpaba los bolsillos, a la puerta de su casa, en la ceremonia de búsqueda de las llaves, alguien, tal vez desde la plaza, cuando tocaba la lapicera más gruesa, la trazadora "Enkuli", gritó: "¡Malnacido!" Hizo, un esfuerzo por no responder, pues hubiera querido gritarle, a su vez, que no fuera cobarde, que se mostrara, que dijera quien era, y por qué lo acusaba. Continuó palpándose los bolsillos. El de la izquierda de la chaqueta crujió, lleno de papeles, el de la derecha tenía algo sólido que sacó enredado en múltiples papeles, alguno de los cuales cayó al suelo, junto con un corcho de botella de vino. En ese momento, pasó una pareja joven junto a él. Ella comentó en voz baja al oído de su hombre: "¡Además es un borracho!" Ofuscado por los sucesos, dijo: "¡¿Además de qué?!" La pareja apuró el paso, mientras murmuraban en voz baja. Cuando estuvieron lejos, sacó, con la mano derecha, el volumen de Obras completas de Rubirosa, que había metido bajo su brazo izquierdo, y con esa mano extrajo del bolsillo del mismo lado de su pantalón, las llaves que ahí traía. Mientras las examinaba, cada una cuidadosamente, por ambos lados, pensaba en cómo podría demostrar su inocencia, si para ello debería destruir las pruebas de su culpabilidad, pero al no ser culpable de nada, ni saber quien lo culpaba, y de qué, formalmente; no podía hacer una defensa. Se dijo que era injusto que se le considerara culpable a partir de rumores, y que se le exigiera demostrar su inocencia a partir de una culpa que no tenía, ni conocía. Finalmente seleccionó una llave, palpó con el dedo pulgar, los dientes de la elegida, y sin expresar ninguna satisfacción, la encajó en la chapa, que cedió al momento.
Durante la hora de comida, estuvo ausente, cavilando. Lo que hasta entonces no había sido notado por su familia, se hizo evidente cuando su mujer preguntó: "¿Has tenido algún problema con don Félember?" Concentrado en sus divagaciones, hundido en su problema, no reaccionó. Más aun, diría que no escuchó, siquiera, la pregunta.
—¿Qué te pasa a ti?—insistió ella, golpeándole el brazo izquierdo.
—¿Ah...? ¿Qué me dices?—dijo volviendo de lo profundo de sus pensamientos.
—Que don Félember no quiso atenderme.
—¿Quien es don Félember? No conozco a nadie de ese nombre.
—El hombrecito de la fiambrería. Se negó a atenderme: "Su plata, aquí no vale nada" me dijo, y no me quiso atender. ¿Qué problema tuviste tú con él?
—Ni siquiera lo conozco. Compra en otro lado, y se acabó el problema. Es él quien pierde—dijo ruborizándose por la culpa. Sabía que era parte de lo mismo, pero no quería traer un problema que veía externo, e injusto, al seno de la familia. Eso no correspondía. Tenía que proteger a su familia a toda costa. Después, ya vería como solucionar el problema.
—¿Y entonces, por qué me echó de su tienda?—insistió ella.
—¡Cómo puedo saberlo!—respondió exasperado.
—Es que tú te peleas con medio mundo, y luego la culpa la pago yo...
Aspiró para responder, pero de inmediato desistió. Sabía que no tendría caso. Sólo meneó la cabeza, con desagrado, y se fue a sentar en el estar a fumar un cigarrillo.
—Siempre lo mismo—gritó ella de lejos—huyes... Huyes de los problemas, nunca enfrentas.
"No tiene sentido alguno" pensó. Entonces tomó el tomo de las obras completas de Rubirosa, y salió de la casa. Atravesó a la plaza, y ahí se sentó en un banco a leer, bajo la luz mortecina de un farol, que combatía con desventajas la oscuridad de la noche. Había leído casi tres páginas, cuando se dio cuenta que no había entendido nada, y que cada línea que pasaba iba teñida de sus preocupaciones. Trataba de buscar, en su comportamiento, el equívoco que lo hacía parecer culpable de algo. ¿Pero de qué? Si ni siquiera sabía cómo había comenzado todo, ni de qué se le acusaba, ni quién era el que planteaba la acusación. No era Félember, el hombre de la fiambrería, ni el subgerente, o un vecino en particular. Era como una enfermedad que le hubiera caído de repente encima, sin saber cómo. Trataba de pensar una manera de demostrar su inocencia, pero eso resultaba del todo obvio: "Demuestre, alguien, que he hecho algo" se decía, y luego se ponía en la posición de sus acusadores, que se expresaban, por ejemplo, a través del subgerente, y se imaginaba su respuesta: "Es que no es tan fácil como decir ¿Qué hice yo? Son demasiado severas las acusaciones de impropiedad que pesan sobre usted. Más aun, hasta en los almacenes de su barrio, ya se niegan a hacer negocios con usted". Se decía, entonces, que debería recurrir a sus amigos. Ellos tendrían que dar fe de su correcto comportamiento de siempre. Pero de nuevo, parecía que escuchaba la voz del subgerente: "Mire usted, si hasta la gente que pasa por la calle sabe de su culpa, si hasta en esta oficina, donde todos deseamos lo mejor para usted, ya sabemos que se duda, o más bien se le exige que demuestre su honestidad; si sus amigos pudieran defenderlo, o afirmar su inocencia, ¿No cree que ya habrían venido a apoyarlo? ¿No cree que habrían estado con usted desde un principio, cuando le gritan su culpa por las calles?" Trató de repasar la lista de sus amigos, pero sintió el frío de la noche, y se dijo que si estaba aquí, sentado en esta plaza, era porque ni su mujer había sido capaz de defenderlo con Félember, el de la fiambrería. Sólo se había retirado avergonzada, y le pedía cuentas, igual que hizo el subgerente. "No tiene caso" dijo, como si estuviera realmente con alguien a quien explicara su situación. "Al menos, por ahora, no tengo la solución" pensó. Concluyó que, siendo falsas las acusaciones, lo mejor era ignorarlas, de modo que se olvidaran de ellas, y entonces no prosperarían. "En caso contrario sólo lograré que sigan pensando en ello, hasta que la gente asociará la culpa conmigo, y ya no será posible convencer a nadie de mi inocencia".
IV 
Intentó volver atrás y retomar la lectura, desde donde había dejado de comprenderla del todo. Leyó: "Mi inocencia quedó sellada entonces, para siempre: La culpa es un acuerdo social". Reconoció la verdad que encerraba esa frase, y cerrando el libro, con la cinta roja, marcadora, en la página en cuestión, pensó que su caso era todo lo inverso, pero que se aplicaba ciertamente la misma norma. El acuerdo social, por cualquier circunstancia, sin importar cuál fuera, había llegado a establecer su culpa, y ya no habría salida, salvo que él mismo diseñara y estableciera un nuevo acuerdo, en el que él mismo era inocente. El problema estaba en que, tal vez, el acuerdo de su culpa se encontraba ya, demasiado extendido, entonces, mientras él insinuaba un nuevo acuerdo de inocencia con el subgerente, el directorio, al que no podía llegar de manera alguna, podía condenarlo ya sin remedio, y su única vía sería el subgerente, que estaría, por supuesto, mucho más proclive a la influencia del directorio, que a la suya misma. Lo que es peor, si lograba convencer a los directivos de su industria, de todos modos, la opinión de su vecindario, así como ya había sucedido, llegaría nuevamente a la industria en que trabajaba, antes que tuviera tiempo de acordar aquí su inocencia, y vice versa. La tarea era titánica, y ni siquiera sabía cómo comenzar a enfrentarla. Comprendió que lo primero que debía hacer, entonces, era convencerse a sí mismo de su propia probidad y falta de culpa, de manera de destinar el mejor esfuerzo a su causa, y no como le sucedía ahora, que cualquier circunstancia lo llevaba a estas cavilaciones absurdas. "Apenas he logrado leer esta maldita línea, y me enredo en su sentencia. Mejor haría en guardar el concepto, y utilizarlo en tanto cuanto sea necesario, más que comenzar a darle vueltas y vueltas y vueltas, y en fin, enredarme en un laberinto febril, e inconducente". Pensó que si no era culpable, debía actuar como tal, y en actitud inocente, y tranquila, debía seguir leyendo, en calma. Así lo hizo. Cuando había logrado cierta tranquilidad, y comenzaba a comprender los argumentos y el sentido que Rubirosa ponía a su novela, oyó que alguien comentaba, más allá de un macizo de ligustrinas: "¡Ése es! Míralo ahí sentado tan tranquilo como si no tuviera nada que ocultar". Sin levantar la cabeza, dirigió la vista hacia quien hablaba. Eran dos vecinos que vivían algo más allá que él, con los que solía conversar amablemente. Quedó sorprendido de la actitud, sin embargo, decidió enfrentar la situación, sin culpa, e ignorando la acusación, ya que era falsa.
—Buenas noches—dijo—¿cómo han estado?
Uno miró al otro, y éste lo miró a él con desprecio.
—¿Cómo se atreve usted a saludarnos?—respondió.
—¿A qué se refiere?
—Ya debería saberlo bien. Todo el mundo se ha enterado de lo suyo...
—¿Qué sería lo mío?—preguntó, fallando en su estrategia, y entrando en la discusión que dejaría por supuesto un sabor aversivo en el otro, que sólo lo convencería de la realidad de la culpa.
—Es usted muy audaz, al tratar de negar lo que todos ya sabemos—concluyó el otro, siguiendo su camino.
—Usted me insulta gratuitamente—intentó defenderse.
—La verdad no insulta, es sólo verdad.
—¿Y cuál sería esa verdad?—intentó seguir, levantándose de su asiento, y señalando al agresor con el tomo de Rubirosa.
—La violencia no es un buen argumento—concluyo uno de ellos, y se retiraron ya sin prestarle más atención.
Él continuó algo más aun, elevando la voz, producto de la impotencia, intentando explicar su caso, y defenderse de la injusticia.
De las casas que enfrentaban la plaza, comenzaron a oírse voces, detrás de las celosías y los postigos: "¡Ahora pretende agredir a los vecinos, además!" dijo uno. "¡Ésos son los métodos de esta gente!" contestó otro. "Debería irse a otro vecindario. ¡Es un desprestigio para el nuestro!" oyó a un tercero. Entonces él mismo, ya ofuscado, gritó, hacia las ventanas ocultas y sus enemigos escondidos: "¡Al menos den la cara, para denigrar! ¿Quién es quién ha iniciado estas calumnias? ¿Por qué no se muestra, y exhibe sus pruebas?". Otra voz anónima gritó: "¡No necesitamos más pruebas!" Iba a contestar, por demás inútilmente, cuando una piedra pasó zumbando junto a su oreja izquierda, entonces se retiró más allá del alcance de la pobre luz amarillenta, y se internó en la oscuridad, mientras caían otras piedras cerca de donde había estado.
Caminó en la noche, bastante rato, esquivando a la gente que veía venir, y que aún transitaba por la calle a pesar de la hora ya avanzada. Después de dar un amplio rodeo, llegó casi silenciosamente a la puerta de su casa. Bajo la débil luz de la entrada, metió el volumen de las Obras Completas de Rubirosa bajo su axila izquierda, y comenzó a palparse, religiosamente los bolsillos, en busca de las llaves. Con la mano derecha tocó el bolsillo superior izquierdo de su chaqueta. Sintió ahí sus tres lapiceras, con plumas de oro, de color azul, verde y rojo, y más cerca del corazón, ostensiblemente más maciza, la trazadora "Enkuli" cargada con tinta china "Caimán". Palpó el bolsillo derecho, con la misma mano. Sintió la cartuchera, gruesa de documentos, que certificaban su identidad y pertenencia. Palpar esa cartuchera lo hacía sentirse seguro: "Sé quién soy" se dijo. Sabía que pertenecía a este lugar, y que defendería lo suyo. Ahí, sobre su pecho estaba la certificación de ello. Bajó la mano y la cruzó para palpar el bolsillo del costado izquierdo. Sintió el frágil crujido de papeles, y supo que ahí estaba la historia de sus actividades, ahí se podría leer quien era él, y cuál era su ruta. Metió la mano, ahora, en el bolsillo lateral derecho, de la chaqueta, ahí donde guardaba trozos de papel con sus apuntes personales, sus pensamientos e ideas, que iba garabateando cuando éstos saltaban a su mente durante el trabajo, mientras viajaba, o cuando compartía con amigos. Cualquiera que organizara esa colección de papeles, sabría bien, qué pensaba sobre todas las cosas. Sintió ahí algo sólido. Sujetó todo el puñado, y lo extrajo. Algunos papeles planearon al suelo, y entre ellos cayo una lupa cuenta hilos, plegada. Recogió uno a uno los papeles, que fue examinando y ponderando. Algunos lo hacían sonreír, otros los guardaba rápidamente, como si lo avergonzaran, o también meneaba la cabeza con incredulidad, en fin, más. Por último, recogió la lupa cuenta hilos, y desplegándola la puso sobre la huella del pulgar izquierdo, y miró sus texturas y secretos, aumentados, a través de la lente. Sintió una especie de gozo íntimo, casi infantil, y recordó las veces que con ese instrumento había logrado producir fuego, sobre algún trozo de periódico. Lo plegó nuevamente, y lo devolvió a su lugar. Tomo el volumen de las Obras completas de Rubirosa, que tenía bajo la axila, con la mano derecha, y con la izquierda palpó el mismo bolsillo del pantalón. Oyó tintinear las llaves. Las sacó, y comenzó a examinarlas, pero en ese momento la puerta se abrió, y una luz mortecina, que escapaba diagonal, desde dentro, iluminó su figura, y recortó, a la vez, en el umbral, la de su mujer.
—¿Qué haces ahí, desde hace rato? —preguntó.
—Acabo de llegar. Buscaba las llaves para abrir. ¡Nada más!
—Oí como te peleabas con todo el vecindario. Es por eso que después no me atiende don Félember, y nadie me saluda.
—Me acusaban injustamente. Sólo me defendía.
—¡Vaya defensa! Agrediendo a todo el mundo...
—No agredí a nadie. Al contrario. Incluso debí huir pues me lanzaban piedras...
—También huiste de aquí cuando te pregunté si te habías peleado con don Félember. ¿Acaso también te tiré piedras?
—¡Vamos, mujer! ¡Tú, de parte de quien estás!
—Ya no sé qué pensar. Tal vez tengan razones...
—¡Ya...!, ¡ya! ¡Cállate mejor! Déjame pasar que quiero acostarme y olvidar este problema. Mañana ya será distinto.
—No lo será si te empeñas en gritarme así.
—No te he gritado, pero me desesperas. Siempre te pones de parte de los demás, como si yo fuera culpable.
—Y si no lo eres: ¿Por qué huyes? Demuestra tu inocencia, en vez de huir.
—No tengo nada que demostrar mientras alguien no me acuse.
—Es que ya todos te acusan.
—¿Y de qué?—le gritó él exasperado. Y luego apartándola ingresó a la casa, dejando la puerta del zaguán abierta. Ella lo siguió, fustigándolo.
—¡Además me agredes!—decía—¡Ya casi no te soporto!
El se encerró en el baño, y se quedó largo rato mirándose en el espejo, hasta que el rostro reflejado ahí, le pareció absolutamente extraño. Entonces se dio cuenta que todo estaba en silencio. Cuando salió del lugar percibió la luz que de la calle entraba por la mampara abierta. Fue a cerrarla, y se quedó tendido en el sofá, en la oscuridad. Respondiendo al ruido de la puerta al cerrarse, al poco rato apareció la mujer, que abrió nuevamente, y miró buscando en el exterior, la figura que habría salido. Después de buscar, inútilmente, dijo: "¡Que se vaya a la mierda, si quiere!", y se perdió en la oscuridad interior.
V
Entre la bruma de la mañana, tras los álamos del oriente, se asomaba el frío sol matinal, pintándolo todo con una pátina difuminada, haciendo parecer el paisaje un cuadro impresionista. Él pasaba, viendo como todos los funcionarios esquivaban su vista, sin importar si pasaban cerca o lejos. Los saludaba igual: "¡Buenos días!", "¿Qué tal?". Nadie le respondía. Algunos que no alcanzaban a hacerse invisibles, sólo lo miraban con desprecio. Otros que pasaban más lejos, los veía darse codazos disimulados, y señalarlo. "Soy inocente" se decía. "No me han probado culpa alguna. Cuando salga de todo esto, esa misma gente tendrá que venir a pedirme disculpas, y tal vez a solicitarme favores. Entonces seré yo quien los mire con desprecio. ¿Tú quien eres? No recuerdo tu nombre, ¿dónde te conocí?" Estas cavilaciones no le conducían a ninguna parte, y sólo lograban hacerlo sentir un cierto dolorcillo pesado al centro del pecho, y tal vez cierta congoja. A ratos percibía esta situación, y se alarmaba al sentir cierto placer en estas emociones. "Esto no es normal" pensaba entonces. "Debo combatirlo, y hacer ver a esta gente que están equivocados, que soy una buena persona, y no he perjudicado a nadie, que a nadie he robado o estafado". Se torturaba pensando en cómo demostrar su causa, como ponerse por sobre sus acusadores, de modo que quisieran, quienes no lo habían juzgado aún, ponerse de su parte, y así salir de esta incómoda situación. "Hablaré con el gerente" pensaba, pero luego desistía. "Es probable que ya le haya llegado el rumor de mi culpa, o que encuentre sospechoso que me acerque a exponer un caso, para él completamente desconocido, y que llame al subgerente. Éste le dirá que no he demostrado mi inocencia, que pesan sobre mis graves acusaciones, y entonces será mi palabra contra la del subgerente. Seguramente será más fiable la del subgerente que la mía, pues él está en un cargo de confianza, precisamente porque se le cree". Desistió del intento, y se dijo que si no había hecho nada, no tenía por qué temer nada. "Todo es sólo un mal entendido, y así como empezó ha de terminar. Lo mejor es seguir haciendo mi trabajo y mi vida, honesta, como siempre, y todo se disolverá como sal en el agua. Debo ignorarlo, así todos verán mi tranquilidad, y no podrán pensar que alguien que está confiado y tranquilo pueda ser culpable de nada. Entonces el subgerente volverá a tener fe en mí y me restituirá el trato que siempre me dio. Habrá pasado todo así como esta neblina de la mañana se diluye hacia el medio día".
Se sentó en su escritorio metálico, de color verdoso, y vio desde ahí los álamos sucios de bruma y polvo industrial. Parecían enmarcados por los colores sepias del interior de la gran sala de trabajo, pobremente iluminada por unas cuantas ampolletas de baja energía. Abrió el segundo cajón de su derecha, y extrajo un fajo de papeles que puso en la superficie verde, hacia un rincón. Del fajo tomó el cuadernillo superior, consistente en una carátula llenada pulcramente a máquina, y los respaldos de esas cifras anexos en papeles de trabajo de diferentes colores, incluso verde, todos manuscritos, detrás. Miró las cifras del resumen, con atención. Metió la mano bajo su chaqueta, y extrajo del bolsillo superior izquierdo una fina lapicera de color azul. Lentamente, mirando con atención la maniobra, desatornilló la tapa. Cuando cedió, miró con satisfacción la pluma de oro labrado, en cuya parte alta se leía en letras caligráficas perfectas: "Shaeffer". Encajó la tapa en la parte posterior, y aplicando un cuidado extremo, posó la punta de oro en la carátula, y rubricó el documento, aprobándolo. Sopló suavemente la rúbrica y dejó descansar el cuadernillo al otro extremo de la cubierta, perfectamente simétrico con el anterior. Tomó un segundo cuadernillo, con su correspondiente carátula. A la mitad del examen de éste, frunció el ceño, y extrajo del mismo bolsillo, con el mismo cuidado, una lapicera de color verde, que procedió a abrir con el mismo cuidado y satisfacción. Este instrumento era, sin ninguna duda posible, idéntico al anterior, en todo salvo en el color. Escribió, en un recuadro de la parte baja, en que se leía la palabra "Observaciones", con letra inclinada, regular, ágil, acelerada, de cuerpo armónico, de peso leve, de espesor sólido, con hampas algo alzadas, y jambas ligeramente sensuales, una frase tal vez ilegible, referida al concepto de gastos expresados en la línea tres del documento. En dicha línea, a su costado derecho dibujó un perfecto asterisco. Luego cerró la lapicera verde, rubricó, como el anterior, este documento, con color azul, y procedió a soplar los sectores escritos, antes de pasar el cuadernillo al sector de los aprobados. Cuando se aprestaba a revisar un nuevo cuadernillo, la secretaria del subgerente, con voz sensual pero endurecida, gritó su nombre: "El señor subgerente lo llama a su oficina" dijo después de un momento, con tono severo, a la vez que despreciativo.
Cerró concienzudamente la lapicera azul, que guardó en el bolsillo izquierdo de su chaqueta, más hacia la izquierda que las otras, luego abrió el segundo cajón de su escritorio, y guardó el fajo de documentos sin revisar. Los que ya habían sido revisados, los entregó a Menadier, con la instrucción de que los procesara. Menadier se esforzó en ignorarlo. Cuando ya se encaminaba a la oficina de la subgerencia, Menadier murmuró algo en voz baja. Los funcionarios a su alrededor alcanzaron a oírlo, y sonrieron con sorna. Alcanzó a tomar la manilla de la puerta, cuando la voz, áspera y autoritaria, a la vez que despreciativa, de la secretaria lo atajó: "¡No entre! Espere aquí" dijo, y pasando delante de él entró y le cerró la puerta en la cara. Pasaron dos minutos en los que le sobraban las manos y los brazos, que pasaron por los bolsillos, se entrelazaron a la espalda, se cruzaron en el pecho, arreglaron el pelo, rascaron una rodilla, sobaron las aletas de la nariz, limpiaron delicadamente la esquina interna del ojo derecho, un meñique rascó con suavidad la ceja de su mismo lado, y todo esto bajo la burlona mirada presentida, de todo el personal, aun cuando en momento alguno pudo sorprender a nadie. Una empleada auxiliar, vestida con un delantal azul claro, lo hizo moverse para pasar con una bandeja a retirar una taza vacía de café que se encontraba sobre el escritorio de la secretaria. Al retirarse, lo obligó, sin solicitarlo siquiera, a repetir la maniobra evasiva. Comenzó a sentir la sensación de prisión, del que espera un suceso que no ocurre, pero que no puede dejar de esperar. Comenzó a pasear, ante la puerta de la subgerencia, mirando el suelo, o más bien el lugar en que la punta de su zapato hacía contacto con éste. Contó tres pasos y un sobrante pequeño desde el estante, junto a la pared, hasta el escritorio de la secretaria. Estimó que esa distancia equivalía a dos metros y cincuenta centímetros. Comparó, mentalmente, el espacio que el subgerente requería para ingresar a su oficina a través de una puerta, afincada en un vano, contra la escasez del pasillo entre escritorios, en un espacio libre, para llegar al propio. Entre su escritorio y los vecinos, no habría más de cincuenta o sesenta centímetros. La secretaria salió, y sin mirarlo dijo: "Puede pasar". Cuando ya estaba dentro, oyó, agresiva la voz de la mujer: "¡Cierre la puerta!"
VI
El subgerente firmaba unas cartas, como si no se percatara de su presencia. Se detuvo a un paso de la puerta, esperando la atención de su superior, con las manos tomadas en la espalda. El subgerente fingía leer y repasar la carta que había firmado. Después de mucho rato dejó caer el lápiz de material plástico transparente con que había firmado y que sostenía aun, y lo miró severo.
—Y bien—dijo, sin saludar—veo que no ha hecho nada por demostrar su inocencia. Casi no me deja salida.
Sintiéndose ofuscado por el desprecio y la acusación tácita o explícita general, sobre una culpa no definida, que no sentía, sino al contrario, pues se creía enormemente más probo que cualquiera de quienes parecían acusarlo sin fundamento ninguno; miró desafiante al subgerente, tal vez pensando que al menos una actitud de desagrado y enojo mostrarían que no sentía haber incurrido en falta o pecado alguno. Esto por supuesto tampoco era una demostración de inocencia, por lo que arrastraba el riesgo de resultar antipático al subgerente, que al menos le daba una oportunidad, cosa que otros ni siquiera habían considerado, y tal vez podía significar que perdería, si no a su único aliado, al menos al único que condescendía a escucharlo, aun cuando no fuera por su propio interés, sino por la presión que sobre él caía de la gerencia, que en alguna medida parecía hacerlo, de algún modo vago, corresponsable de su falta. De todos modos, mantuvo su actitud desafiante.
—Señor subgerente: El caso es aquí todo a la inversa. Si usted me está culpando de algo, deberá decirme de qué, y con qué pruebas, y asumir mi inocencia hasta que mi culpa, más allá de mis descargos, quede fehacientemente demostrada sin lugar a caer en duda ninguna.
—¡Por favor!—protestó el subgerente—No soy yo quien lo acusa de nada. Jamás lo haría, sin embargo su actitud agresiva e insultante, no hacen sino agravar las acusaciones que sobre usted han caído, y que por supuesto no he iniciado yo, sino, por el contrario usted mismo ha contribuido a agravar, llevando su actitud al nivel del conflicto, y la agresión. En cuanto a mí, sólo cumplo mi deber de exigir la absoluta limpieza de los antecedentes del personal de mi subgerencia. Más aun, actúo presionado por la gerencia, ante la cual su posición nos ha expuesto de modo que si usted adopta esta actitud recalcitrante terminará por perjudicar no sólo al resto del personal, sino también a mí mismo, lo que en modo alguno se puede tolerar. ¿Me comprende usted? ¿No es así?
—Sí, por supuesto que lo comprendo, pero exijo que se crea en mi inocencia. ¡Nada más!
—Lamentablemente eso no lo hace usted posible—concluyó el subgerente, volviendo a tomar el lápiz plástico que había dejado caer, en actitud de dar por terminada la conversación. Para subrayar su actitud tomó un documento que había en su escritorio, y comenzó a leer, siguiendo las líneas con el movimiento del lápiz. Mientras, él seguía ahí, petrificado y sudoroso. Tuvo conciencia de la humedad de la palma de sus manos, y del latido de sus sienes.
—En fin—continuó el subgerente, volviendo a dejar el documento y el lápiz sobre la cubierta del escritorio—que me veo en la desagradable necesidad de ser drástico en mi decisión, aun cuando seré excesivamente benevolente con usted, incluso contra la opinión de la gerencia, pero la preferencia que con usted he mantenido siempre, me impulsa a hacerlo de este modo. He decidido adelantar sus vacaciones definitivas, para darle oportunidad, que en ese tiempo libre, usted pueda juntar los antecedentes necesarios para sus descargos. En todo caso, comprenderá que durante este período en que usted no tenía derecho a vacaciones, éstas serán por supuesto, y lamentablemente, sin goce de sueldo—Y tomó otra vez el documento y el lápiz plástico, y pareció concentrarse profundamente en su examen.
Se quedó petrificado, mirando extrañamente a esa figura, ahí sentada, que ya no se ocupaba más de él. Se dio cuenta que el subgerente estaba inmerso en un universo enorme, en el que era pequeñísimo, y cuyas constelaciones cósmicas estaban conformadas por infinidad de adornos inútiles, hechos de bronce opaco, cristal espejeante, un cenicero que jamás había recibido en su borde brillante ni el más mínimo vapor de nicotina, un soporte de pesada base de mármol para dos lapiceras, en el que reposaban dos antiguos instrumentos de madera que no habrían sido utilizados, seguramente, en más de veinte años, un reloj de pantalla de cristal de cuarzo con enormes números, soportado por un marco de plástico que simulaba metal fino, tratado para dar una terminación silverina y opaca, un calendario engarzado en un soporte de plástico que simulaba cuero marrón, y otros muchos adornos inútiles que restaban espacio sobrante. Entre ellos un recipiente inútil, hecho con palos de paletas de helado, que tal vez le hubo regalado algún hijo. De las paredes colgaban fotos y retratos de personas que sonreían, entre diplomas de poca monta, de otros tantos cursos y seminarios realizados por su propietario. Placas metálicas de cobre, aluminio, y bronce, con distintos reconocimientos, en fin, todos artefactos inútiles del todo, y ajenos a la atención de su propietario, que los había colocado cada uno de ellos, en ese lugar, como una forma de rodear su espacio para ahuyentar su vacío verdadero.
Después de un tiempo casi infinito, aprisionado en su transcurso y la observación inane, vio cómo el subgerente quitó la vista, por un momento de sus documentos, y lo miró con falsa sorpresa. "Puede retirarse" dijo, como si lo estuviera repitiendo, "y entregue su cargo a Menadier como ya le había dicho". Hizo una inclinación estúpida, a modo de reverencia, y retrocedió, sin darse vuelta, como si temiera ser asesinado por la espalda, hasta alcanzar la puerta, y salió atontado. Tanto así que no oyó la orden perentoria de la secretaria del subgerente que le decía: "¡Cierre esa puerta!". Como siguiera andando, sin obedecer, ella se levantó, furiosa, y farfulló: "¡Imbécil!". Con gesto obsecuente, luego, cerró la puerta con suavidad, sonriendo siempre al señor subgerente.
VII
Abrió el último cajón de su escritorio, cuyos rieles oyó sonar con la misma conciencia de la primera vez que los abrió. Sacó un diccionario de sinónimos, uno de la lengua, y Las Obras Completas de Rubirosa, que amontonó sobre la cubierta verde. Cerró suavemente el cajón, como si quisiera dilatar para siempre el tiempo. Mirando los sucios álamos, a través de la ventana, que se elevaban sobre los tejados de calamina de las industrias vecinas, se palpó el bolsillo superior izquierdo de la chaqueta. Sintió ahí la trazadora "Enkuli", cargada con tinta china Caimán negrísima. Más allá, justo sobre su corazón, sus tres instrumentos de trabajo, de colores azul, verde y rojo, respectivamente, cargadas con tintas de los mismos colores; señalaban su dedicación y lealtad, privilegiada por sus finas plumas de oro. Supo al sentirlas ahí, que era injustamente acusado. Palpó el otro bolsillo, el de la derecha, y sintió la cartuchera con todos sus documentos de identidad, todas sus tarjetas de plástico que lo asociaban a toda su vida cotidiana, y todos los documentos que lo ataban como persona única, y honesta a la sociedad. Ahí podía saber con claridad quien era él. Al palparla se sintió en paz consigo mismo, y aliviado, entonces se tocó el bolsillo izquierdo. Crujió, lleno de papeles. Metió la mano en él, y vació su contenido que fue examinando. Todos eran apuntes y anotaciones de su trabajo, que fue botando en el cesto de papeles, uno a uno. ¡Ya de nada servirían! Ninguno era algún documento oficial, sino sólo recordatorios, o ayudas personales. Tocó el bolsillo lateral derecho, y sintió algo sólido entre los papeles que guardaba ahí. Metió la mano y saco un puñado de apuntes de sus lecturas, y otras instancias personales. Algunos papeles cayeron al suelo junto a un pequeño trozo de hierro cilíndrico y brillante. Los recogió uno a uno, los leyó lentamente, y los devolvió a su lugar. Finalmente recogió el cilindro metálico y lo puso sobre el escritorio, al que se pegó sólidamente con un clac sordo. Palpó el bolsillo izquierdo del pantalón, que tintineó suavemente. De él extrajo un llavero, que examinó con atención y devolvió luego. Finalmente metió la mano a su bolsillo derecho del pantalón, y extrajo un manojito pequeño de llaves, atado con un cordón de plástico verde. Lo dejó caer sobre el escritorio, tomó los libros, y despegó con un tirón el cilindro metálico: Estaba libre. Mirando a Menadier que se esforzaba en quitar la vista, le dijo: "Hágase cargo", y se fue con sus libros en la mano izquierda, mientras examinaba el imán que llevaba en la derecha. Cuando desapareció en la escalera, al fondo de la sala, Menadier se paró de su escritorio, y se sentó en el que fue de su superior. Extendió los brazos, y agarró la cubierta verde por ambos lados; sonriendo, miró los sucios álamos y los techos de calamina por la ventana, sonrió y elevó la vista al cielo todavía brumoso a esa hora y con el pecho agitado dijo: ¡Rrrrrrruuuuuuunnnnn!

Miraba sin ver. Casi no tenía noción del frío que aun no cedía al cínico sol que intentaba derretirlo. Durante mucho rato caminó sin pensar, sólo algunas sensaciones penetraban sus sentidos y sentimientos: Solo, fracaso, luz de mañana, gente al pasar, las piernas se mueven, ¿culpa de qué?, humo de aliento, nariz fría, cabeza pletórica, solo. "Mira, debí decirle: Vamos juntos a hablar con la gerencia. Es que no tiene pruebas. ¿Por qué tienes que ser tú el que demuestre inocencia?. ¿Y de qué? ¿Inocente de todas las culpas?. Dime: ¿Quien te acusa?". Llevaba ya caminando casi dos horas o más, cuando se dio cuenta que estaba ya llegando a los alrededores de su casa, porque alguien, al pasar, le dio un fuerte empujón.
—¡Apártate sinvergüenza!—le dijo. Casi lo botó de espaldas.
Lo quedó mirando. Era un hombre de aspecto fuerte, con un bigote enorme y tupido, ojos pequeños y oscuros, clavados en una cara rojiza y surcada de vasitos sanguíneos. Llevaba puesto un abrigo de color gris sucio, y un sombrero de aspecto pretencioso: No lo conocía, jamás lo había visto. Nada en el agresor le era conocido, ni le recordaba cosa alguna.
—¿Por qué me agrede, si no lo conozco?—dijo sumiso, agobiado por todos los sucesos.
—¡Yo sí lo conozco a usted, y sé bien lo qué ha hecho! —se detuvo y giró para encararlo.
—¿Qué hice?: ¡Dígalo!
Su voz no le sonó convincente. Hubiera querido volver atrás, y decirlo de nuevo, pero en tono desafiante. Pero ya había perdido la oportunidad. "Es por eso que te pueden acusar impunemente. No tienes convicción de ti mismo" pensó.
—Usted lo sabe muy bien. No voy a perder el tiempo con usted—Le dio un empujón con una mano enorme y ruda, en el hombro, y girando siguió su camino.
—¡No sé nada! ¡Vuelva y hágase cargo de su calumnia! ¡Diga, al menos, de qué me acusa!
—No pierdo tiempo con sinvergüenzas—dijo sin volverse, y se alejó a paso firme.
"¿Por qué te lo quedas mirando?" se preguntó, después de bastante rato que siguió con la vista al hombre que se alejaba. "¿Acaso crees que vas encontrar, mirándolo, cuál es tu pecado?". Se dio cuenta que aun tenía el imán cilíndrico en la mano derecha, entonces lo deslizó en el bolsillo de la chaqueta, y luego se pasó la mano por la frente, como limpiando la mente de esas inútiles ideas. Siguió. Se sentía deslizándose en un escenario al que no pertenecía. No llegaba a comprender claramente como sería su vida en lo sucesivo. "Escribes una carta de descargo, durísima. En ella acusas al subgerente de discriminación. La haces llegar directamente a la gerencia. ¡Eso es!" Sintió algún alivio, pero de inmediato recordó que las acusaciones habían comenzado aquí, en su vecindario. "¿Y cómo llegaron a la subgerencia, entonces? ¿Es que hubo alguna colusión? ¿Y Félember, el de la fiambrería, a quien no recordaba haber conocido?". A unos treinta pasos vio venir a dos hombres que conversaban con cierta animación, pero sin quitarle la vista. Prefirió atravesar a la otra vereda. Cuando pasaron cerca, uno gritó, hacia él: "¡Cobarde! Sigue huyendo...". Supo que nunca le permitirían hacer descargos.
VIII
Al llegar a la puerta de su casa, comenzó a palparse los bolsillos, en busca de las llaves, como siempre hacía. De las ventanas vecinas le llegaron insultos, ocultos tras los postigos y las celosías. En la plaza de enfrente jugaban unos niños. Alguno lanzó un piedra, que dio estrepitosamente sobre la mampara, junto a la pequeña placa de bronce con su nombre. Asustado, apuró su rutina: Palpó las lapiceras y la trazadora "Enkuli", la cartuchera con la certificación de su identidad, comprobó que no tenía nada en el bolsillo izquierdo de la chaqueta, sacó el imán, enredado en varios papeles, algunos de los cuales cayeron al suelo junto con aquél. Los recogió todos y los guardó apresuradamente. Extrajo las llaves del bolsillo izquierdo del pantalón, luego de cambiar de mano los dos diccionarios y el volumen de la Obras Completas de Rubirosa. Examinó el manojo con prisa, y seleccionó con precisión, por su brillo y tacto, la llave que abría la mampara. Alcanzó a desaparecer tras la puerta en el preciso momento que otra piedra la golpeaba.
Estaba sentado en el estar, cerca de la ventana, leyendo el grueso volumen de las Obras Completas de Rubirosa, cuando entró la mujer y los niños. Ellos corrieron hacia el interior sin saludar. Ella dejó caer sobre una silla algunas cosas que traía en la mano, y lo miró desafiante.
—¿Tú, qué haces aquí?
—¿Es mi casa, no?—respondió él.
—Así será, pero deberías estar trabajando, ¿o ya te echaron de ahí también?
—¿Qué sabes tú de eso?
—Sólo sé que a los niños ya no los reciben en el colegio, mientras tú tengas problemas, y sé que me corrieron del supermercado, y también de la tienda de don Félember, y más, y que ya estoy aburrida. ¿Piensas hacer algo?, o sólo te vas a sentar a leer mientras todos te acusan.
—Soy inocente. Nada he hecho. Ya cesarán esos rumores.
—Nunca si no haces algo: ¡Defenderte!
—¿De qué me defiendo? Nadie me ha acusado formalmente.
—Tú sabrás qué hiciste.
—A nadie he robado, a nadie he calumniado, no he matado, ni estafado, ni mentido, ni dejé de hacer mi trabajo como se debía. ¿A quién he ofendido con eso?
—Tú sabrás lo que hiciste—insistió ella—¿Cómo puedo dudar yo, de lo que todo el mundo afirma?
—¿Qué afirma todo el mundo?
—No lo sé. Sólo sé que todos te acusan, y a nosotros, tu familia, nos rechazan.
—Pues mantén tu dignidad. Diles que no hice nada, y pregúntales de qué me acusan.
—Esa es tu obligación, no la mía.
—A mí nadie me hace ningún cargo. Sólo me acusan.
—Pues yo no puedo seguir así. Me voy con los niños hasta que arregles el problema. Algo más tarde los recogió un taxi, en el que echaron algunas maletas y bultos. Se fueron sin despedirse. Él leía a Rubirosa, en el sillón junto a la ventana.
Cuando oscureció, se asomó a la puerta de la casa, y miró furtivamente que nadie hubiera en las cercanías. Todo estaba desierto. Vio la marca del piedrazo junto a la placa con su nombre. Alguien había tachado con pintura negra y densa la partícula "Lic." que precedía su nombre, manchando además la pintura blanca de la puerta. Salió con el tomo de las Obras Completas de Rubirosa en la mano izquierda, y se fue caminando, cauteloso, en la oscuridad. Caminó hasta abandonar, entre sombras, su vecindario. Siguió por otros barrios oscuros, que cruzó evitando a la gente, hasta que llegó a la plaza mayor, toda rodeada de gentes, todos anónimos como él mismo en ese lugar. Entró en un restorán atestado de personas anónimas que casi no se miraban unos a otros, sino sólo se hacían ausente compañía. Pidió un plato sencillo, y lo acompañó con una cerveza grande. Mientras comía estuvo leyendo, sin levantar la vista, ni mirar a nadie. Terminó mucho antes el plato que la cerveza, que se alargó casi sempiterna. Las mesas vecinas cambiaron varias veces sus parroquianos sin que lo notara, hasta que el mozo que le había servido se paró junto a él y carraspeó.
—Desea algo más el señor—dijo, mientras con un paño limpiaba las migas que no había, y secaba algo derramado que no estaba, para lo que levantó, casi con insolencia, el vaso de cerveza aun medio lleno. Levantó la vista hasta el mozo, y lo miró ausente, casi como si él mismo fuera nada más que otro personaje del libro que leía.
—No por ahora. Lo llamaré si es necesario.
—Disculpe señor: En ese caso le rogaría que me cancelara el consumo, ya que mi turno termina. Después puede pedir lo que desee a mi compañero, que me sustituya.
Se palpó el bolsillo del lado izquierdo de la chaqueta, que sintió completamente vacío. Recordó entonces que ya no tenía trabajo. Luego metió la mano al de la derecha. Entre los papeles sintió el imán, frío y cilíndrico, sin nada que atraer. Recordó que ya no tenía familia. Buscó en el bolsillo izquierdo del pecho. Ahí estaban sus tres lapiceras finas, de plumas de oro, cargadas con tintas del mismo color que sus cuerpos brillantes, inútiles, ya sin razón ninguna. Junto a ellas tocó, más maciza, más gruesa, la trazadora "Enkuli" llena de tinta china "Caimán" muy negra. Quiso sacarla y dibujar, pero no era el momento. Pensó que tal vez ya no tenía un destino. Metió la mano izquierda en el bolsillo derecho del pecho de la chaqueta, y extrajo con cuidado extremo la cartuchera que guardaba la certificación de su identidad, y que lo ataba al universo. Fue extrayendo tarjetas y documentos plásticos, que examinaba atentamente, palpándolos como si sólo se les pudiera reconocer por el tacto, y los devolvía, luego, con precisión al mismo lugar de donde los había tomado. Finalmente, una tarjeta pareció satisfacerlo. La acercó entonces a su nariz, y aspiró su aroma a ebonita. Se la entregó al mozo.
—Saque también, dos lucas para usted—dijo con voz casi ausente.
El mozo desapareció durante largo rato. Casi se había olvidado de él, y sólo la cartuchera, provisionalmente posada sobre el libro, en la página contraria de la que leía, le advertía del trámite, todavía pendiente. Después de muchas páginas, y algunos sorbos de cerveza, que se iba entibiando lentamente, volvió el mozo con la tarjeta plástica en las manos, a la que leía insistentemente el nombre, como si quisiera memorizarlo para siempre.
—Mire usted—dijo, evitando con toda intención utilizar el "Señor", necesario para un trato de respeto—No podemos recibir su tarjeta. Solamente recibimos efectivo.
—¿Cual es la razón?
—Sólo efectivo... —repitió el otro, evadiendo la respuesta.
—¿Por qué? —insistió, intentando no enojarse por lo ya sabido.
—En este caso, sólo recibimos efectivo—y como no hubiera recibido la tarjeta de vuelta, aun, la dejó enfrente del parroquiano haciendo un clac ostentoso. —¿Y si no tengo efectivo?
—Lamentablemente quedaría todo confirmado—meneó la cabeza el mozo—y habría que solicitarle alguna prenda suficiente mientras lo consigue. Tal vez el reloj... y los zapatos - dijo mientras se golpeaba la palma de la mano izquierda con el puño, apretado, de la derecha.
—No soy un sinvergüenza—respondió, guardando pausadamente la tarjeta en su sitio preciso. De otro compartimento extrajo un billete azul, y lo pasó—Tráigame, también otra cerveza. Ésta ya está tibia.
—Eso será imposible—dijo el mozo, mientras se retiraba. Al volver dejó sobre la mesa la boleta de consumo, y el vuelto.
—Momento... —lo atajó, cuando ya se retiraba. Miró el valor del consumo, lo sumó al vuelto, clavó la mirada en la del mozo y dijo—Faltan dos lucas.
—Es mi propina...
—En efectivo no doy propinas.
—Pero usted había dicho...
—En efectivo no doy propinas.
El mozo enrojeció, y metiéndose la mano al bolsillo del pantalón, sacó dos billetes verdes, y se los tiró sobre la mesa.
—Ahora retírese. Son instrucciones del propietario—y apartando el vaso a un lado, sacó el mantel, arrastrando el volumen de las Obras Completas de Rubirosa, la cartuchera, y el vuelto, que el otro tuvo que sujetar con apuro. Lo sacudió casi sobre su cara, y comenzó a ponerlo otra vez en la mesa, casi sin esperar que el parroquiano se levantara.
IX
Al salir al frío de la calle sacudió con fuerza la cabeza, y dijo para sí mismo: "¡A la cresta! ¡Mala cueva!" Entonces sintió que le quemaba la boca del estómago, y el esófago hasta la garganta misma. En la boca tenía un pésimo gusto.
Se fue caminando por un paseo peatonal, que desembocaba en un cerro pequeño. A mitad de camino encontró a un viejo amigo, que no pudo verlo en ningún momento, aun cuando pasó junto a él, y ni siquiera cuando pronunció su nombre. Sintió que se había convertido en un ser trasparente y despreciable. "¡A la cresta! ¡Mala cueva!" se repitió, sintiendo que el ardor en el esófago se hacía intolerable. Se fue caminando por una orilla apartada, y por las faldas del cerro menos concurridas. Volvió a su casa por las rutas más escondidas, y oscuras, sintiendo el ardor del tubo digestivo, y el latido de las sienes que parecía anunciarle que sus reflexiones confusas, ya no cabían casi, en su cabeza. Demoró varias horas, pues eligió el camino que bordea el río, que no frecuenta nadie, salvo los mendigos que dormían tirados en sus riberas, tapados con andrajos y telas plásticas. Cuando llegó a su vecindario ya era madrugada, y escasamente vio a un par de personas a las que evadió al amparo de la oscuridad.
Para buscar las llaves de la entrada, palpó el bolsillo del lado izquierdo del pecho de su chaqueta. Sintió el cuerpo de sus lapiceras de colores, y metió la mano en él, sacó en un sólo puño las tres "Shaeffer" de color, y la trazadora "Enkuli". Abrió con extremo cuidado, esta última, y probó su tinta negra muy densa, marca "Caimán", sobre una línea de su mano izquierda. La observó largo rato, y luego, con precisión fue marcando todas las líneas de la palma, hasta las más finas. Cuando hubo terminado, tragó saliva intentando aliviar el ardor del tubo digestivo, y musitó: "¡A la cresta, mala cueva!", a la vez que dejó caer las tres lapiceras de color. Tapó nuevamente la trazadora "Enkuli" y la devolvió al bolsillo del pecho. Palpó entonces el bolsillo derecho del pecho, y sintió la cartuchera de su identidad. La sacó con un gesto delicado, y comenzó a extraer las tarjetas: Primero las comerciales, en las que leyó con atención su nombre y números; luego los diversos permisos y filiaciones, donde observó con atención las distintas fotos, en las que no se parecía en nada unas con otras, aun cuando reconoció, en cada una de ellas, que era él mismo; después sacó su cédula de identidad, que certificaba que era una persona, que tenía un número propio único, y revelaba su nombre completo y exhaustivo. La observó largo rato por el anverso y reverso, hasta que finalmente, después de dudar, la devolvió a su sitio. Al otro lado de la cartuchera tenía dinero y cheques: Los retiró también, y junto a lo demás, lo dejó caer al suelo. Devolvió la cartuchera al bolsillo donde había estado. Se aseguró que en el bolsillo lateral izquierdo no hubiera nada, arrugándolo desde fuera. Metió entonces la mano en el otro bolsillo, el de la derecha, y sacó un puñado de papeles, que fue examinando, uno a uno. Sólo algunos los devolvió al bolsillo: Tenían pensamientos personales. Los otros los rompía en trozos pequeños, y los tiraba al suelo. Finalmente le quedó en la mano sólo el imán. Intentó adherirlo a las partes metálicas de la mampara, pero todo era bronce: Lo devolvió al bolsillo. Entonces, cambiando el volumen de las "Obras completas de Rubirosa" a la mano derecha, extrajo del bolsillo izquierdo del pantalón el llavero, cuyas llaves examinó una a una, por ambos lados, hasta que dio con la apropiada, cuyos dientes ponderó con el dedo pulgar, antes de abrir la puerta. Antes de traspasar el umbral pisó con fuerza las lapiceras de color, y las tarjetas plásticas, y los trozos de papel, y los revolvió con el taco del zapato. Finalmente empujó todo por el agujero del desagüe al pie de la cañería de las aguas de lluvia.
Cuando atravesó la puerta, una piedra, surgida de la oscuridad de la plaza azotó una ventana lateral, y quebró con estrépito el vidrio. Una voz ronca, en tono desagradable, y algo traposo, gritó: "¡Vete de nuestro vecindario, bandido, sinvergüenza!"
No tengo más que añadir a este relato. No volví a saber de él en mucho tiempo, ni en su casa se volvió a ver señales de vida. En el vecindario poco a poco todos lo olvidaron. No se volvió, tampoco a saber de su familia, ni hubo amigos o conocidos que intentaran visitarlos. La casa comenzó a adquirir aspecto ruinoso. Nunca se le exculpó, o se le juzgó formalmente en la industria u otra parte. A la fecha, Menadier aun ocupa su lugar y su cargo, con facultades plenas. Tampoco en su vecindario u otro lugar se dio razón de su culpa, o de las acusaciones que pesaron sobre él. Sólo se esfumó su recuerdo, y todo lo que de él interesaba. Nada más que la casa, sucia, con las paredes rayadas con acusaciones terribles, los vidrios rotos o robados, los postigos caídos, los geranios que fueron rojos y amarillos, que ahora eran nada más que tallos muertos con flores secas, en macetas quebradas, permanecían. El jardincillo de flores y pasto bajo las ventanas se había trocado en matorrales y malezas de espinas y flores burdas y moradas. A la placa con su nombre le habían cortado a la fuerza, y con violencia, el trozo que precedía el nombre con la partícula "Lic.", y el nombre en sí, solo, colgaba vertical y abandonado: Vencido. Cuando entré, después de tanto tiempo, en la casa no había nada. Sólo polvo, y aroma a cuero reseco. Un sillón enfrentaba una ventana con cortinas desgarradas. Cuando me acerqué lo vi ahí sentado. Sobre las rodillas tenía el volumen de las "Obras completas de Rubirosa", abierto en la página setecientos noventa y dos. El parecía dormitar con los ojos abiertos, o estar sumido en un ensueño profundo, mirando el infinito gris, a través de la ventana.
Le quité con suavidad, el libro de debajo de las manos, y leí: "La culpa es un acuerdo social".
© Kepa Uriberri
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